Opinión

El agotamiento de un proyecto

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Sin duda, el Partido de la Revolución Democrática ha resultado entre los damnificados directos de la crisis que ha tenido a Guerrero como epicentro los últimos dos meses. La caída estrepitosa del gobernador del estado y del alcalde de Iguala arrastró también la intención de voto por el PRD, que vive hoy el más intenso sacudimiento de sus 25 años de vida. El más reciente coletazo de esta crisis ha sido la pérdida del dirigente que encarnaba lo que de moralidad y rectitud quedaba en esa corriente política.

Reducir la renuncia de Cuauhtémoc Cárdenas a un problema estadístico, como lo hizo el presidente del partido, equivale a ver el incendio y en lugar de ir por agua exclamar: ¡oh, qué agradable calorcito! Y es que Carlos Navarrete dijo que esa renuncia poco importaba, que se iba un militante, pero se quedaban dos millones. Tampoco quizá sea justo decir que al jubilarse Cárdenas estemos asistiendo al funeral del PRD.

Este hecho nos plantea la necesidad de pensar en el drama que vive nuestra izquierda, tan necesaria en tiempos en que las políticas públicas dominantes han dado la espalda a lo social.

No es santo de mi devoción, pero acabo de leer de Héctor Aguilar Camín el librito Pensando en la izquierda, que puede ser útil para animar la discusión. Camín piensa que la democracia mexicana requiere de una izquierda moderna, y por moderna entiende una izquierda “a la altura de los tiempos, capaz de nadar en ellos y moldearlos, no sólo de denunciarlos y sufrirlos”. Es cierto, la historia de la izquierda mundial es la historia de sus escisiones y rivalidades teóricas, resueltas en movimientos que hicieron revoluciones, fundaron Estados y fijaron ortodoxias que incluyen profetas, escrituras, mártires, herejes e inquisidores.

Al interior de la izquierda mexicana conviven varias tradiciones que en un amplio arco van desde los levantados en armas hasta los negociadores del Pacto por México. Quizá la tradición menos consistente e influyente sea la corriente socialdemócrata, que sería la vertiente con más posibilidades de reconciliar a la izquierda con el presente y convertirla en constructora de futuro. Lo digo con orgullo, en 2006 mi voto fue para Andrés Manuel López Obrador. En 2012 volví a votar por él, aunque me parecía que era ya la hora de un candidato de perfil socialdemócrata como Marcelo Ebrard, que tenía ese aire de los alcaldes europeos que empujan eficientemente la agenda progresista sin estar tocados por el espíritu rijoso que enciende emociones, pero carece de eficacia como opción política.

Aunque nadie puede regatear a Cárdenas su contribución a la democratización de este país, en 1988 una buena porción de mexicanos sentía más simpatía por el perfil de izquierda que representaba el entonces candidato presidencial Heberto Castillo, un muy destacado científico e inventor mexicano. En un lance de vocación unitaria, Heberto declinó en favor de Cárdenas y propició que el Partido Mexicano Socialista cediera su registro legal el actual PRD. Eso que nació como el más acabado proyecto unificador del arcoíris de la izquierda, que supo transformar la participación testimonial en una clara vocación de poder, hoy ha quedado sepultado.

Algunos nostálgicos de la disciplina dicen que la renuncia de Cárdenas confirma que la división está en el alma de la izquierda. Lo cierto es que en un país poco acostumbrado a la deliberación, la menor discrepancia parece el apocalipsis. Entre las cosas saludables de una sociedad están la discrepancia y la confrontación de puntos de vista, únicas vía para hacer efectiva la cultura democrática. Pero la actitud de la dirigencia perredista es algo que va más allá del alma divisionista. Es la claudicación de un proyecto popular que acumuló triunfos en gobiernos estatales, municipios y congresos locales, y que estuvo a las puertas de la presidencia de la República.

De la izquierda hay que quedarnos, como sugiere Camín, con esa capacidad de indignación ante el abuso y las desigualdades económicas, con esa inclinación por políticas públicas que atiendan lo social. Claro que no deja de dar tristeza que el proyecto del PRD se haya agotado tan pronto y haya quedado cancelado como propuesta de futuro. Ante las evidencias que Iguala arrojó sobre el rostro de la izquierda mexicana, de nuevo queda sobre la mesa la pregunta de siempre: ¿cuándo será posible tener en México una izquierda democrática, capaz de equilibrar los excesos y ser, en sí misma, ejemplo de organización de un país fincado en la paz y la justicia?

Tengamos presente que los partidos políticos no son propiedad de sus dirigentes. Son entidades de interés público, son financiados con dinero público. Son la vía que los ciudadanos tienen para acceder al poder. Son instrumentos de los ciudadanos, pertenecen a los ciudadanos. Con todo y que el sistema de partidos está muy debilitado, mientras no se construya otro sistema mejor, con estos partidos tenemos que arar. Los ciudadanos no sólo deben criticar a los partidos, deben apropiarse de ellos, deben ocuparlos. En el mejor de los sentidos, en suma, deben asaltarlos.

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