Opinión

El mosquito que se cree mariposa

La teoría del caos, con su célebre “efecto mariposa”, ha servido para explicar cómo pequeñas variaciones pueden desencadenar tormentas en sistemas dinámicos. Brian Klaas lo recordó: un redondeo en un cálculo meteorológico cambió toda una simulación; un vendedor en Túnez que se prendió fuego desencadenó la Primavera Árabe; una nube sobre Kokura redirigió la bomba atómica a Nagasaki. De ahí se deriva la idea seductora de que cada gesto humano puede importar más de lo que creemos.

Seductora, sí, pero también ingenua. Porque, aunque el caos sea parte constitutiva del universo, no todo aleteo de mariposa acaba en huracán. La física distingue entre sistemas sensibles y sistemas amortiguados: algunos magnifican el ruido, otros lo absorben sin consecuencias. Lo mismo ocurre con las sociedades.

Aquí entra el ejemplo incómodo: en una conferencia sobre derechos humanos, un joven irrumpe con cartulinas en favor de Gaza. Boicotea la sesión, recibe aplausos tibios y abucheos discretos, se retira satisfecho. Al día siguiente, si alguien lo critica, adopta con rapidez el papel de víctima y consigue doble premio: interrumpió y además “lo reprimieron”. He ahí un gesto que, bajo la retórica del caos, podría parecer inicio de una revolución. Pero seamos claros: más que mariposa que provoca tormenta, es mosquito que zumbó en el auditorio. Y no siempre vale la pena despertar un huracán por un mosquito.

El problema es que confundimos performatividad con transformación. Que algo interrumpa el flujo normal de un evento no significa que modifique estructuras profundas. Un video viral puede hacer sentir importante a su protagonista, pero no altera los sistemas de poder ni cambia el curso de una guerra. En palabras de Silvio Rodríguez, en “Causas y Azares”, la vida no se mueve por una lógica controlada sino por una sucesión de azares que, al acumularse, dan lugar a causas inesperadas. El trovador lo intuyó: “la causa de tanto azar” no está en el gesto heroico individual, sino en cómo el azar se entrelaza con condiciones ya tensas.

El caos social funciona con esas reglas. Un vendedor en Túnez encendió una mecha porque su entorno estaba saturado de pólvora: desigualdad, autoritarismo, hartazgo popular. La nube sobre Kokura cambió el curso de la historia porque había bombarderos en el aire con órdenes precisas. Sin sistemas tensos, las mariposas no vuelan lejos. Lo demás son teatrillos de cartulina.

Pero vivimos en tiempos donde la satisfacción del yo importa más que la eficacia colectiva. El joven que boicotea la conferencia logra su microtragedia personal, y se marcha convencido de haber “hecho historia”. Es, en términos irónicos, la caricatura de “Causas y Azares”: no es el azar tejiendo causas, sino el ego disfrazando una ocurrencia de historia.

¿Deberíamos entonces renunciar a la mariposa? No. La lección es más sobria: el caos real existe, pero no está a disposición de nuestros caprichos. Las acciones humanas pueden amplificarse hasta cambiar el curso de la historia, sí, pero solo si se insertan en sistemas sociales propicios. Lo demás es narcisismo político con hashtag.

El riesgo es claro: si seguimos creyendo que cada cartulina es mariposa, terminaremos con un activismo reducido a selfiesdisruptivos, satisfecho con incomodar cinco minutos y reforzado por la crítica que le permite sentirse víctima. El caos, mientras tanto, seguirá operando en otro plano, donde el azar, la contingencia y las estructuras profundas deciden si el gesto se convierte en tormenta o en simple zumbido.

La ironía última es que esta confusión nos devuelve al mismo punto: no controlamos casi nada, pero influimos en todo. El detalle está en reconocer que no toda influencia se traduce en cambio. Algunas mariposas terminan estampadas contra el parabrisas de la realidad.

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