Opinión

El hombre que amaba a los perros

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

La narrativa sobre el asesinato de León Trotsky

(El siguiente texto lo elaboré a partir de una entrevista realizada por el canal MSTTVArgentina, al escritor cubano Leonardo Padura, autor de la extraordinaria novela “El hombre que amaba a los perros”)

Cuando te impiden el acceso a la información, te impiden el conocimiento. Eso genera una curiosidad, una expectativa, una necesidad.

Trotsky fue durante muchos años, y todavía lo sigue siendo en Cuba, un personaje desconocido. En la isla, con respecto a Trotsky, se aplicó la misma política que se desarrolló en la Unión Soviética: la política de que Trotsky no había existido y si había existido, lo había hecho para mal.

En la biblioteca nacional había un par de libros de Trotsky, de esas recopilaciones de la editorial Progreso de Moscú de los años setenta; uno se llamaba “Trotsky el traidor”, el otro, “Trotsky el renegado”.

Siempre quedaba la inquietud. Parece extraño pero así como un individuo puede creer sus propias mentiras o esclavizarse a un dogma, una sociedad entera puede ser sometida a los conocimientos dictados desde una oligarquía, más cuando el control de la información tiene características totalitarias.

La primera vez que estuve en México –dice Padura–, en 1989, le pedí a un amigo que me llevara a la casa de Trotsky. Yo tenía la referencia de que había vivido en Coyoacán, muy cerca de Diego Rivera y Frida Kahlo. Sabía que Coyoacán era un lugar remoto. Ciertamente lo era en 1949, cuando fue asesinado Trotsky.

Fuimos a la casa, estaba bastante abandonada, poco visitada, un deterioro más que visible. Pero ahí había algo en la atmosfera que me conmovió profundamente. El hecho de que un hombre que había dirigido multitudes en la revolución de octubre, que había dirigido un ejército gigantesco, que había firmado la paz con Alemania, que ese hombre hubiera terminado en aquel lugar tan apartado y que hasta allí hubiera llegado Stalin para matarlo, fue algo que me conmovió.

Ahí está el origen de la novela.

Sin embargo mi desconocimiento seguía siendo grande, mi acceso a la información seguía siendo muy difícil. Poco a poco me fui enterando de cosas. Sobre todo me enteré de algo que definitivamente me colocó en el camino de escribir la novela, y fue que Ramón Mercader, el asesino de Trotsky había vivido en Cuba durante sus últimos cuatro años, muriendo en 1978.

Creo que aquel fenómeno del ocultamiento de la verdad histórica sobre Trotsky, y el hecho de que Ramón Mercader hubiera vivido en Cuba, fue lo que me fue motivando. Empecé realmente una búsqueda más profunda hasta que supe que tenía material para escribir.

Comencé entonces la investigación propiamente dicha. Fue muy complicada. Estuve investigando cuatro años; en total trabajé cinco años en el libro: dos años de pura investigación y tres años de escritura, pero en esos tres años de escritura dos fueron de leer mucho, toneladas de material, hasta que, ya en el último año, lo dediqué a trabajar solamente sobre el material del libro y corté la investigación. Necesitaba distanciarme del material histórico para centrarme en el material literario.

Escribí la novela pensando en un lector cubano, y en la desinformación que tiene ese lector.

En una ocasión, en una reunión con amigos, uno de ellos, escritor español, me dijo:

–Con esta novela tú tienes un grave problema, Leonardo.

–Dime cuál es, José Manuel.

–Es que en esta historia todos mienten y tú tienes que, entre esas mentiras, encontrar las posibles verdades.

Era cierto. Es imposible encontrar la realidad de los procesos cuando se miente durante tantos años. Pero uno sabe, por intuición y por lógica, que ahí hay verdades que nunca se revelaron.

Un elemento que demuestra esto: la operación de la NKVD (servicio de inteligencia precursor de la KGB) para asesinar a Trotsky, estaba dirigido personalmente por Stalin. Había una línea de mando que partía de Stalin y llegaba al personaje histórico real que dirigía la operación en el terreno, y que fue el que le dio la orden a Ramón Mercader de ejecutar a Trotsky en un momento determinado.

Toda esa línea de mando subía y bajaba información, misma que cuando llegaba a Stalin éste la quemaba. Por eso fue que ni en los juicios de Núremberg, ni después en los archivos de Moscú haya aparecido información importante sobre la preparación del asesinato. (Continuará).

rivonrl@gmail.com

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