Opinión

El difícil trabajo del director de recursos humanos.

Por: Rodrigo Castañeda

Imagínese en este escenario: usted es el director de recursos humanos de una importante empresa que fabrica figuras para nacimiento. Los resultados de la empresa no han sido muy buenos, en especial porque algunos trabajadores rebeldes decidieron reventar un montón de pastores en otras sucursales, y hasta llegó noticia de que en una de las plantas alguien se robó unas cuarenta y tres figuras, y nadie sabe dónde quedaron.

El gerente de la empresa ha puesto en usted la responsabilidad de contratar gente capaz, que pueda revertir esta tendencia a la destrucción que se ha visto en las otras sucursales, pero no solo eso, sino que también tiene que tener la capacidad de administrar la fábrica local y hacer crecer sus ganancias, garantizar que sea un buen lugar de trabajo y, sobre todo, que todos los que forman parte de ella estén contentos.

Por supuesto que el gerente de la empresa le ha hecho ver que en caso de elegir mal, usted será el que pague las consecuencias, y todos se lo van a reclamar. ¡Ah!, y que si no elige a alguien, no existe como persona –muy dramático el asunto.

Entonces llega el día de las entrevistas, y los candidatos le entregan, a manera de currículum, un sinfín de fotos, algunas con la familia, otras haciendo abdominales, una decena de tomas con ellos sonriendo de la manera más tétrica y falsa del mundo. Algunos incluyen con las fotos algún papel que diga que estudiaron en la UAQ, o que garantiza que son queretanos, pero eso es a lo más que llegan sus credenciales.

Uno de ellos, entra a la oficina, se sienta frente a usted y comienza un monólogo que va más o menos así: “¿Que si soy enojón? Para nada, soy muy apasionado”. Pudo haber hablado de su experiencia, pudo haber comentado qué pensaba a hacer para mejorar la empresa, pudo hacer presumido todos los títulos que tiene; sin embargo, eligió decir que no era enojón.

Ahora no conozco al candidato, pero estoy casi seguro de que alguien le sugirió que en lugar de proponer un cambio, o algo así, mejor dijera que no es enojón, o que hace ejercicio, o que estudió en la UAQ.

El caso es que se está perdiendo de vista qué es lo que estamos buscando y para qué lo estamos buscando. Yo no quiero a un gobernante para irme a tomar una cerveza con él, o para llevarlo a mi casa, lo quiero para que administre los recursos del Estado, mis recursos. Pero los genios, los mismos que nos trajeron el término mercadotecnia política, están más preocupados por crear una imagen “buena onda” del candidato, que por dar a conocer sus propuestas o su currículum. Esto solo puede significar dos cosas: o que contrataron a estos mercadólogos políticos porque son buena onda y quieren ser amigos de ellos, o que los candidatos no tienen propuesta alguna y tienen que depender de un carisma adulterado para convencer a la gente de que vote por ellos. A lo mejor es una combinación de ambas, como sea, tristes tiempos para la mercadotecnia, para la publicidad y para la política.

 

{loadposition FBComm}

 

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba