Opinión

El sindicalismo universitario y la regulación del trabajo académico

Columna invitada

Por: Rosa María Vázquez Cabrera*

Durante el proceso de conformación de la universidad moderna, desde la década de los cincuenta y hasta mediados de los setenta, el reconocimiento de que los trabajadores universitarios, como cualquier otro trabajador, tenían derechos laborales que debían ser reconocidos, generó amplias y profundas discusiones, en particular cuando se trató de reconocer el derecho de sindicalización de este sector.

Los principales agentes para comprender el proceso de conformación de las relaciones laborales en las universidades, son precisamente los sindicatos universitarios. En la década de los setenta los sindicatos universitarios tuvieron una fuerte presencia en la lucha por la democratización de los espacios de representación, que buscaban ser una alternativa frente al modelo de representación corporativista.

No hay que olvidar que este proceso se da durante el periodo de máxima expansión del sistema universitario: la matrícula creció entre 1970 y 1975, el 115 por ciento en promedio, en tanto que de 1975 a 1980, el crecimiento promedio fue del 60 por ciento; por su parte, la planta académica creció a una tasa del 68 por ciento entre 1970 y 1980.

Este proceso de expansión, nos permite comprender cómo la fuerza de los sindicatos universitarios se plasmaba también en la importancia que tuvieron las universidades públicas en la reconfiguración del sistema político mexicano, especialmente en el ambiente posterior al 68 y la apertura de las universidades a sectores sociales que anteriormente no tenían cabida, colaborando en la construcción de las universidades como espacios de generación de propuestas de cambio democrático a través del conocimiento.

Durante la década de los setenta el sindicalismo universitario ganó un terreno importante en cuanto a la representación y participación en la regulación del trabajo académico, logrando impactar también en los referentes normativos, disciplinarios y pedagógicos, bajo los cuales el trabajo universitario era organizado.

Durante la década de los ochenta, la crisis económica que afectó a vastos espacios de la vida nacional, impactó de manera severa al sector educativo, limitando las posibilidades reales de operación del modo de regulación del trabajo académico vigente; que por demás ya había sido modificado dentro del marco de la legislación nacional que reconocía la autonomía institucional y las particularidades del trabajo universitario. A partir de 1982, el gasto en educación se redujo radicalmente y el deterioro en el financiamiento a las universidades públicas frenó las políticas institucionales de crecimiento. En este contexto, uno de los mayores problemas fue el deterioro en las remuneraciones de los trabajadores universitarios: entre 1983 y 1990 la caída del salario de los académicos fue en promedio del ocho por ciento anual.

Fue justamente para paliar este problema, que se crearon formas de deshomologación salarial. La creación del SNI representa el primer mecanismo de evaluación asociado al financiamiento individual; en tanto que la creación de sistemas de becas y estímulos, condujo a un nuevo modo de regulación del trabajo académico, así como a formas nuevas de competencia individual, distintas de la solidaridad.

Hoy los agentes que participan en la regulación del trabajo académico son distintos, y sus relaciones muestran tensiones entre las historias institucionales particulares y las estrategias y programas gubernamentales aplicados de manera general. Entre los actores se encuentran los funcionarios institucionales, los grupos de investigación, los órganos y comités de evaluación y las academias. Estos actores operan de manera simultánea y, en muchas ocasiones, lo hacen de manera por demás contradictoria, poniendo en evidencia que los procesos de evaluación involucran múltiples prácticas de negociación.

El otro agente está constituido por los sindicatos, que si bien en principio resultaron excluidos por las modificaciones legales de los ochenta, fueron ganando espacios de participación, sin llegar a la bilateralidad. Adicionalmente hoy, están ante la oportunidad de atender la infinidad de conflictos que las prácticas de evaluación están generando, al vincular la evaluación y la formación de cada uno de los académicos a su remuneración.

En este periodo previo al proceso electoral del sindicato académico, es conveniente reflexionar acerca de la contribución del sindicato en la reconstitución de la identidad académica y su institucionalización.

*Directora de la Escuela de Bachilleres de la Universidad Autónoma de Querétaro.

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