Opinión

El muerto incómodo

Por: Omar Arcega E.

twitter.com/Luz_Azul

Hace un mes, la presidenta del comité directivo estatal del PRI en Veracruz develó una placa en honor de “Luis Don Aldo Colosio”, acción que le valió la burla de «facebuqueros», «tuiteros» y de sus propios correligionarios. Este hecho se convierte en una metáfora excelente de la relación entre el PRI y la figura del fallido candidato presidencial: el tricolor venera la figura del delfín salinista pero desconoce sus ideales, es una ignorancia buscada, deseada y fomentada.

Las afrentas

Y es que no podía ser para menos, las relaciones entre el PRI y Colosio siempre fueron tensas. En 1985 fue diputado federal, su papel era representar los intereses del grupo salinista en la cámara baja, los cuales muchas veces eran adversos a los líderes corporativistas. Después, como dirigente, le tocó aceptar la primera pérdida de una gubernatura y entregarla al panismo, acto por el cual los grupos más duros del priismo lo señalaron como traidor. Pero la afrenta más grande que pudo haber cometido fue buscar la reforma del partido tricolor. Las ideas de Colosio atacaban uno de los centros articuladores del PRI: el corporativismo.

Proponía un partido donde los pilares tradicionales: CTM, CNC, CNOP, tuvieran un menor peso y se abriera la posibilidad para que ciudadanos y movimientos sociales se afiliaran; impulsó que la elección de candidatos fuera por voto secreto de los militantes, experimento que llevó a cabo en diversos estados, entre ellos Colima. A través de lo que llamó “Movimiento Territorial”, dirigido por la política queretana Silvia Hernández, promovió la ciudadanización de las organizaciones internas del PRI; pretendía que líderes de comités, colonias y “nuevos liderazgos” populares se insertarán en el tricolor. En otro momento del salinismo, se esforzó por vincular los comités del programa Solidaridad al PRI con la intensión de generar mayor capital político. Como parte de su idea de modernización, impulsó una serie de reformas a la ley del Infonavit para que los líderes sindicales no pudieran ser beneficiados con contratos de construcción y para que el acceso al crédito hipotecario no fuera mediado por los líderes de la CTM. Finalmente, intentó cambiar la base ideológica del PRI, sustituyendo la “Justicia social” por el “liberalismo social”.

Todo esto generó enormes tensiones al interior del tricolor, pues afectaba los intereses de los líderes tradicionales. Con la elección de candidatos por parte de militantes rompía los pactos de cuotas entre los sectores corporativos, hecho por el que la propuesta terminó naufragando. De igual manera, el “Movimiento territorial” y la vinculación a los comités de Solidaridad arrebataban espacios a la CTM y a la CNC.

El ídolo

Con estos antecedentes, su candidatura a la presidencia no fue bien vista por diversos sectores, pero eran otros tiempos y se acataba lo que el titular del Poder Ejecutivo decía. Vino la muerte de Colosio y pasó de ser considerado un tecnócrata arribista a un priista preclaro e iluminado. Pero como suele ser en estos casos, el priismo ha ensalzado su figura pero se ha olvidado de sus ideas. Han transformado a Colosio en un héroe, cuando en algún momento se le repudió; lo han elevado al Olimpo de los políticos pero han sepultado la visión que tenía sobre su partido. El Colosio que interesa al PRI es el del mártir; carente de ídolos, con sus expresidentes manchados por la corrupción o la torpeza, necesita la figura de pureza que un asesinado tiene, y es que casi siempre se asocia víctima con inocencia.

Al PRI no le interesa el pensamiento colosista. Es más, lo repudia, pues va contra su propia esencia, esa cultura política nacida de un presidencialismo omnipresente y de un control social a través del corporativismo del Estado, donde el poder no entraba en la lógica democrática, sino en la del reparto copular y gansteril.

Hoy estamos lejos del PRI que tenía en mente Colosio. El corporativismo de Estado que lo ha caracterizado está más vivo que nunca, el sistema de reparto de cuotas de poder entre la CNC, la CTM y la CNOP se ha reivindicado, la democracia interna es una experiencia que no se quiere recordar y la idea de un partido ciudadanizado se ha cerrado para siempre. Ese partido del siglo XXI que ambicionaba Luis Donaldo está muerto, ha regresado a su estado natural: vivir bajo la sombra del presidente.

A Colosio le han hecho estatuas, auditorios, salones de usos múltiples, una fundación y retórica edulcorada, pero no vida partidista, ni propuestas innovadoras. El PRI ha optado por anclarse en sus acciones y recetas de siempre. Los programas sociales ya están funcionando como agencias de compra y venta de votos, el autoritarismo ha vuelto a echar raíces. Pero la sociedad ya es otra, la apertura democrática plantea nuevos retos. En este contexto, el pensamiento colosista cobra actualidad, pero al PRI no le interesan las ideas, sino el mártir.

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