Opinión

En el tren de la muerte (Segunda parte)

Por: Agustín Escobar Ledesma

Culpable

La Bestia avanza socarrona, de vez en vez lanza algunos reparos que hacen crujir a los vagones que interrumpen a Gladys: “Por mi culpa, por mi gran culpa, por eso ruego a…” El pecho se le oprime todavía más con la áspera realidad que la aventó como bulto al lomo del tren de la muerte, en compañía de Arnulfo, con sendas mochilas cada uno, empapadas como ellos. ¿Qué pensará de ella su hija? ¿Qué pensarán de ella sus cuatro nietos? ¿Qué pensará de ella Antonio, su nieto de 12 años al que crió con ella desde recién nacido? Sabe perfectamente que se lo recriminarán en cuanto la vean.

A ninguno de ellos avisó que se iba a las doradas costas de California y mucho menos les dijo que viajaría en compañía de Arnulfo. La culpa está instalada en su corazón y no la deja dormir; tampoco se lo permiten los angulosos fieros del lomo de la bestia que lastiman su cuerpo.

Sin embargo ahí van los dos, soñando despiertos con cruzar las fronteras líquidas para adentrarse en la cabaña del tío Sam, el lugar de la abundancia, de relucientes calles empedradas de oro, incienso, mirra y dólares. El país de las oportunidades para los desprotegidos del mundo.

Frontera del terror

Gladys enfrenta la más formidable y amorfa de las fronteras del mundo, en la que el terror se crea, no se destruye y además, se transforma. México es un inmenso territorio fronterizo sembrado de zetas, agentes del Instituto Nacional de Migración, policías federales, estatales y municipales, quienes secuestran, violan, extorsionan, asesinan y descuartizan; la frontera del terror no reconoce ninguna forma de dignidad humana porque ha convertido a los migrantes en mercancía.

Los coyotes

La caída de la noche en la espalda del ferrocarril hace que el viento y la lluvia enfríen más; mientras La Bestia recorre kilómetro tras kilómetro, los pensamientos de Gladys vuelan al día en el que ella y Arnulfo se treparan en el tráiler que los llevó a Ciudad Tecún Umán, a las orillas del Suchiate, río que cruzaron a bordo de una cámara de camión a manera de balsa para llegar a Ciudad Hidalgo.

Después de 12 horas el trailero los despertó para decirles que habían llegado a la segunda frontera líquida, la frontera de Guatemala con México. Quedaron ante el río Suchiate, por cuyas aguas cruzan todo tipo de mercancías ilegales, así como miles de indocumentados de todo el mundo; el río Suchiate es una frontera en la que los agentes aduanales al final del día acumulan muchos platos de lentejas.

Como sólo traían algunos dólares en los bolsillos se tuvieron que quedar a trabajar en Tapachula, ciudad que les llamó la atención por la gran cantidad de motonetas en las calles y coyotes que ofertan el viaje al paraíso terrenal de alguna ciudad gringa, la tarifa preferencial es de cinco mil dólares, por ser centroamericanos; para los migrantes de Sudamérica son 15 mil y quienes vienen de África y Asía, la tarifa se incrementa hasta los 20 mil dólares.

¿De dónde iban a sacar el dinero para pagar la tarifa preferencial si sólo tenían 170 preciados y mugrosos cueros de rana? Por fortuna en Tapachula encontraron trabajo durante tres meses, en lo que ahorraban algunos pesos para proseguir su ruta al norte.

El opio

Los calambres en el cuerpo y en las manos manchadas con el óxido del lomo de La Bestia se vuelven insoportables y la lluvia fría no cesa; Gladys Mabel soporta estoicamente su dura realidad, para encontrar alivio a su situación se sumerge en la palabra del Señor, porque Gladys, a pesar de haber sido combatiente de FMLN es cristiana y confía más en sus creencias que en las frases célebres, como aquella de Marx, que señala que la religión es el opio del pueblo.

La etapa atea y marxista de Gladys pasó a segundo plano desde que perdió a sus padres, a su hermano y a su cuñada; ante tanto dolor encontró refugio en la Biblia y ante la pobreza su única alternativa es el incierto y peligroso camino a las doradas costas de California, minado con macabras imágenes ¿premonitorias?, como la amenazante calaca cabalgante que le muestra, cada vez que entrecierra los ojos, un cabo de vela a punto de extinguirse.

–¡Vengan! ¡vengan! ¡vengan!– Clama el coro de chirriantes y hambrientas ruedas de acero que esperan que los entumidos cuerpos caigan en sus fauces; es la cuota que cobran a quienes se aventuran en busca la tierra prometida, en la que mana leche y miel.

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