Opinión

El discurso de la mansedumbre intelectual

Por José Luis Álvarez Hidalgo

Mucha desazón me provocó el hecho de leer en el semanario Tribuna de Querétaro, No. 627, los artículos escritos por Luis Alberto Fernández (mi colega en la FCPS de la UAQ) y por Felipe López Veneroni, destacados académicos y pensadores universitarios quienes, desde los sendos títulos con los que bautizan sus escritos, rubrican sus formas de pensar: “No se acaba el mundo”, el del primero y “En busca de la impertinencia perdida”, el segundo.

 

En el texto inicial, Fernández se desboca al calificarnos como “una de las democracias más importantes del mundo”, ¿de dónde saca mi estimado colega semejante aseveración?, ¿por qué la mexicana es o tendría que ser una de las democracias más importantes del mundo?, ¿por el número de electores?, ¿por el alto nivel de votación?, ¿o porque a él le da la gana? Y vaya que resulta arbitrario dicho comentario dado que en México están comprobadas dos elecciones fraudulentas históricas, la de 1988 y la 2006, y está impugnada la de este año por las mismas razones: las elecciones en nuestro país son un cochinero asqueroso y muy pocas se salvan de este calificativo.

Más adelante Fernández se luce con una perla japonesa, al justificar la felicitación que hizo Felipe Calderón a Peña Nieto luego del conteo rápido, a eso de las ocho de la noche, cuando en la mayoría de las casillas ni siquiera habíamos terminado de contar los votos. Fernández le concede a dicho conteo una certeza que me parece inexplicable, al indicar que le parece “una medida muy segura (…) (y que) desde el punto de vista matemático es muy sólido”, pero no da un solo argumento que pudiese validar su afirmación y ésta se le deshace en el aire de la especulación.

Además insiste en su redención al postrero y todavía Presidente espurio al señalar que “creo que está bien que el Presidente felicite al que ya figura como ganador, eso es parte de la democracia”. ¿Quién le dijo a Fernández que una felicitación anticipada y sin fundamento legal alguno, es parte de la democracia?, ¿de qué tipo de democracia está hablando? Sólo hasta que el TSJF emita su veredicto, después de dar salida a la impugnación de todo el proceso electoral y cuando Peña Nieto tenga en sus manos la constancia de mayoría, se le puede considerar Presidente electo y entonces, y sólo entonces, que vengan las felicitaciones de todos sus incondicionales.

En donde si no se midió mi estimado colega, es en su afirmación tajante e inconcebible, al decir: “Ya pasado el 1° de julio, la gente debería de reaccionar aceptando los resultados oficiales, aunque no nos parezcan; cualquier otra conducta es antidemocrática y retrasa el desarrollo del país. Uno puede no simpatizar con el que ganó, pero hay que reconocer que ganó.” ¿Así o más descarada la sumisión, la mansedumbre?

No puedo concebir que un catedrático universitario pueda ni siquiera pensar de pasadita lo anterior y mucho menos publicarlo en un medio de comunicación crítico y responsable como lo es Tribuna e imprimirle un tufo de verdad teológica que me parece inaceptable en un científico social. ¿Por qué tendríamos que “reaccionar aceptando los resultados” y si no es así, la conducta de esos ciudadanos inconformes “es antidemocrática y retrasa el desarrollo del país”? Fernández pretende decirnos que la protesta, la inconformidad y la rebeldía son rasgos intolerables para la democracia y el desarrollo, ¿no es precisamente todo lo contrario? Esto es, que en una verdadera democracia la pluralidad de las ideas, la confrontación de opiniones, la convivencia de los contrarios y el respeto a la diversidad, tienen un espacio natural de germinación y encuentro.

No dejo de sorprenderme de que éste sea el discurso de la modernidad demócrata: aceptar la imposición de un nuevo pelele que ni siquiera las instituciones facultadas para ello lo han decretado formalmente como el nuevo Presidente de este desvencijado país y ya los medios masivos, mandatarios de otras naciones y académicos universitarios como Fernández y Veneroni lo proclaman como el rey tuerto de los más ciegos de todos: aquellos que no quieren ver y lo que es aún peor, que exigen que veamos lo mismo: la aceptación de una mentira que quiere ser verdad maquillada por la mansedumbre y la claudicación. El perfecto tratado de la cobardía intelectual. Ya no tuve papel ni ganas de ocuparme de López Veneroni, que está en un tenor semejante al de Fernández, aunque con otros matices más aptos para un debate de mayor aliento.

Será en otra ocasión. Ya estoy hasta la madre.

 

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