Opinión

El derecho de perder

Por: Rafael Vázquez @tiporafa

La religión, la política y el fútbol; temas caracterizados como “espinosos” para poner sobre la mesa. ¿Cuál es el motivo por el cual nos cuesta tanto trabajo disertar sobre éstos tópicos? Es posible especular que los tres atraviesan una serie de variantes tan amplias que se vuelve imposible generar un consenso, especialmente cuando no hay verdades universales que unifiquen criterios y “califiquen” (necesidad imperante del neoliberalismo actual) nuestros argumentos y posturas.

Qué si el capitalismo es mejor que el comunismo; ¿Según quién? ¿La producción? ¿El respeto a los derechos humanos? ¿El “desarrollo? ¿El número de ricos o por el contrario el número de pobres? Lo mismo con la iglesia, las religiones, las tradiciones, las formas de impartir justicia, la percepción de la vida después de la muerte y, en México, el fútbol, del que resulta mejor no hablar porque puede ocasionar un roce instantáneo.

Hoy en día todos los países –casi sin excepción- viven un momento de producción como nunca antes en su historia; la tecnología, los procesos robotizados, las modificaciones genéticas y las grandes capacidades de las computadoras han permitido la creación de industrias que generan millones y millones de insumos. La loca carrera que el capitalismo impone para aumentar el mercado y engullir (o ser destruido) por otra empresa nos impone la vara de la competencia, vivir o ser aplastado. Y así lo enseñamos desde los ciclos básicos hasta reforzarlo en las universidades con exámenes de ingreso, evaluaciones semestrales y una calificación final que sentencia arbitrariamente si el sistema reconoce las habilidades de un individuo.

Mientras tanto, se nos pone como ejemplo a la justa competencia de los países nórdicos que trae buenos resultados: niños con igualdad de oportunidades, acceso a la cultura universal, dieta balanceada y seguridad social que generan adultos “competentes”.  En México nada es así: la diferencia entre los más ricos y los más pobres es abismal, las armas para competir van desde el pupitre de madera echado a perder de un aula con goteras hasta los estudios de algún niño mirrey inscrito en un  kínder popis avalado por Harvard.

Y así vamos por la vida: algo educados, medio mal nutridos, aferrándonos a reparar el autito que nos costó tanto sacar en pagos para evitar caer en las garras del transporte público que va en declive en la ciudad. Y compitiendo sobre quién tiene la razón en la política, la religión y el fútbol.

¿Y qué nos enseñan? Por un lado, la Iglesia Católica tiene la maldita costumbre de pedir perdón por sus horrores décadas después de cometidas, y mientras tanto se sigue paliando el problema del abuso de menores… ¡cambiando al sacerdote de sucursal!

Lo mismo en la política, con enorme sentido común preguntaba el payaso “Brozo” en su programa de TV: “¿Qué cosa tiene que pasar en éste país para que renuncie un político?”, cientos de servidores públicos han sido acusados de trata de blancas, de nexos con el narcotráfico, de mal uso de los recursos públicos, lavado de dinero, especulación financiera, abandono de sus labores por estar en campaña, acoso sexual y miles de delitos más que son tan comunes que ya no llaman la atención de nadie. Y ahí siguen, en sus despachos y curules tan intocables como la nobleza aristocrática de la edad media.

Cuando el problema es estructural no hay institución que escape de las garras. La forma en la que recientemente la selección nacional de fútbol llegó a la final de la Copa Oro, asoma arreglos millonarios en los cuales el fútbol es lo último; patrocinadores y televisoras deciden cuál es el mejor negocio y acoplan sus intereses dentro de la cancha.  Nada nuevo bajo el sol.

Afortunadamente, entre la podredumbre vislumbro a un nuevo mexicano. Millones de indignados dijeron “Ganar con trampa no es ganar”. El aficionado promedio aceptaba con dignidad y gallardía la derrota antes que el dinero comprara una copa. Hay que pelear por ese derecho a perder que es el mismo néctar de la justicia.

¿Cuándo el ejército admitirá: “Perdón, desaparecimos por órdenes a N estudiantes, asesinamos a dos niños por tiros irresponsables, aquí los culpables y serán juzgados con todo el peso de la ley”? ¿Cuándo un político dirá: “Si, por omisión o falta de capacidad mía el problema X explotó, aquí está mi renuncia, me hago a un lado para que se persiga a los culpables”? ¿Acaso no hubiera sido bella la decisión si Andrés Guardado hubiera echado el penal para afuera mostrando que, en efecto, “el balón no se mancha”?

En un país que no olvida el fraude del 2006 (“Gané haiga sido como haiga sido” dijo Felipe Calderón), en un país donde la norma legal permite comprar votos para comprar triunfos electorales, es trascendente que todos los mexicanos peleemos por el derecho que tienen los ganadores y perdedores por una contienda justa. Nadie tiene todos los argumentos, nadie es infalible y después de todo… ganar no lo es todo en esta vida.

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