El hambre nunca fue destino, siempre fue política

“El hambre es el escándalo más grande, más feroz, más absurdo: que haya comida para todos y, sin embargo, tantos pasen hambre”.
Martín Caparrós
Trato de imaginar el instante en que una vida cambia cuando, de pronto, deja de pasar hambre. De acostarse cada noche con el estómago vacío. El alivio brutal de aquellas familias que en seis años lograron algo tan básico y tan radical como comer, después de décadas en que los gobiernos se empeñaban en repetir que era imposible, que era una utopía.
No me gustan las cifras porque son frías; pero son necesarias. Hace unos días el INEGI hizo lo suyo y nos dio a conocer las últimas mediciones de la pobreza multidimensional. Nos recordó que en 2018 había 27.5 millones de mexicanos sin acceso a una alimentación nutritiva y de calidad. Hoy son 18.8 millones. Una caída enorme. Un alivio.
De todas las carencias que mide la pobreza, la alimentaria fue la que más disminuyó en los últimos seis años. No es menor, porque cuando hablamos de pobreza no hablamos solo de carteras vacías, sino de adultos, niñas y niños que no comen. Hablamos de una de las principales causas de muerte en algunos estados como Oaxaca o Yucatán. De hogares enteros donde la comida es la incertidumbre diaria: hoy no, mañana quién sabe.
Fueron casi 9 millones de personas que dejaron atrás el hambre. Es decir, en seis años se atendió, de manera prioritaria, la hambruna en el país. O como lo dice el escritor argentino, Martín Caparrós cuando se refiere al hambre: el mayor fracaso de la humanidad; el escándalo más grande, más feroz y más absurdo; que haya comida para todos y, sin embargo, tantos pasen hambre.
Las cifras también son una condena. Porque aún son 18.8 millones de mexicanas y mexicanos -casi toda la población de Chile- quienes no logran comer lo suficiente, lo sano, lo necesario. Y dentro de ellos, hay 4 millones que ni siquiera alcanzan un plato de comida al día. El hambre es así: contradictoria. Que haya menos hambrientos es una buena noticia. Que sigan siendo tantos es, no solo un escándalo, sino la prueba de una política criminal que durante años se dedicó a administrar la miseria en lugar de erradicarla.
Sabemos que en este país nadie está a favor del hambre. Todos los políticos, de izquierda o de derecha, juran combatirla. “Pero estar en contra no basta; lo que importa es lo que se hace para erradicarla”, dice Caparrós.
En México lo sabemos: en 2013, el entonces presidente Enrique Peña Nieto presentaba la política más noble y ambiciosa de su gobierno: la Cruzada Nacional contra el Hambre. La promesa más grande; una expectativa casi mesiánica. ¿Los resultados? desvíos millonarios, universidades prestándose a simular contratos, empresas fantasmas, dinero evaporado, enriquecimiento para unos cuantos; hambre, para muchos otros.
El hambre se volvió un negocio.
Hoy el horizonte parece distinto. México no solo redujo en casi un 8% la carencia alimentaria respecto a 2018, sino que es uno de los países de América Latina con menor proporción de población en situación de hambre, según la FAO.
Y no se trata de cantar victoria mientras exista una sola persona en este país que muera por desnutrición. Pero se trata de asumir lo que demuestran las cifras: que erradicar el hambre sí era posible. No era una ilusión técnica, sino una decisión política. Era la voluntad de quienes gobernaban. Y que la vieja narrativa de la imposibilidad fue siempre una coartada: una manera sutil de justificar la inacción y de perpetuar el problema.
Quedó demostrado: el hambre no formaba parte de la naturaleza humana, era falta de voluntad política. Y si se puede reducir, entonces siempre fue un crimen haberla tolerado.



