El cuento de ser Mujer

– “Tú eres peor que las putas porque las putas no paren”. Rafael siempre me decía eso. Y yo pensaba que a lo mejor si era así. Que si yo hubiera sido menos inocente… si yo hubiera sido como esas mujeres, a lo mejor no hubiera tenido a esa criatura… nomás para no tener problemas con él.
Angelita es una mujer de 66 años. Enferma de cáncer de seno y con diabetes. Se casó cuando apenas tenía 14 años con un hombre diez años mayor que ella.
– Mi hermano mayor se enojó mucho con mis papás porque me dejaron casar. Pero es que yo quería casarme. Soñaba con el vestido blanco, la fiesta, la comida, los invitados… Yo me casé porque quería vestirme de blanco.
Sin embargo, el vestido blanco de Angelita pronto se tiñó de los colores que acompañan a la violencia doméstica.
– Desde que nos casamos, él era muy recio… Cuando él se casó conmigo, yo creo que el casamiento le sirvió para sentirse más libre… se iba a los bailes, llegaba a las seis de la mañana, tomaba, andaba con sus amigos… había veces que duraba hasta tres días por allá… y ya llegaba… pero yo nunca… yo no sé por qué, pero nunca fui celosa… nunca le reclamaba… Le empecé a reclamar cuando una vez él me trató de que yo era una loca.
En los tiempos en los que Angelita y Rafael se casaron, la carretera llegaba apenas a Ahuacatlán de Guadalupe. Un pequeño pueblo en Pinal de Amoles, de apenas unos 500 habitantes. Angelita tenía quince años y él ya pasaba de los veinticuatro y juntos, trabajaban en la construcción de un camino para llegar a Santa Águeda. Él era velador.
Mientras avanzamos en la fila, Angelita me cuenta que desde siempre su marido la golpeaba. No sabe cuántas veces, pero muchas. Angelita sumaba a la estadística del México de los años 70´s, de aquellas mujeres que eran maltratadas por el simple hecho de ser mujer.
– Me golpeó muchas veces… muchas. Una vez su mamá me dijo, pídele perdón… porque me estaba golpeando… me estaba pegando con el cinturón… con la hebilla. Le dije no… no le voy a pedir perdón
Habían pasado ya varios años desde que Angelita y Rafael se casaron y el dinero no era suficiente. Su trabajo como velador y albañil terminó con el camino rumbo a Santa Águeda así que decidió irse a Estados Unidos.
– La verdad, para mí, fue un alivio que se fuera. Podía estar tranquila. Y bueno… me da pena decirlo, pero cuando mi esposo se fue para el otro lado… le voy a decir la verdad… me involucré en otra relación… Y es que yo nunca había sentido lo que sentía con ese hombre. Yo no lo hice tonto por venganza. Solo me enamoré de alguien más. Sentí cosas que nunca había sentido con nadie más. Pero después, se empezó a portar como Rafael. Tomaba. Me dolió mucho, pero lo dejé. Lo dejé porque era igual que mi esposo. Y luego se murió.
Cuando tuve esa relación fuera del matrimonio, quedé embarazada. Me quise ir de la casa con la criatura que iba a tener. Mi esposo me dijo que no, que habláramos con un sacerdote a ver qué nos aconsejaba. Fuimos con el sacerdote que daba misa en el pueblo. Se llamaba Tomás Cano. El sacerdote me dijo que no estaba bien que me fuera, que mejor que cuando naciera mi bebé, se la entregara. Que la tuviera dos meses para que la amamantara y luego se la entregara; que él se la iba a dar a una familia católica, a una familia que no tuviera hijos para que esa niña estuviera mejor que conmigo.
Me decía, piensa cómo vas a cobijar a un niño y vas a descobijar a otros; pensando que si nomás era una niña y los otros eran más. Yo lo escuchaba. Pero el sacerdote nunca le dijo a él, que ya se portara bien…no… lo que me dijo fue, mira, cuando él llegue borracho, te va a querer golpear y va a querer golpear a la criatura y ese va a ser un problema porque tú vas a querer defender tu hija y te va a golpear más… Le entregué la niña cuando nació y no pensé nada más.
A la fecha, no sé nada de ella. Mi bebé nació como en el 85 o el 86. Si vive, ya es una mujer grande. Pero nunca supe nada. Lo único que me dijo el sacerdote es que le pusieron María del Consuelo, porque había sido un consuelo para la familia que la recibió. Y no me dijo nada más. Y yo no pude investigar porque estaba con este hombre y yo no podía salir así nomás. Si me pesó y todo el tiempo me ha pesado porque no valió la pena. La fila seguía avanzando. El chirriar de las máquinas no distraía nuestra conversación. Y ya entradas en confianza, le pregunté: Angelita, a sus 66 años, ¿cómo quisiera vivir el resto de sus días?
– Yo quisiera vivir tranquila. Pero quién sabe… con eso de las enfermedades que a una la atacan… ya no quiero tener problemas… ya me separé de este hombre, pero a ver…
Antes de pedir el kilo de tortillas, Angelita rompió en llanto y me dice que su sueño era comprar un terreno y hacerse un cuarto para ella… y me dice que primero Dios lo va a lograr.
No sé cuándo, pero si, lo voy a lograr.



