Opinión

¿El sistema o los individuos?, ¿quién es responsable?

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

La pregunta que titula este artículo apunta a uno de los problemas filosóficos más antiguos y siempre vigentes en la definición del ser humano: ¿Somos libres o no?; ¿hasta qué punto somos responsables de las decisiones que tomamos y en qué medida estamos determinados por el espíritu de la época, por la cultura o la clase social a la que pertenecemos?

Estas preguntas surgen recurrentemente frente a hechos y escenarios concretos.

Uno de ellos fue el interesante “Encuentro interdisciplinar sobre educación y la enseñanza de lengua de la Facultad de Lenguas y Letras” (de la UAQ) organizado en días pasados, por esa Facultad y el colectivo “Palindroma”. En él, los estudiantes decidieron tomar la batuta de su existencia (aunque sea por unos días), para salir de la apatía y aislamiento en los que está inmerso el estudiantado (según señalan en su presentación).

En ese foro, entre muchas cosas que planteó una de las ponentes, quedaba clara la idea de que las exigentes políticas neoliberales (de corte gerencial) “nos tienen atrapados (a los académicos) y nada podemos hacer, pues si no las acatamos no recibiremos recursos”, así de fácil, (“o te aclimatas o te aclimueres”, suelen decir varios colegas frente a las disposiciones “de arriba”). Otros ponentes un tanto “herejes”, rehusando someterse a los dogmas de esta “nueva religión”, pugnaban por acrecentar la autonomía intelectual. (Al menos podemos ejercer un mínimo de laicidad y creer, contracorriente, que son posibles otros caminos, distintos al que se nos impone como “único”. Tal laicidad es prerrequisito para abrirlos).

Otro espacio de reflexión se dio, en la misma semana, en el Seminario Internacional “Formación de lectores y escritores desde la escuela” (con 500 asistentes), organizado por varias instancias oficiales. En este foro en la Biblioteca Gómez Morín participaron no sólo investigadores de gran renombre mundial, sino muchos profesores de nivel básico, intercambiando experiencias y reflexiones, relacionadas con la promoción de la lectura.

En el acto inaugural, causó desconcierto la declaración de uno de los más altos funcionaros de la Secretaría de Educación Pública, en Querétaro, en el sentido de que “hemos perdido demasiado tiempo en medir la velocidad de la lectura en voz alta de los niños” (¿?). El asombro se debe a que la misma SEP es la que exige a los maestros (y recomienda a los padres de familia) hacer esas extrañas mediciones cronométricas, y registrarlas puntual y sistemáticamente en la boleta de calificaciones.

Aunque la expresión de la audiencia fue auto-sofocada por la solemnidad del momento, más tarde la discusión sobre el tema se desbordó, cuando el coordinador del panel de expertos retomó el asunto, preguntando a los prestigiados especialistas, que qué relación había entre la promoción a la lectura, el desarrollo de competencias lectoras y la medición, a la que me referí arriba.

La respuesta de los investigadores fue categórica: “No hay ninguna relación”. Se oyó entonces, entre los asistentes una expresión de alivio y aprobación unánime, (“¡Ah!, lo sabía, teníamos razón”), como necesitando a un perito que sancionara formalmente su (también experta) intuición.

Tal disposición surge (explicaban los entendidos) de una desafortunada interpretación sobre cómo suceden los procesos lectores, que se vendió con disfraz pseudocientífico, salió “taquillera” y resulta peligroso darle crédito. Así que recomendaron a la audiencia, “dar vuelta a la hoja”, no perder el tiempo en eso y dedicarse a lo que realmente importa: generar la comunicación, el deseo, la curiosidad en los chicos y su disposición para la auto-exigencia, sin lo cual parece imposible dominar un arte tan complejo y difícil. Ya con esto tienen más que suficiente los maestros, en un tiempo en el que la ideología dominante deja que el capricho dicte lo más fácil, rápido y sin esfuerzo.

Si hay tanta inteligencia en el medio educativo: más de un millón de maestros pensantes de nivel básico, varios centros de investigación y universidades con especialistas de primer nivel, dedicados al estudio de los procesos lectores, más de cien escuelas normales y una importante historia pedagógica mexicana, ¿por qué no se puede poner alto a las imposiciones absurdas? ¿Por qué “el sistema anónimo”, en el que casi nadie se hace responsable, puede más que la sabia intuición de los colectivos y de los individuos estudiosos?

Corolario a este drama: Una maestra muy joven pidió a la mesa algunas estrategias para ocupar a los pequeños, mientras ella hacía las mediciones obligadas (uno por uno de sus 30 chicos), pues dijeran lo que dijeran ahí, el lunes ella tenía que mostrar “evidencias de avance”.

¿Qué sucedería si de pronto todos los maestros se unieran en resistencia, como “objetores de conciencia”, y se negaran a practicar las muchas medidas sinsentido que se les imponen?… ¡Sueño de difícil realización! Inercia, soledad y miedo mata inteligencia.

metamorfosis-mepa@hotmail.com


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