Opinión

El Papa y el país de las maravillas

En este país sembrar esperanza se ha convertido en una burla, sea generada por la iglesia, por el gobierno, por cualquier otra institución. La visita de estado queda explicada en el discurso, pero los fieles se desbordan.

Por: Daniel Muñoz Vega

El Papa Francisco aterrizó en el país el viernes 12, por la noche. En el centro de la Ciudad de México fueron colocadas pantallas gigantes para que la gente siguiera su arribo. Muchos estaban al rededor de ellas cuando el Papa apareció de pie en la puerta del avión. La toma enfocó al presidente acompañado de su esposa; en los labios de ella se alcanza a leer —¡Qué emoción, qué emoción! —al ver la figura del Papa momentos antes de descender de la aeronave. 

El Zócalo se encuentra cerrado por motivo de la visita. Todo está listo para el día siguiente. La catedral de la Ciudad de México hace sonar sus campanas por la llegada del pontífice; el sonido del metal anuncia el júbilo exactamente ahí, donde los conquistadores sometieron a los aztecas en 1521. La fe fue impuesta a base de sangre. La majestuosidad de la catedral luce junto a las ruinas del templo mayor. Una cultura subyace al catolicismo: las campanadas se escuchan desde el siglo XVI; éstas han borrado la memoria colectiva, la de un pueblo que se acostumbró a arrodillarse, a agacharse, no sólo ante los dioses judeocristianos, sino también ante los falsos dioses del poder. Es por medio del culto al verdugo que trato de entender el pasado y presente de México.

A la mayoría de mexicanos no les gusta el estado laico. El Papa vino disfrazado de marioneta. Su carismática imagen fue aprovechada por la comunicación social de los gobiernos y para pintar aún más de rosa, esa lastimosa visión que tienen las clases dominantes del país. El Papa fue un lindo capricho de nuestros políticos. Confesor «first class» de nuestros gobernantes, que le besan la mano para transmitir la imagen devota e impoluta a todo un pueblo incapaz de generar un cuestionamiento sobre el contexto en el que el pontífice pisa suelo mexicano.

Francisco es un Papa que los feligreses quisieran que fuera un revolucionario; no tanto, claro; un transformador que pinte a la iglesia con poquita austeridad, poquita tolerancia, poquita apertura, poquita autocrítica, poquito de todo; siempre consientes que los cambios de fondo son cosas del diablo. Francisco entiende la dinámica del mundo, lo importante es parecer, no hacer. En este país sembrar esperanza se ha convertido en una burla, sea generada por la iglesia, por el gobierno, por cualquier otra institución. La visita de estado queda explicada en el discurso, pero los fieles se desbordan. El papa no puede recibir a las víctimas de la violencia pero si puede cenar con los victimarios. Preferimos la esperanza protocolaria de un discurso hueco a hablar de la realidad.  Los fieles prefieren escuchar a Anahí y Julión Álvarez cantándole al Papa, antes que su visita se politice con los problemas del país. La fiesta no se puede manchar con la insultante realidad; siempre es mejor decorar las formas, exagerar las emociones, hablar del futuro prometedor; siempre es mejor que el Papa se comporte como coach empresarial.

El Papa entiende lo que le pasa a México. Esa predilección que tiene con los pobres emana desde la caridad y no desde la razón. México es un país empobrecido que bajo su visión, será rescatado por la virgen María cuando ella se digne a mirarnos, no importa que esté gobernado por una bola de canallas. Al final de cuentas, los tiempos de Dios son perfectos, dicen algunos para explicar el desastre en que se vive. El Papa revolucionario dijo un discursito muy ad hoc de la clase política, ellos mismos son los que enarbolan el tema de la corrupción como un lastre nacional, no había porque espantarse ante las palabras de Francisco, al contrario, les hizo el juego. La retórica del Papa no fue ni dura, ni directa, ni con sentido de transformación; la única intención era la de cumplir con una visita de estado donde no se lastimaran las relaciones entre México y el Vaticano.

Francisco cerró su visita tratando de quedar bien con todos los grupos políticos de México. En Chiapas reivindicó el uso de las lenguas indígenas y reivindicó la figura de Samuel Ruiz, teólogo de la liberación y defensor de las minorías indígenas, y me permito citar a Rafael Vázquez quien escribe “Es fácil para Francisco presentar respeto a un muerto que no puede interpelar o señalar culpables, y a la par, ignorar a verdaderos representantes de la fe que están trabajando con los pobres y marginados”, como el sacerdote en funciones Alejandro Solalinde, defensor del respeto y la dignidad de los migrantes.

 

 

 

{loadposition FBComm}

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba