Opinión

El Monje y el Filósofo

Punto y seguido

Por:Ricardo Rivón Lazcano

La muerte representa la última e inevitable destrucción de aquello a lo que más aferrados vivimos: nosotros mismos.

Los límites de la cultura científica en la sociedad mundial están marcados por el hecho de que todo el mundo tiene la posibilidad de beneficiarse de ella, pero muy pocos participan. Sólo una pequeña minoría sabe cómo funciona el universo, la materia, la vida. Sin embargo, millones de personas toman cada día aspirinas sin saber por qué la aspirina actúa sobre sus malestares y sin saber que, a la larga, puede provocar otros.

Millones de personas utilizan dispositivos tecnológicos sin tener la más remota idea del electromagnetismo, de las leyes del sonido, etc.

Es completamente falso que la humanidad viva en la era científica: vive paralelamente en la era científica.

Hay quien se dice científico porque domina ciertos saberes disciplinarios, pero en territorios de otras ciencias es un analfabeto total.

Un analfabeto, funcional o total, puede beneficiarse de todos los logros de la ciencia y la tecnología, exactamente igual que un gran sabio.

Si la mayor parte de la población no participa desde dentro en el pensamiento científico ¿qué le queda?, le queda la religión, la pseudociencia, la charlatanería, las utopías políticas.

En forma alarmante, la religión está dejando vacíos tremendos y las utopías se han hundido en la sangre y el ridículo.

La separación entre el mundo de las ideas y el del ser es tan grande que quienes promulgan ideas no se ven compelidos a convertirse en la ilustración viviente de esas ideas.

El principal atractivo del sabio es ser la ilustración en carne y hueso de la perfección que enseña. El fracaso consiste, entonces, en el hecho de que las ideas giran en el vacío, sin tener ninguna repercusión en la persona que las emite.

Se puede estar indignado y manifestarse en contra de la desigualdad, la explotación y la pobreza, y al mismo tiempo hacer lo indecible para disponer de ingresos económicos y comodidades propias de las clases pudientes.

Se puede condenar la mentira y mentir cínicamente sin ningún costo psicológico o emocional. Se puede adquirir compromisos y luego no cumplirlos arropándose en argumentos banales.

Se puede hablar de pluralidad, empatía, y apuñalar con la mentira y el rumor que destruye.

La plaga esencial de la civilización es la discordancia, la contradicción entre las proezas intelectuales o artísticas que pueda realizar un individuo, frente a la pobreza frecuente de su vida moral o incluso de su moral a secas.

En cuanto a los sistemas políticos, nadie, salvo los interesados en que los valores democráticos sean vilipendiados, discute que en nuestra época es el sistema político más sano. Pero la democracia es un poco como si fuera una casa vacía… Hay que saber lo que los inquilinos harán con ella: ¿van a mantenerla, a embellecerla o a dejar que se vaya cayendo poco a poco?

La democracia es una gran construcción impermanente.

Hay un altruismo selectivo, es el que acostumbra cobrar favores.

El objetivo de todo el que se consagre a la vida política y social no debería ser ganarse elogios y el reconocimiento de los demás, sino tratar de mejorar sinceramente su situación (de los demás).

Hace falta una larga conversación que enfrente maneras distintas de vivir y de interpretar la vida. La clave está en la conversación.

Culpar sistemáticamente a los demás por nuestros padecimientos y ver en ellos a los únicos responsables de nuestros sufrimientos equivale a garantizarnos una vida miserable.

Sólo el Ego tiene el descaro de afirmar: “Tu felicidad sólo es posible a través de la mía

El Monje y el Filósofo es un libro escrito por Jean-Francois Revel y Matthieu Ricard. Un diálogo filosófico editado por Urano en 1998. Sus autores son padre e hijo. El padre, Jean Francois Revel (1924-2006), filósofo y periodista francés, autor prolífico; el monje es su hijo, Matthieu Ricard, Biólogo molecular devenido en lama tibetano.

@rivonrl

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