Opinión

El México que viene y el México que se va

Por: Daniel Muñoz Vega

El México que viene y el México que se va son exactamente lo mismo. Felipe Calderón alista sus maletas. Se va tranquilo, parece ser tan cínico que se le esconde a su propia conciencia, por lo menos eso aparenta; su tranquilidad radica en haber operado exitosamente la transición para que el PRI regresara, y con ello, ha garantizado su impunidad. Sería imposible pensar que Calderón se va tranquilo por los resultados obtenidos como Presidente, más que haya perdido el sentido de la realidad y él así lo crea. Calderón es nuestro Bush, se va sin apagar el incendio que provocó. Se va pero antes pactó con el PRI; utilizó a las instituciones del Estado para validar el triunfo del tricolor, un triunfo lleno de irregularidades, soportado por las televisoras, validado igualmente por los demás poderes económicos, pasando por arriba de la Constitución.

El México que viene y el México que se va, ambos mediáticamente construidos fuera del verdadero ideal democrático; el México de Calderón y el próximo México de la era Peña Nieto, son de horario triple A. Son tan iguales en las formas que no debemos esperar un cambio de raíz en la realidad política y social mexicana; a lo que podemos aspirar es a la continuidad en el modelo económico que a nivel mundial no termina por fracasar. Con Peña podemos aspirar a una contradicción en la estrategia de seguridad: mientras Calderón simuló atacar al narco mediante la guerra frontal, quizá Peña opte por la negociación con los grupos criminales. Los 65 mil muertos del calderonismo, parece que irán a la fosa común del olvido.

El México que viene y el México que se va, es igual al México que se había ido en el año 2000 y que paradójicamente, es el mismo que se instauró en la era foxista. Una paradoja que pareciera ser compleja pero que se explica con el sencillo argumento de que México, hace 12 años, no cambió y que hoy, ante la resignación de un pueblo a no querer cambiar, regresó al PRI a Los Pinos. El México de Peña será el México de la represión policiaca, de la falta de libertad de expresión, de la corrupción exorbitante, como lo es el México que nos deja Calderón.

El México que viene y el México que se va; el que llega, amenaza con apoyar las reformas que impulsa la oligarquía mexicana, mismas que en la era panista se negó a impulsar pero que ahora siendo poder, pretende sacar adelante. Las reformas del calderonismo, son las reformas del peñanietismo, las reformas de la oligarquía, el mismo proyecto político, económico y social impulsado por un diferente partido político. En el México de Peña, se consolidará el PRIAN, aquel experimento político que al salinismo le ayudó a construir su falso primer mundo y que con Zedillo aprobó el Fobaproa. El PRIAN que se repartirá el pastel, que servirá a los mismos amos y señores de México.

El México que viene pretenderá acorralar a la izquierda mexicana. El peñanietismo, pretenderá infiltrarse dentro de la izquierda para tener una izquierda dócil, como lo hizo Calderón por medio del proyecto de nueva izquierda impulsado por Jesús Ortega. El objetivo del peñanietismo, será mantener una izquierda rijosa, dividida, problemática. Su piedrita en el zapato será el incansable y legítimamente terco López Obrador. Marcelo Ebrard tendrá que comenzar a construir un proyecto tan diferente y tan opositor a Peña como lo ha sido el proyecto de López Obrador, si Ebrard busca llegar al poder por medio de la negociación con los de arriba, con los que siempre mandan, mejor que no llegue. La izquierda tendrá que blindarse para no ser comparsa del proyecto entreguista y antidemocrático de EPN. Ebrard tiene el legítimo derecho de construir su proyecto, con la obligación de ser una verdadera izquierda opositora.

El México que viene y el México que se va. Ambos simuladamente democráticos. Ambos sometidos a los poderes fácticos. Ambos neoliberales. Ambos emanados de la ilegitimidad. Lo peor de la clase política se ha dividido en esos dos México. El México de Calderón y el México de Peña, demuestran la debilidad de nuestra democracia.

Felipe Calderón se va por la puerta de atrás, de la misma forma como hace seis años llegó a su toma de posesión. Peña será puesto ahí, en la silla, con los hilos bien amarrados a sus pies y a sus manos para que el titiritero no tenga problema en manejarlo, el problema no está abajo con el muñeco Presidente, el problema está arriba, cuando los poderes fácticos quieran manejar, todos a la vez, los palitos de madera para hacer mover al títere. Ahí es donde empresarios, clero, televisoras, crimen organizado y sindicatos disputarán el verdadero poder.

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