Opinión

El epitafio

Por: Inocencio Reyes Ruiz

Un buen amigo dedica muchas horas del día a idear su epitafio. Me ha mostrado una veintena de posibilidades.

Ante el entrecejo que no puedo evitar, mi amigo tacha los que lleva escritos y me pide que en una semana nos veamos para revisar, como él dice, el definitivo.

El definitivo resultó ser: “Aquí yace el que siempre quiso pero nunca pudo”.

Le digo que no me gusta, pues una confesión póstuma carece tanto de valor legal como moral. Si eliges ese epitafio, mejor dinos por qué no pudiste lo que quisiste.

La lógica de mi amigo es implacable: es que siempre quise lo que no pude.

Le respondo: es que no puede ser posible lo que no debe ser posible.

Muy molesto me llama conformista, mediocre, reaccionario.

Desanimado, rompe el papel. Si algún día ha de morir, urge ponerse en acción para poder lo que quiere.

Ha decidido venderle su alma al diablo. ¿Sabes dónde encontrarlo?, me pregunta con ansiedad.

Le respondo que no, pero le informo que en la actualidad hay sobreoferta y las almas se han abaratado tanto que ya ningún diablo las compra. No las toma ni regaladas, le digo.

Mi amigo ya ni siquiera corre el riesgo del personaje de Slawomir Mrożek que se encontró con un diablo hecho un pobre diablo, sin cuernos ni cola, sin garras, sin el color rojo satánico y temible, sin trinche, sin la elegante capa con la cual antes cubría su monstruosa y sardónica fealdad. El personaje del cuento se decepcionó al ver al diablo convertido en un malandro de dar lástima. El pobre diablo acabó ofreciendo al vendedor una cantidad risible: “A tal alma, tal diablo”.

¿Qué hago entonces con mi alma?, me pregunta mi atribulado amigo.

No sé qué decirle. Sólo se me ocurre aconsejarle que siga trabajando su epitafio.

No puedo, contesta. Es de las cosas que quiero y no puedo.

Se levanta y sale apresurado del restaurante a donde me invitó a comer.

Tampoco pudo pagar la cuenta. Descubrí sin querer su epitafio: “Tampoco pudo pagar la cuenta”.

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