Opinión

El horizonte del Vaticano

 

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

La alocución del miércoles de ceniza constituye la primera posdata de Joseph Ratzinger a su carta de dimisión ante los cardenales asistentes al Consistorio del 10 de febrero. Al dibujar a la Iglesia católica como una institución “desfigurada por la hipocresía y las divisiones”, dejó ver que su renuncia al papado está lejos de ser una decisión unipersonal producida por la fatiga corporal. Aunque omitió nombres, habló de las “rivalidades” internas y de “las culpas contra la unidad” de la milenaria institución.

Al oírlo fue inevitable recordar a dos prominentes figuras del catolicismo contemporáneo, en cuyas severas posturas podemos atisbar la encarnizada confrontación que vive el clero católico en esta hora. El primero, Carlo María Martini, cardenal arzobispo de Milán, estuvo en la puja para suceder a Juan Pablo II en 2005, y el segundo, el teólogo Hans Küng, alemán como Ratzinger y antiguo aliado suyo, catedrático emérito de Teología Ecuménica en la Universidad de Tubinga. Ambos son figuras icónicas del sector “progresista” de la institución. Tomaron la palabra en público al agotarse el diálogo interno, y con ello mostraron las fuertes tensiones que naturalmente, y sin que a nadie espante, libra la Iglesia en su seno.

Poco antes de morir, hace cinco meses, Martini advirtió que la institución tiene grandes basílicas pero están vacías, que vive en un atraso de 200 años y está invadida por el miedo que suprime el arrojo y el coraje evangélicos. Ya desde 1999, ante el Sínodo de Obispos Europeos, el jesuita había propuesto la convocatoria a un nuevo concilio para retomar la ruta marcada por las reformas impulsadas durante los pontificados de Juan XXIII y Paulo VI, entre 1962 y 1965.

En abril de 2010, Hans Küng fue más severo al equiparar la crisis actual con la vivida en los días de Lutero, y de plano llamó a todos los obispos católicos del mundo a desobedecer al Papa, urgiéndolos a convocar a un concilio para empujar la reforma que exigen los tiempos que corren. Ahí están, esperando respuesta, sus seis interpelaciones.

La disputa del siglo XX

Negar la audacia de Benedicto XVI al dimitir o negar el descarrilamiento interno son posiciones que adolecen de la misma miopía. Pretender hacerle al intérprete de las palabras del dimitente o querer penetrar en sus últimas e íntimas intenciones es igual de necio. Desviar la mirada y decir que la sucesión de marzo será asunto del Espíritu Santo, es no conceder tantita inteligencia a los católicos que aún quedan en el mundo. De cada siete habitantes del mundo, uno es católico aún.

La institución es un organismo vivo, atravesado por los conflictos y las aspiraciones sociales, y en ella caben igual los hijos de Marcial Maciel que los seguidores de Camilo Torres y Ernesto Cardenal; lo mismo los tzotziles de Samuel Ruiz que los golfistas de Onésimo Zepeda. Lo que está en pugna es la ruta que debe seguir la institución desde su mando central en Roma. A riesgo de esquematizar demasiado, lo que está en pugna es si la cúpula institucional (su discurso y su agenda) debe alinearse con los poderosos, que son unos cuantos, o con los despojados de la tierra, que son aplastante y agraviada mayoría.

Precisamente entre 1962-65, la institución decidió la ruta que tomaría. Para muchos todavía la religión es fuente de horizonte existencial y orientación viva de la conducta cotidiana, y de ahí emana la importancia social de la iglesia. Hay en la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, uno de los 16 documentos del Concilio Vaticano II, suficientes definiciones que dejan fuera cualquier duda.

Al lado de los cambios exteriores, como la celebración de la misa en la lengua vernácula y colocado el celebrante de frente al pueblo, la institución declaró su opción preferencial por los pobres, convalidó el derecho a tomar de lo ajeno lo necesario para sí y avaló el derecho a la rebelión ante las tiranías, entre muchas otras audaces definiciones. Inspirados en esta línea, en actos que algunos califican como de sobrevivencia ante el empobrecimiento del mundo y la pérdida de feligresía, no pocos sacerdotes abrazaron la militancia en las armas, incluso, para derribar dictaduras, como la que encarnó Anastasio Somoza en Nicaragua, por poner un ejemplo.

Este impulso duró poco y pronto se metió freno y luego reversa. En 1978, a la muerte de Paulo VI, fue electo Albino Luciani, que bajo el nombre de Juan Pablo I pasó apenas 33 días al frente de la institución. Más allá de las incógnitas que envuelven su muerte, y que nunca serán despejadas, este Papa meditaba tres temas espinosos para el futuro de la Iglesia: la disciplina de los clérigos, la doctrina sobre la moral sexual y el quemante tema del dinero.

Lo cierto es que tras ese efímero pontificado brilló alto la estrella mediática de Juan Pablo II, que revitalizó a la institución y le recuperó interlocución con los gobiernos del mundo.

Sin embargo, al mandar aquellos temas al sótano, sólo consiguió aplazar el drama que el tiempo dispuso estallara, de modo inmisericorde, en el rostro abatido de Ratzinger. El escándalo planetario de la pederastia es apenas la parte más penosa del embrollo.

¿A quién le habla la Iglesia?

Para ponerse al día, la institución no requiere oír a sociólogos y mucho menos a detractores o a tuiteros burlones que hacen de expertos y asesores gratuitos. Le bastaría con oírse a sí misma. Suficiente sería con tomar el pulso a los jóvenes. Cuando Martini y Küng cuestionaron severamente a Ratzinger querían salvar a la Iglesia de la hecatombe.

En su última intervención pública antes de morir, en agosto pasado, el cardenal arzobispo de Milán deslizó con claridad uno de los ejes de la reforma que viene (si la institución no quiere sucumbir a esta hora): “Cabe preguntarse si la gente escucha todavía los consejos de la Iglesia en materia sexual. En este campo, ¿la Iglesia es todavía una autoridad de referencia o sólo una caricatura de los medios?”

Para responder, pongamos los ojos en México. Tan sólo en los últimos 10 años, la tasa de jóvenes no creyentes se duplicó: pasó de cuatro a ocho por ciento; la tasa de uniones libres se duplicó (saltó de siete a 14 por ciento); también se duplicó la tasa de divorcios (de 7.4 a 13.9 por ciento), bajó el número de casamientos (de 46 a 40 por ciento) y el uso de anticonceptivos registró incremento (70 por ciento de jóvenes de 15 a 19 años los utilizaron en su primera relación sexual). Si no fuera suficiente, más de la mitad de los jóvenes tuvieron su primera relación sexual con su novia, un tercio con una amiga y los restantes recurrieron al sexoservicio. Si tampoco fuera suficiente, un estudio elaborado por el Gobierno Federal panista en 2005 mostró que entre los muchachos mexicanos, la mitad no creen en el demonio; 40 de cada cien no creen en el infierno, en tanto que del pecado y los milagros se ríe la cuarta parte de ellos.

Si no quiere sucumbir en esta hora, necesita la institución reanudar su diálogo con el mundo, el que interrumpió en 1978, y reconciliarse con su sexualidad. Meditar sobre las razones de su obsesión por el sexo propio y el ajeno. Al modo quizá de Lemercier en la Cuernavaca de don Sergio Méndez Arceo, no estaría mal un formidable psicoanálisis eclesial. Y al replantear su discurso y su acción, la Iglesia encararía con naturalidad y humildad su condición humana, escuchando por supuesto al cardenal Martini, que en sus Coloquios nocturnos en Jerusalén puso el índice sin dudarlo un segundo: es hora de retirar la prohibición del celibato sacerdotal, otorgar la ordenación sacerdotal a mujeres y a hombres casados; además de, por supuesto, reivindicar la homosexualidad y el divorcio, y aceptar la eutanasia.

En el punto de inflexión

Todo lo dicho no pende de la voluntad de un Papa, por supuesto. Del mismo modo en que el carácter solitario de la renuncia es apenas una alegoría, la decisión de ocuparse de esos temas no es asunto de un Papa solitario asistido por el Espíritu Santo. Ahí está planteada una revuelta del tamaño del planeta. Martini y Küng le han leído el Evangelio al Papa y a los obispos. ¿Qué van a decidir los cardenales en el cónclave que viene?

Es cierto: la mitad de los cardenales electores fueron nombrados por Ratzinger y la otra mitad lo fueron por su antecesor, que tuvo siempre a Ratzinger a su diestra. ¿Será imposible llevar a la institución ante el espejo para que, según palabras del estimado Jaime Septién, se reconozca en su “rostro sucio”?

Mater et magistra, madre y maestra del poder político en Occidente, no descarto que entre los casi 120 cardenales electores se estén tejiendo ahora mismo las alianzas necesarias para impedir el naufragio. Tampoco descarto que la primera señal exterior de esa determinación sea la elección de un cardenal venido de la periferia, pues Europa ya no representa al mundo católico, e Italia menos. Ante un acto histórico como la dimisión que estamos presenciando, ¿habrá la sinceridad necesaria para dar una respuesta colegiada del mismo talante, es decir, histórica?

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