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El pasado: villano de planta y empleado del mes

En la política mexicana contemporánea, el pasado no es historia: es “personal de apoyo”. Está siempre disponible, no cobra horas extra y nunca pide derecho de réplica. Si algo sale mal, se le llama. Si algo no avanza, se le señala. Si no hay explicación, se le invoca. El pasado cumple, disciplinado, su jornada completa.

La escena es conocida. Micrófono, gesto grave, pausa dramática. “Ustedes saben cómo estaba el país”. No hace falta más. El público ya conoce el guion. El pasado entra en escena como un villano genérico: corrupto, saqueador, insensible. No tiene rostro preciso, pero tiene todos los pecados. Es el antagonista perfecto porque no estorba.

Con ese personaje bien colocado, el presente puede relajarse. No necesita demostrar eficacia, solo ocupar la posición correcta. Gobernar consiste en no parecerse al enemigo histórico. Si algo falla, no es incompetencia, es por la herencia que nos dejaron. Si algo se estanca, no es mala decisión, es daño acumulado. El pasado explica todo y absuelve al héroe que lo señala.

Este uso del pasado no busca convencer al adversario, sino mantener alineados a los propios. Funciona como una clave de reconocimiento. Quien asiente, pertenece. Quien pregunta demasiado es porque no entiende el proceso y habrá que reeducarlo. Así, la discusión se reordena sin necesidad de censura, basta con desacreditar moralmente al que ya no manda.

La política se vuelve entonces una coreografía repetida. Señalar atrás, asentir adelante. El pasado recibe la carga moral; el presente administra la emoción. No importa que las prácticas sigan, que los estilos se reciclen o que los viejos vicios aprendan nuevas palabras. Mientras el villano esté claro, la escena se sostiene.

El problema es que esta obra lleva ya varias temporadas. Y el público empieza a mostrar signos de fatiga. El gesto solemne ya no conmueve; la denuncia ritual ya no sorprende. El pasado, tantas veces convocado, pierde fuerza dramática. De villano temible pasa a ser recurso cansado. Pero sigue en cartelera porque no hay sustituto.

Reconocer que el presente ya es presente -y no prólogo eterno- implicaría cambiar el libreto. Implicaría aceptar que las decisiones son propias, que las continuidades existen y que no todo se explica con el desastre heredado. Pero eso sería peligroso, rompería la escena, redistribuiría responsabilidades y obligaría a rendir cuentas sin coartada.

Por eso el régimen no deja que el pasado se jubile. Se le mantiene activo, aunque esté desgastado. Se le culpa de lo que está ocurriendo. Se le pide explicar retrasos, errores y contradicciones. Es un pasado multifacético, adaptable, siempre culpable. Un pasado a la mexicana: útil hasta el agotamiento.

Pero el tiempo es ingrato. Llega un momento en que el retrovisor ya no alcanza para justificar el camino. El presente empieza a parecerse demasiado a aquello que denuncia. Y entonces el truco se vuelve evidente: no se gobierna mirando atrás por memoria, sino por miedo a mirarse de frente.

Cuando eso ocurre, la escena ya no se cae por crítica externa, sino por desgaste interno. El público no aplaude, pero tampoco se va. Solo suspira. Y en política, como en el teatro, cuando el suspiro sustituye al aplauso, el final ya está escrito. Eso sí, cuando caiga el telón, alguien encontrará la forma de culpar, una vez más, al pasado.

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