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El mito bicentenario de la lucha de clases (y sus herederos ilustrados)

Prepárate para un dato que ampliará tu reserva de sabiduría: en el lenguaje de los neurotransmisores y las sinapsis, un seguidor acérrimo de Marx y un racista furibundo resultan gemelos idénticos. Ambos comparten circuitos rígidos donde la dopamina premia la certeza instantánea y castiga la duda responsable. Si el primero grita “¡opresores!”, el segundo ruge “¡invasores!”; ambos lo hacen con la misma seguridad neuroquímica y el mismo desdén por la ambigüedad.

Durante casi dos siglos —pongamos desde 1848— hemos vivido bajo la fascinación de una narrativa que promete dividir el mundo en dos bandos definitivos: explotadores y explotados, dominantes y subalternos. Esta historia, a la que Marx y Engels dieron forma brillante, fue adoptada y transformada por mil vertientes posteriores: el estructuralismo marxista, la teoría crítica, el feminismo interseccional, los estudios decoloniales, el ecologismo radical, el antiespecismo con dialéctica y el más reciente culto a la identidad como campo de batalla. La lucha de clases mutó, se ramificó y se doctoró.

Pero lo que casi nunca se revisa es el combustible emocional que sostiene a estas teorías: la necesidad de certeza. Y la certeza, en términos neuronales, es adictiva. La verdadera batalla no se libra en la calle, en la academia, en los juzgados, menos en el foro social mundial. Se libra en el sistema límbico, ese teatro biológico donde la dopamina actúa como directora de escena premiando las ideas claras y castigando las preguntas difíciles. No es la dialéctica la que ordena el mundo, sino una química volátil que aborrece el gris.

A un lado están los devotos del pensamiento veloz, ahora armados con conceptos como “patriarcado extractivista”, “blanquitud epistémica” o “colonialidad del saber”. Les basta un término para juzgar el mundo. Cada palabra se vuelve un atajo moral, una consigna portátil. Su cerebro trabaja al compás del reflejo: la duda es traición, el matiz es complicidad, la espera es violencia pasiva. Se autocelebran con likes y cancelaciones, orquestan asambleas digitales de una sola voz.

Del otro lado —menos estridente, más impopular— habitan los artesanos del pensamiento pausado. Personas que, en lugar de adherirse a la última consigna, prefieren quedarse en el umbral de la pregunta. Que dudan, incluso, de sus propias certezas. Que pueden leer a Marx sin tatuárselo, y reconocer la desigualdad sin convertirla en un dogma de salvación. La dopamina, aquí, se dosifica: no falta pasión, ni sobra cautela. Estos no exigen revolución cada semana: piden comprensión.

Leor Zmigrod ya nos advirtió: la rigidez ideológica no es solo cultural, también es genética. Se acentúa con la exclusión social, pero se amuebla en casa con frases heredadas, bibliografía canónica y hashtags bien intencionados. Las plataformas digitales funcionan como estufas de baja presión: calientan el enojo y sirven dogmas recalentados. Todo cabe en un hilo, sabiéndolo cancelar.

Mientras tanto, los defensores del pensamiento lento izan la bandera menos sexy de todas: la humildad epistémica. Como recordaba Daniel Kahneman, nuestra mente opera en dos modos: uno rápido y reactivo, el otro lento y deliberativo. Ambos son necesarios, pero su equilibrio es inestable. Y cuando el primero devora al segundo, lo que aparece no es revolución sino furia impaciente, una política de reacción disfrazada de vanguardia.

Así que tal vez la historia humana no sea una gesta de clases ni una coreografía de identidades en pugna, sino una tragedia neurocognitiva: una lucha silenciosa entre dopamina y prudencia. No hay clase social, ni intersección, que nos salve del vértigo de lo inmediato. Y si alguna esperanza queda, quizás no esté en los manifiestos, sino en quienes, aún hoy, se atreven a decir: “no lo sé… déjame pensarlo”.

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