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El cuerpo menstruante como extensión de la estructura comunitaria: narrativas sobre la menstruación en mujeres jóvenes de Tolimán, Querétaro

Hablar de menstruación es hablar de cuerpos, pero también de historias, de la comunidad, y las geografías. Este texto nace de la palabra compartida por mujeres jóvenes de Tolimán, Querétaro, quienes decidieron contar cómo fue crecer, aprender y menstruar en un municipio donde la vida comunitaria continúa teniendo una presencia profunda en la construcción de la identidad de las personas.

Tolimán es un territorio marcado por la herencia Otomí-Chichimeca. Sus tradiciones, sus celebraciones, la presencia de la lengua hñähñu y los vínculos comunitarios forman parte de la vida cotidiana de muchas familias. Para las compañeras que participaron en este ejercicio de aprendizaje, hablar de sí mismas también significó hablar de sus abuelas, de sus madres, de la historia de sus comunidades y de los valores con los que crecieron. Porque las personas no aprendemos únicamente dentro de nuestras familias; también aprendemos de los lugares que habitamos y de donde son enraizamos.

Escuchar sus relatos permitió comprender que la menstruación nunca llega sola. Llega acompañada de las ideas que una comunidad construye sobre los cuerpos de las socializadas mujeres, sobre la sexualidad, el cuidado, la vergüenza y los roles que se espera que desempeñen a lo largo de la vida.

La mayoría de las compañeras recordó su primera menstruación como una experiencia atravesada por la incertidumbre. Algunas no habían recibido información previa. Otras habían escuchado algo en la escuela, por amistades o por lo que decía la comunidad y de quienes compartieron solo una persona converso con su madre antes de la llegada de la menarca. Para varias de ellas, el primer sangrado se vivió en silencio, sin saber exactamente qué estaba ocurriendo en su cuerpo o cómo gestionar la sangre menstrual.

Más que explicaciones sobre cómo gestionar el sangrado, muchas recibieron mensajes relacionados con un cambio importante en su rol social. Algunas escucharon que habían dejado de ser niñas para convertirse en mujeres. Otras entendieron que debían comenzar a “cuidarse”. La menstruación aparecía entonces asociada al riesgo de embarazo y al inicio de la vida sexual y reproductiva antes que al conocimiento del propio cuerpo.

Los relatos también mostraron experiencias marcadas por la vergüenza. Hubo quienes utilizaron trapos para gestionar su sangrado y los escondían para que nadie los viera. Algunas esperaban llegar a casa para cambiarse porque en la escuela no había agua o espacios adecuados. Otras convivieron durante años con dolores intensos sin saber que aquello no necesariamente era normal.

Sin embargo, esta reflexión no busca reducir a Tolimán a las dificultades que enfrentan las mujeres menstruantes. También muestra la capacidad de transformación que existe dentro de las propias comunidades. Varias de las compañeras han buscado información, participado en talleres, conocido alternativas de gestión menstrual y construido nuevas formas de nombrar y vivir sus cuerpos.

Las experiencias compartidas recuerdan algo fundamental: no existe una sola forma de menstruar. Cada historia está atravesada por el contexto en el que se vive. Por ello, escuchar las voces de las mujeres desde sus propias geografías es una forma de reconocer la diversidad de experiencias que existen alrededor de la menstruación y de construir conversaciones más sensibles, más humanas y más cercanas a la realidad de quienes las viven.

Porque cuando una mujer cuenta cómo vivió su primera menstruación, no solamente habla de un sangrado. Habla también de la comunidad que la acompañó, de los silencios que heredó y de las posibilidades de cambio que hoy imagina para las generaciones que vienen detrás.

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