Opinión

El gran supermercado

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Dice el investigador Román Munguía Huato que la lógica mercantil convirtió a la ciudad en el gran espectáculo de la mercancía. Mucha gente decide pasar el domingo en los centros comerciales y pasar horas absortos ante los aparadores. Lejos de aficiones bucólicas, acudir a esos complejos comerciales es equiparable a la gozosa contemplación que puede experimentarse en un museo. Hay aparadores diseñados para el gozo y funcionan como verdaderas salas de arte.

Pues resulta que mientras la creatividad se ha arrodillado ante el comercio y los negocios, el terreno político se ha vaciado de contenido. No hay propuestas de futuro. No sólo eso, no hay ideas serias. Hay desplantes y gesticulaciones, botargas y toda clase de ocurrencias, muchas de ellas sin gracia ni sustancia.

En el contexto de las campañas electorales, de pronto la ciudad ha tomado la apariencia de un inmenso supermercado. Como una gran central de abastos. Nuestra ciudad como un grotesco súper, tocando los linderos de la perversión de la vida civil. Una auténtica vendimia que empobrece la cosa pública. Lo único que falta es que los políticos adopten el típico ¡llévela, bara, bara..! que se oye en los tianguis. Muchos candidatos han confundido la tarea de gobernar con una baratija.

En lugar de elevar la palabra como vehículo de convivencia, lo que vemos es la ridiculización de lo público. Sobre la política han caído los peores males. Se le ha trivializado. Se le ha banalizado. Se le aborda como asunto de ofertas. Por ejemplo, cuando un candidato promete “seguro universal gratis” o “internet gratuito en todo el estado”, no está pensando en ciudadanos, sino en consumistas precarizados que están dispuestos a comprar algo sólo porque la tienda puso un letreo que dice: ¡oferta!

Cuando otro candidato ofrece el “predial gratis” se comporta como un curandero que engaña con productos milagro. Si vemos la letra chiquita de esa seductora fantasía, nos daremos cuenta que se concibe al Estado como una enorme tienda de Soriana, tarjetita de puntos incluida. Poco falta para que ofrezcan recargas telefónicas o una paleta Payaso a cambio del voto, como jocosamente dice un amigo muy querido.

El Estado tutela derechos y nada otorga gratis. Es un abuso plantearlo así. No es la relación entre un alfombrero y su cliente, al que hay que embaucar con el brillo del oropel. Se ha invertido penosamente la relación y todos están apelando a lo emocional y a los milagros.

En lo personal, aburrirme no me simpatiza y lo último que nos podríamos permitir es perder el humor. Además, la solemnidad me parece enfermante. Pero una cosa es no perder el humor y otra muy distinta es reducir lo público a las vulgaridades y al desparpajo con que muchos políticos abordan los asuntos del Estado. Meter a los puercos en un debate entre quienes buscan la gubernatura resulta ingenioso pero lo único que revela es pereza y desprecio por las ideas.

Ya encarrerados en la chorcha, otros candidatos han agregado elementos chacoteros que ofrecen la política como pitorreo y cínica competencia de ridículos. Es el caso del uso de apodos en las boletas electorales. En Querétaro, por ejemplo, veremos a “El Popis” en la boleta de El Marqués, al “Ticuza” en Peñamiller y a “El Rábano” en la capital. Aprecio mucho a mi querido Eduardo Miranda, pero pienso que él no necesitaba este recurso. Que no es cosa nueva, dicho sea de paso. Fue en 2009 cuando por primera vez un candidato, Ernesto de Lucas Hopkins, alias «El Pato», consiguió que la autoridad electoral pusiera en la boleta electoral su apodo. Y a partir de allí se ha extendido esta práctica, que le pone a la campaña un toque divertido, pero que contribuye penosamente a abaratar la función pública. Y bueno, en la boleta del 7 de junio, junto a “El Rábano” estarán también “El maracas”, “El cebolla”, “El Pocha” y “La China”. La pena adicional es que muchos de ellos provienen de nuestra anémica izquierda ¡tan necesitado como está el país de una izquierda robusta y responsable!

Mucha de esa banalidad resulta absolutamente funcional para la distracción de la población, a la que se agregan los continuos actos fallidos del presidente de la República –y la semana pasada el del gobernador de Sinaloa–, que no parecen estar concentrados en la tarea de gobernar sino en abonar (tal vez sin proponérselo explícitamente) al enojo ciudadano. La palabra ha perdido la relevancia central que algún tiempo tuvo como herramienta de convivencia política. Contemporánea del pragmatismo más simplón, hoy reina una visión superficial de las cosas, propia de sonámbulos alejados del mundo real y sus conflictos y disfrutes, pero sobre todo apartada de los conflictos sobre los que se asientan la política y toda la vida colectiva.

 

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