Opinión

El PAN en sus 75

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Si el Partido Acción Nacional fuera obispo, este año tendría que estar presentando su dimisión ante el Papa, y se estaría preparando para retirarse a una vida de penitencia. Pero como no es obispo, llega el PAN a sus 75 años en un momento estelar: ejerciendo desde el Poder Legislativo una suerte de cogobierno, “bailando de cachetito con el PRI”, como lo dijo, en tono jocoso, Juan José Rodríguez Pratts, una voz notable del panismo crítico. Dicho por él mismo, llega el PAN a sus 75 hundido en “la peor crisis de su historia” y dirigido por una auténtica “pandilla”.

La etapa primitiva de este partido fue una larga y penosa travesía por el desierto, como lo define la investigadora Soledad Loaeza. Fueron años de apostolado, literalmente, años de actividad pastoral, cuesta arriba, incluso de persecución política. En 1976, en el contexto de fuerte división interna, no registró candidato a la presidencia de la República. (Aunque parezca insólito, oficialmente hubo un solo candidato: José López Portillo, y habría bastado con el voto de su madre, doña Cuquita, para que ocupara la presidencia. Obtuvo 92 por ciento de los votos y los otros ocho puntos se repartieron entre votos nulos y candidatos no registrados. No hay que olvidar que, aunque sin registro legal, también hizo campaña el candidato del Partido Comunista, Valentín Campa. En realidad, este cuadro era un síntoma de agotamiento del sistema político y fue el prólogo de la reforma de 1977, que integró a las distintas oposiciones, tanto que a la siguiente elección presidencial se presentó casi una decena de contendientes).

De los años 80, en Querétaro, recuerdo dos figuras emblemáticas del panismo que venía empujando penosamente: doña Consuelo y Rosita Mejía, madre e hija, que vivían para el PAN, encarnaban al PAN, sufrían burlas por su “vocación de perdedoras”, rogaban que les prestaran actas de nacimiento para registrar candidaturas. Su final fue dramático, las dos murieron conociendo las anchas espaldas de su partido.

A partir de 1989 vimos cómo Acción Nacional empezó a ganar. Entre 1989 y este día gobierna o ha gobernado 17 estados de la República, más de la mitad, y durante 12 años ejerció la presidencia de la República. En las diez elecciones presidenciales que ha participado, su rango de votación ha oscilado entre 7 y 42 por ciento. En las siete primeras elecciones, su comportamiento fue de incremento constante, hasta alcanzar su máximo en 2000. Las dos siguientes elecciones fueron de pérdida pronunciada, tanto que en 2012, su candidata presidencial quedó por debajo del candidato de la izquierda. En Querétaro también gobernó dos períodos al hilo, de 1997 a 2012. Y la presidencia municipal la conservó durante cinco trienios. Lo cierto es que el PAN continúa siendo la segunda fuerza electoral en el país.

Si su fundación ocurrió en la convención del 14 al 17 de septiembre de 1939, en Querétaro se organizó a la vuelta del año, en el contexto de una elección presidencial disputada por tres militares, y de la que salió electo Manuel Ávila Camacho. El panismo local apoyó al general disidente Juan Andrew Almazán. A pesar de la nutrida multitud que reunió en el exterior del templo de La Cruz, la verdad oficial dice que de cada 100 votos emitidos, nada más y nada menos que 99 fueron para Ávila Camacho. A los curiosos y amantes de la crueldad puede interesarles el dato absoluto: de los 27 mil 548 votos emitidos, 27 mil 205 fueron para el ganador y apenas 322 para Almazán.

Por cierto, todavía viven algunos que evocan el mitin del Domingo de Ramos de 1940 como uno de los dolores de parto, casi el mito fundacional del PAN en Querétaro. El mitin tuvo lugar a dos cuadras del Teatro de la República, donde las fuerzas vivas revolucionarias celebraban el segundo aniversario de la expropiación petrolera. Como era previsible, el mitin fue disuelto a pedradas y balazos. No hubo muertos pero sí 14 detenidos, entre los que figuraron Manuel Herrera y Lasso, Rafael Gamba, Carlos Septién García, Luis Quijano, Abraham Ugalde y Augusto Larrondo, todos ellos pertenecientes a familias queretanas bien alimentadas. Permanecieron en prisión algunos días y para su liberación contaron con abogados de alcurnia: Fernando Díaz Ramírez, el primer rector de nuestra Universidad, y el mismísimo Manuel Gómez Morín, que ya había sido rector de la UNAM. Los acusaron de injuriar al presidente de la República, de incitar a la rebelión armada y de haber calumniado a Benito Juárez. Y como suele ocurrir, el gobernador de la época, Noradino Rubio, alegó que los opositores deberían agradecer su paternal protección, pues hubo que mandarles a la policía para evitar que “el pueblo indignado” los agrediera.

Y si como regalo de aniversario Rodríguez Pratts acusó al presidente nacional del PAN de encabezar una auténtica pandilla que ha hundido a su partido en la crisis más aguda de su historia, Gustavo Madero se vio obligado a admitir que en su partido hay corrupción y un poco de eso que llamó “comportamientos licenciosos”. Discrepancias aparte, y haya o no razón en eso de que la prensa es partícipe de una “guerra de narrativas” para alejarle simpatizantes, lo cierto es que el PAN ha olvidado las rasgos nobles y rescatables de su origen como contrapeso del autoritarismo; lo cierto es que su papel en la aprobación de la reforma energética y su cíclico retorno al seno materno del presidencialismo institucionalizado, con el que espiritualmente comulga, le ha acarreado las más fundadas sospechas.

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