Opinión

El síndrome Rigo Tovar

Por Omar Árcega E.

Definitivamente la realidad es muchas veces más sorprendente, extraña y bizarra que los sueños, pues ni en mis más desvariantes alucinaciones hubieran recreado la imagen de un hombre que confrontó el país, que esparció pólvora en el espacio público, expresando su intención de construir una “República amorosa”. Sin embargo esto sucedió y la magia de este cambio lo tuvo una encuesta de la que salió triunfador, y este triunfo hasta le dio ínfulas de conocedor de la literatura clásica, lector acucioso de Ortega y Gasset y de Alfonso Reyes.

Las preguntas

Pero más allá de estas apreciaciones, irónicas y con un poco de mala leche, conviene analizar el método que le hizo llegar a esta posición, esto permite una mejor comprensión de los retos y oportunidades que tiene el flamante candidato y los partidos que lo apoyen.


En primer lugar, la izquierda tan promotora del debate de ideas y muchas veces rendida ante una democracia directa, dada su incapacidad para dialogar y organizar elecciones internas optó por una encuesta; en principio el procedimiento no es malo, pero desdice el discurso que tanto manejan y fue la única salida para que las diversas tribus perredistas no terminaran practicando canibalismo. Un partido donde se incentiva la creación de “corrientes” y donde no existe una tradición del diálogo y del acuerdo, al obtener posiciones de poder se convierte en un riesgo para sí mismo y para los gobernados. Ante esta carencia de consensos, sólo quedan los liderazgos fuertes y carismáticos, y éstos hacen peligrar la democracia.

 

En segundo lugar, las preguntas que se hicieron, fueron básicamente cinco y se pueden dividir en dos grandes grupos: las dos primeras versaban sobre la percepción positiva o negativa que se tenía de los precandidatos y las tres últimas sobre el nivel de preferencia que tendrían los candidatos de izquierda. Para este bloque se preguntó concretamente: 1) De una lista de contendientes por quién se votaría, 2) Después se reduce la lista a cinco y en la última interrogante sólo se mencionan los candidatos de la izquierda. En el primer bloque gana Marcelo Ebrard y en el segundo, López Obrador. Es decir Ebrard tiene una percepción más positiva que AMLO, pese a ello la gente votaría por Andrés Manuel. Al menos para mí, esto plantea un desafío a la lógica, pues se esperaría que se votará por quien tiene una imagen más positiva y no por lo contrario. De cualquier forma, a partir de estos datos podemos aventurar algunas hipótesis: los votantes fieles al Peje no se guían por la percepción positiva o negativa sino por la fuerza que irradia el líder, estaremos no ante un voto razonado, sino uno duro, basado en la personalidad carismática y no en la solidez y viabilidad de las propuestas, actitud que termina menoscabando a la democracia misma. No hay duda que estamos ante un personaje de carisma arrollador, eso basta y sobra para ser candidato, pero ser gobernante requiere más cualidades que el fascinar con la palabra.

 

Ahora bien, a esta primera hipótesis añadamos una segunda variable, extraoficialmente se comenta que cierta cantidad de las encuestas hechas a los no militantes, en las preguntas del segundo bloque no fueron contestadas, en otras palabras, el triunfo de AMLO se debió a que las preguntas sobre por quién votaría, las respondió en su mayoría gente de con afinidad a la izquierda. De ser esto cierto, estamos frente a un sector muy específico del electorado, franja importante pero no suficiente para ganar una elección presidencial. De aquí el corrimiento del macuxpanense hacia un discurso de centro izquierda, conciliador, positivo, apelando a los valores, a lo moral y a lo espiritual. Una dura cuesta por subir pues en la memoria de muchos mexicanos están sus desplantes de autoritarismo, de cerrazón al razonamiento político, de sembrador de enconos y de franca agresividad.

 

Las enseñanzas

En lo personal me preocupa que los mexicanos aún no aprendamos a analizar propuestas, a escuchar a los expertos debatir sobre la viabilidad de las políticas públicas puestas en la mesa. Aún somos esclavos del personaje simpático, arrollador o guapo. Vicente Fox, Andrés Manuel y Enrique Peña Nieto, son la más clara prueba de lo que digo. Somos presa del marketing político, de clientelismos más sofisticados, de vendedores de ilusiones envueltas en lenguaje pseudopolítico. Llegó un AMLO proponiendo millones de empleos en 42 días, en Grecia matarían por un primer ministro así.

 

De cualquier forma AMLO ya es candidato, esperemos que ahora sí los órganos colegiados que propone no sean meras cajas de resonancia de las ideas del líder, que su proclamada visión amorosa le permita ser incluyente, que su pretendida renovación no sea la vuelta a posturas keynesianas y populistas, desearíamos dejar a un lado el discurso y las actitudes de encono, que su deseo de construir un Estado democrático no le lleva a mandar una vez más “al diablo” a las instituciones. De no ser así estaremos ante un político con el síndrome de Rigo Tovar, sintomatología que presenta cuatro características: ser puro amor, ser el ídolo del “pueblo”, estar ciego y terminar loco.

twitter.com/Luz_Azul

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