Opinión

En busca de un nuevo Hércules II. El huevo de la serpiente

María del Carmen Vicencio Acevedo / metamorfosis-mepa@hotmail.com

PARA DESTACAR: La Revolución mexicana consiguió conformar un nuevo Hércules, integrado por gran cantidad de líderes sociales y pueblos que hirieron gravemente al monstruo y le impusieron una poderosa camisa de fuerza, que frenó muchas de sus cabezas. A 100, las reformas estructurales idestruyeron ese poderoso freno y muchas cabezas voraces fueron liberadas.

En mi artículo anterior comentaba cómo los mitos y leyendas sintetizan y facilitan la comprensión de los grandes dramas humanos. En ellos suele haber monstruos, pueblos desvalidos y héroes valientes y astutos.

Hércules fue un semidios que logró destruir a Hidra, esa peligrosa sierpe de muchas cabezas, que renacen y se multiplican al ser amputadas.

Cuando los zapatistas piensan en el capitalismo como una Hidra, otros (“que no entienden”, dirían ellos) suplican por un nuevo Hércules, que venga a salvarnos.

Hay que afirmar que la Hidra capitalista (nieta de otro monstruo terrible: el Patriarcado) no es eterna, como quieren hacernos creer sus defensores. El capitalismo nació tras un parto muy largo y difícil, con el debilitamiento del feudalismo y habrá de morir algún día.

Desde que la Hidra estaba en el nido, muchos advirtieron sobre el peligro de dejarla crecer. Por eso vale recuperar la metáfora de “El huevo de la serpiente” de la película de Ingmar Bergman (1977), en la que el Dr. Vergerus, uno de sus personajes, advirtió sobre el nacismo que se avecinaba: “Cualquiera puede ver el futuro; es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado”.

Y es que su cascarón, casi transparente, deja ver una culebrilla tan pequeña y tierna, que hasta puede despertar simpatía. Por eso, pocos piensan en destruir el huevo y, cuando la serpiente nace, ya es demasiado tarde; su furia voraz es tal, que nadie puede pararla.

Con la Revolución Francesa, las guerras de Independencia y de Secesión de los Estados Unidos, las de Independencia y de Reforma en México y muchas otras, el liberalismo fue bienvenido, como un Hércules prometedor. La monarquía, la nobleza, la esclavitud y la servidumbre “fueron abolidas”.

Con el grito de ¡libertad, igualdad, fraternidad!, y con la firma en 1789 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (individuo varón). Los revolucionarios llevaron a la guillotina a varias cabezas de la Hidra y pusieron cadenas a otras más duras; entre ellas, a la de la Iglesia católica mexicana, al establecerse el Estado laico.

La Hidra perdió batallas, pero no sólo no murió, sino que puso nuevos huevecillos y le crecieron otras cabezas. Muchos advirtieron esto desde el principio, pero pocos escucharon.

Tras la alegría del triunfo, y la luna de miel de la nueva etapa en la historia, los pueblos descubrieron, que el bienestar que ofrecía el nuevo orden, quedaba demasiado lejos de su alcance.

Los esclavos, que antes habían sido mantenidos por sus amos (y no siempre maltratados), pasaban tremendas penurias, ahora como “hombres libres”; careciendo de tierra para trabajar, de casa para habitar o de cualquier propiedad, para cambiarla por comida.

Lo único que tenían era su fuerza de trabajo, que ofrecían a los pocos empleadores que había. Éstos podían escoger entre muchos miserables, y ya no estaban dispuestos a darles casa, vestido y sustento ni medicinas, ni nada más que un pobre salario, menguado por las múltiples deudas que debían pagar al patrón.

Los verdaderos “hombres libres” fueron sólo los grandes terratenientes, capitalistas, que sin el estorbo de los monarcas, sin necesidad de tener sangre azul ni títulos nobiliarios, y olvidándose de los otros principios fundamentales de la Revolución francesa (igualdad y fraternidad), pudieron hacer grandes fortunas, dirigiendo enormes haciendas, desarrollando grandes industrias, explotando a la Naturaleza, y a otros seres humanos, también “libres”. Poderosos individuos que gozaron de libertad para acumular no sólo riquezas, sino poder y el privilegio de imponer sus intereses a los gobiernos “republicanos y democráticos”. Hombres que terminaron por adherirse al monstruo y convertirse en nuevos tentáculos, tragándose todo lo que producían los pueblos.

La Revolución mexicana, iniciada alrededor de 1910, consiguió conformar un nuevo Hércules, integrado por gran cantidad de líderes sociales y pueblos que hirieron gravemente al monstruo y le impusieron una poderosa camisa de fuerza, que frenó muchas de sus cabezas. Llamamos a esa camisa “Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos”, promulgada el 5 de febrero de 1917. Gracias a ella, México se fue fortaleciendo y poco a poco los mexicanos gozaron de importantes derechos y ganaron identidad como nación.

Este 5 de febrero, 100 años después, las reformas estructurales impuestas por los firmantes del Pacto por México (falsos y traidores Hércules), destruyeron ese poderoso freno y muchas cabezas voraces fueron liberadas.

No importaron las innumerables advertencias que hicieron miles de voces críticas del pueblo, varios años antes de que eso sucediera. (Continuará).

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