Opinión

El proceso de la civilización: mocos, narices y demás

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

No poco decepcionado por los tropiezos del las ciencias sociales apocalípticas, y viendo que los revolucionarios nada revolucionan mientras cohabitan y aprueban las partes más injustas de la vida, y comprobando que toda iniciativa transformadora desde la “izquierda” es el remedo pobre del gran modelo Teletón, que a su vez es remedo rico del hipermodelo filantrópico capitalista y, finalmente, todavía indispuesto por el regreso del PRI a Los Pinos, me puse a releer El proceso de la civilización occidental, del sociólogo judío alemán Norbert Elias.

¿Por qué regresar al proceso de la civilización? Por un pendiente lleno de telarañas: un ensayo que mezclara a Norbert Elias con Raymond Carver.

Lo que el sociólogo Elias se plantea es simplemente el problema general del cambio histórico. Dicho cambio –es su tesis central– en su totalidad no está planificado “racionalmente”, pero tampoco es un ir y venir arbitrario de figuras desordenadas.

Los planes y las acciones, los movimientos emocionales o racionales de los hombres aislados se entrecruzan de modo continuo en relaciones de amistad o enemistad, relaciones que puede ocasionar cambios y configuraciones que nadie ha planeado o creado.

Así, Elias hace una larga, densa referencia a la codificación progresiva de las pulsiones o necesidades naturales: comer, escupir, orinar, defecar, dormir, impulsos sexuales, etcétera, para mostrar la modificación que a través de los siglos han sufrido las normas del pudor, del placer y del displacer. Señala cómo la sociedad occidental ha reprimido, lenta pero imperiosamente, el componente placentero ligado a la satisfacción de determinadas funciones, provocando en su lugar sentimientos de angustia que las relegan cada vez más al ámbito de la intimidad, de lo privado.

Lo que sea, la civilización se ha impuesto mediante todo un “arsenal” de sujeciones y violencias.

El concepto de civilité consiguió su sentido y función específicos –asegura Elias– a partir de una obrita de Erasmo de Rotterdam, De civilitate morum puerilium.

De la urbanidad en las maneras de los niños fue publicada seis años antes de la muerte de Erasmo y editada más de 30 veces en esos seis años.

El Centro de Investigación y Documentación Educativa del Ministerio de Educación de España, realizó, en bilingüe, dos ediciones (1985 y 2006) del “manualillo erasmiano”.

Recupero unas partes de ese documento:

Dedicatoria: Des. Erasmo de Rotterdam, al niño Enrique de Bogoña, del más alto linaje y las más halagüeñas esperanzas, hijo de Adolfo, príncipe de Veere, salud.

Pretende Erasmo que el niño, los niños, desde los primeros rudimentos, se acostumbre(n) a la urbanidad en las maneras.

“Las narices estén libres de purulencia de mucosidad, lo que es cosa de sucios; vicio éste que también a Sócrates el filósofo se le achacó por tacha. Limpiarse el moco con el gorro o con la ropa es pueblerino; con el antebrazo o con el codo, de pimenteros; ni tampoco es mucho más civilizado hacerlo con la mano, si luego has de untarle el moco a la ropa. Recoger en pañizuelos el excremento de las narices es decente, y eso, volviendo de lado por un momento el cuerpo, si hay otros de más dignidad delante. Si algo de ello se ha arrojado al suelo, al haberse sonado la nariz con los dos dedos, ha de refregarse luego con el pie.

“Reírse uno solo o por ningún motivo manifiesto, bien se atribuye a necedad o bien a demencia. Con todo, si algo de eso le hubiere ocurrido a uno, de urbanidad será manifestarles a los otros el motivo de la risa, o si no juzga uno que deba revelarse, aducir algún motivo inventado, no vaya alguien a sospechar que es por él la risa.

“…Para vomitar, retírate a otro sitio. Pues vomitar no es deshonroso; pero por glotonería provocar el vómito es monstruoso.

“Retener la orina es dañoso para la salud; verterla en secreto es verecundo. Los hay que aconsejan que los niños, comprimiendo las nalgas, retengan el flato del vientre; pero por cierto que no es civilizado, por afanarte en parecer urbano, acarrearte enfermedad. Si es dado retirarse, hágalo así a solas; pero si no, de acuerdo con el viejísimo proverbio, disimule el ruido con una tos. Por lo demás, ¿por qué no aconsejan con el mismo empeño que no hagan del vientre, cuando reprimir la ventosidad es mucho más peligroso que constreñir el intestino?”

De muchas maneras se escucha el eco de Erasmo.

rivonrl@gmail.com

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