Opinión

El funcionario y el maestro rural

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

Varios acontecimientos recientes nos dejan estupefactos: El proceso electoral que llevó a Peña Nieto a la presidencia de la república (así, con minúsculas, porque el presidente es pequeño y nuestra República está reducida a su mínima expresión, si es que aún existe); la forma como se dio la reciente aprobación de la reforma a la Ley Federal del Trabajo; la génesis y el desarrollo que han tenido las otras reformas “estructurales” en las que andamos metidos, cada quien en su campo.

A pesar de que ya veíamos venir el desmoronamiento de nuestras instituciones democráticas, muy en el fondo, guardamos la esperanza secreta de que la inteligencia habrá de triunfar al final de cuentas, como sucede en los cuentos infantiles.

Ciertamente no es ningún cuento la realidad que vivimos, pero me recuerda aquella historia de “El funcionario y el maestro rural” (El original no era así, ni sé si realmente hubo un original, ni quién lo escribió, ni su nombre, ni su contenido, pero su estructura narrativa permite tales reflexiones que se va metamorfoseando, según los contextos y las necesidades de quien lo necesite). En mi reinvención la historia va así:

Un funcionario de primer nivel recibió una vez una orden absurda, pero no se dio cuenta de que lo era, y presuroso se dispuso a acatarla, pues eso es lo que corresponde a los funcionarios: obedecer prontamente a la autoridad. Después de responder a lo que se le solicitaba, el funcionario pasó la orden hacia sus subalternos del segundo nivel, quienes tampoco reconocieron la estupidez que esa instrucción entrañaba y, luego de acatarla, la derivaron a su vez a sus vasallos del tercer nivel y éstos a los del cuarto y aquéllos a los del quinto.

Así, bajó la orden en cascada por todas las sucesiones de la jerarquía organizativa de esa comarca.

Hasta que un día el mandato llegó a un humilde maestro rural, quien por estar muy cerca de su pueblo aún gozaba de sentido común y replicó que lo que le pedían era un disparate. Acatarlo no sólo era insensato, sino que pondría en peligro a su comunidad, así que preguntó a su director que por qué tenía que hacer eso. El director le respondió que así lo indicaba la autoridad y que el maestro no estaba para preguntar, sino para obedecer; mas como él se rehusó, fue despedido. (Tuvo suerte, en otras comunidades, quienes se rehusaron, fueron masacrados).

La interrogante del profesor, sin embargo, inquietó al director y éste se animó a solicitar, “atenta y respetuosamente su amable aclaración” también al supervisor y aquél al suyo…

Entonces se desató una reacción en cadena de preguntas hacia arriba y de respuestas hacia abajo: “Es que eso establece la norma”, contestaba uno; “es que se trata de una decisión de Estado”, alegaba el otro. “Es un decreto de la federación”, explicó un tercero.

Las preguntas surgieron también del pueblo indignado y se salieron de control: Sí, pero ¿por qué?, ¿quién dijo que esa indicación era la mejor?, ¿quiénes integran el Estado?, ¿cómo funciona la federación que tenemos que acatar algo tan desatinado?

El barullo que despertaron todos esos signos de interrogación desbordados fue tan grande que llegó a los oídos del primero que dio la orden.

“¿Yo?”, preguntó extrañado, “yo no ordené lo que ustedes dicen, ¿no podría exigir algo tan absurdo?”

Ante semejante reacción, se generó entre los demás funcionarios, una enorme discusión, en la que cada uno echaba al otro la culpa del malentendido, hasta que a cada quien le quedó claro cómo había contribuido a asfixiar la vida de aquel reino. Sólo que, admitirlo públicamente no sólo no era “políticamente correcto”, sino implicaba ir a la cárcel, así que todos decidieron ocultarlo y entonces se dedicaron a construir una justificación para hacer creer al pueblo que esa absurda instrucción estaba fundamentada “científicamente” y era la única vía para salvarlo de su destrucción. Luego, la justificación se hizo ley y pasó a formar parte del Estado de derecho.

Dicen las malas lenguas que, en realidad, no hubo ningún malentendido y que esa había sido la orden original, pues así convenía a los egoístas intereses del primero que la dio, y luego del segundo y luego del tercero, que iban ganando recompensas, cada vez que la orden se cumpliera. Sólo que cuando fueron descubiertos, prefirieron hacerse los occisos para escapar de la furia popular que se había desatado.

¿Será por eso que ahora nuestros diputados, egoístas, incultos y verdugos del pueblo, después de aprobar la reforma laboral, guardaron un minuto de silencio para conmemorar el 2 de octubre?

Esto me recuerda a otro cuentito (“La vida profesional 2” de El libro de los abrazos de Eduardo Galeano) que narra la historia de un verdugo que torturó durante varios meses a un oficial adversario y que cuando se veía en el espejo, se justificaba diciendo: “Sólo cumplo órdenes”, “si no lo hago yo, lo hará otro”, y que al final de la jornada, se sentaba junto a su víctima, haciéndola su confidente y contándole todas sus cuitas familiares y laborales que conllevaba el ser verdugo.

Así de disociados están nuestros mandatarios y así de disociados quieren que nos volvamos los demás, para que no los descubramos.

(No dejen de escuchar todos los sábados de 12 a 13 horas el programa radiofónico “La pregunta… del águila que se levanta”, un programa sobre educación, en Radio Universidad, 89.5 FM).

Metamorfosis-mepa@hotmail.com

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