Opinión

Edgar Morin: la vía para el futuro de la humanidad. Más allá de la indignación

Por Ricardo Rivón Lazcano

Unos quieren cambiar el mundo desde una vena filantrópica y solidaria, otros quieren, desde la misma solidaridad, que se mantenga tal cual. Otros quieren lograr esa transformación a toda costa, aniquilando incluso o dejando morir a miles de millones de personas. Otros se conforman con la retórica, cuyo eco no llega más allá del propio cerebro y uno que otro corifeo.

Ahora que se vuelve a escuchar de la ausencia, incluso traición de los intelectuales frente a los desafíos de la inequidad y que, como la ley de hierro de Robert Michels, dichos intelectuales han conformado una oligarquía que no atiende más que a sus intereses egoístas, Edgar Morin escribe y publica un libro que pretende ir más allá de la indignación.

 

La indignación –nos dice– forma parte del clima general de resignación y de impotencia como el que actualmente viven las sociedades del mundo, sin embargo, los movimientos masivos, predominantemente de jóvenes, aunque no exclusivamente de ellos, ha provocado una reacción, un despertar. Pero, con todo lo interesante que representan, como el de los indignados son movimientos no revolucionarios; son rebeldes que representan una contestación, una protesta.

¿Cuánto tiempo durará la indignación? Morin no lo dice abiertamente pero vislumbra su fugacidad, el debilitamiento y la invisibilidad casi total. Lo que sí menciona es el problema que portan: carecen de un pensamiento, de una vía para lo posterior. Es lo que ha sucedido en España y otros lugares. En México, por ejemplo, la indignación no alcanza para movilizar significativamente ningún contingente humano, aunque probablemente ello nos depare algo socialmente más doloroso. O simplemente son cooptados, algunos líderes vergonzosamente. Los indignados hacen críticas justas, denuncian pero no pueden enunciar. Son un síntoma que se acumula a la multiplicidad de síntomas de una crisis de tamaño planetario: “En Grecia, una política económica impuesta ha desencadenado una cólera que va más allá de la simple indignación. En Hungría, por contemplar otro ejemplo, está fraguando un neoautoritarismo nacionalista”. La crisis son muchas crisis y no tiene un componente más importante que otro, es integral pero su dinámica hace visible un problema para luego ocultarlo a favor de la relevancia de otro.

El libro inicia con una provocación: la regeneración del pensamiento político, uno que re-conceptualice a la humanidad como civilización, que incluya la complejidad de lo humano. Los políticos profesionales vienen a ser los grandes analfabetas de la civilización. No saben de, por ejemplo, demografía sino solamente del “pueblo” o de la “ciudadanía”, hablan de los indígenas sin conceptualizar singularidades culturales igual de importantes que las propias, de ecología son incapaces de estremecerse ante el predominio del veneno vertido ahí, de economía sólo cuentan los saldos en las cuentas de sus bancos, de pobreza y desigualdad para paliarla con dinero ajeno, dinero de todos gastado irracionalmente.

Exaltan la justicia y practican la represión, el contubernio, la complicidad. Acaban sabiendo poco de democracia y nada en la práctica cotidiana. Ignoran porque no les interesa –o simplemente porque les conviene– el vuelo desenfrenado del capitalismo que, bajo la égida del neoliberalismo, se desplegó sobre los cinco continentes. Se desentienden del efecto nocivo del vuelo de la red de telecomunicaciones instantáneas (Internet a la cabeza) y su efecto en la unificación tecno-económica del planeta.

Los políticos con futuro entenderán que la globalización también implica la concurrencia violenta de tres procesos culturales: la homogeneización y estandarización primordialmente según los modelos norteamericanos; un contraproceso de resistencias y de reflorecimiento de culturas autóctonas; y, en fin, un proceso de mestizajes culturales.

rivonrl@gmail.com

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