Opinión

El apogeo de la mezquindad

Punto y seguido

Por:Ricardo Rivón Lazcano

En el dogmático ajuste de cuentas pronosticado por Carlos Marx se lee: “ A medida que decrece la cantidad de magnates capitalistas, quienes usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de transformación, aumenta la miseria, la opresión, la esclavitud, la degradación y la explotación; pero con esto crece también la revuelta de la clase obrera, clase que aumenta constantemente en número y que está entrenada, unida y organizada según los mismos mecanismos que pone en juego el modo capitalista de producción. El monopolio del capital pone trabas al modo de producción…La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan su punto máximo en el que se vuelven incompatibles con su envoltura capitalista. Esta envoltura se rompe en pedazos. Los toques que anuncian la muerte de la propiedad privada capitalista comienzan a sonar. Los expropiadores son finalmente expropiados”.

Eran los años sesenta de la centuria XIX. La afirmación sobre una clase obrera numerosa y entrenada, unida y organizada, adquirió estatus de verdad científica y actuó con fuerza inusitada hasta muy entrado el siglo XX.

Tal afirmación verosímil en más de un sentido, pero sobre todo, adecuada al contexto histórico, mostró su falsedad hasta que el mismo contexto cambió. Sin embargo, dicha falsedad siempre estuvo al día. Concebir a la clase obrera como un ente homogéneo siempre fue una barbaridad analítica, como lo es hoy cuando se habla “del pueblo”.

Cuando uno respeta seriamente a la humanidad, tiene que resistir a la tentación de construir ídolos que resisten todo y que todo lo explican. La clase obrera, sin regateos, es una construcción mental que nada tiene que ver con la realidad social y humana. Sin embargo, “los obreros” como la complejidad humana, fueron y son entes de pasiones, no son estatuas de bronce. En ellos hay heroísmo, por supuesto, pero también hay celos y resentimiento, también hay oportunismo, envidias, amores extraviados, mezquindades, pleitos, estulticia y ambiciones, traiciones, una humanidad ruidosa, agitada, conversadora, inquisitiva y memoriosa, esperanzada, que encarna en personajes dibujados con un cuidado admirable.

Así lo describe Fernando Escalante cuando promueve la lectura de Los cuarenta días del Musa Dagh.

Nada existe de esa inteligencia homogénea, unida y organizada. Y quienes “creyeron” en ella, quienes persiguieron esa utopía y tuvieron la maquiavélica fortuna de hacerse del poder, se convirtieron en la variopinta legión de verdugos ya conocida.

¿Sabía usted que?

¿Y por qué el apogeo de la mezquindad? Por eso. Y porque así se titula el libro de Víctor Roura editado por Lectorum el año pasado. Vivencias y decires del periodismo, lo subtitula.

En la Ronda 5, sobre los decires, nos habla de las caras que vemos y los corazones que no sabemos de los periodistas:

¿Sabía usted que los periodistas sotto voce se lanzan injurias y ofensas con la mano en la cintura pero delante de sí son incapaces de proferirlas, mucho menos de aceptar que sean ciertas, sino sólo sonríen, sonríen, sonríen?

¿Sabía usted que los académicos que se dicen periodistas jamás han pisado una redacción periodística ni para cobrar sus artículos, pues envían a sus apurados asistentes para que éstos entreguen los papeles necesarios para aligerar los trámites?

¿Sabía usted lo sencillo que le puede resultar a un periodista meterle una zancadilla a un colega suyo para subir el escalón que el otro estaba a punto de ascender?

¿Sabía usted que hay periodistas que desconocen los pormenores de la lengua…?

¿Sabía usted que hay reporteras que se enamoran fácilmente de sus entrevistados?

¿Sabía usted que varios de los actuales jefes de secciones periodísticas lo son gracias a que han otorgado graciosas puñaladas traperas a quienes les dieron la primera oportunidad en el oficio?

¿Sabía usted que ningún periodista de la televisión es necesario en el sistema mediático porque finalmente es sustituido de inmediato por otra voz, por otro gesto, por otro rostro, por otra impostura?

Probablemente Roura escriba desde la desilusión, o desde el resentimiento, pero de lo que no cabe duda es que lo hace desde la realidad.

rivonrl@gmail.com

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