Opinión

EPN, el ritual del retorno

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

¿Por dónde comenzar a desenredar la enorme y compleja telaraña de intenciones, mentiras y oscuros secretos con la que el PRI el PAN y los otros han tejido el pasado de México y hoy se aprestan a marcar los derroteros de nuestras vidas?

 

Son los mismos diálogos del poder.

La victoria de Enrique Peña Nieto, que siempre fue irreversible, trae consigo una redefinición del escenario político en México. Un reacomodo que ya empezó, y no de la manera tersa que a los priistas más les agradaría.

El proceso no transformará la estructura profunda del régimen (que ya demostró su resistencia tras 12 años de panismo) sino que se realizará en la superficie, en el terreno de juego de los actores y con, si acaso, mínimas modificaciones a las reglas del juego vigente.

Recuerdo una reflexión del sociólogo español Ludolfo Paramio, quien planteaba el desánimo que cundió entre quienes se ganan la vida en nombre de las ciencias sociales luego de la caída del muro de Berlín. ¿Cómo era posible que acontecimientos tan espectaculares no hubieran sido previstos ni remotamente por los politólogos y sociólogos que estudiaban los sistemas de aquellos países?

Lo más sensato, sugería Paramio, quizá sea reconocer que, aun aplicando el método más riguroso, resulta difícil la predicción en situaciones que poseen demasiados rasgos singulares y sobre las que no hay los precedentes necesarios para generalizar. Mejor una cierta modestia que un exceso de ambición que pueda conducir a la melancolía.

La recomendación tiene vigencia para el caso del nuevo mandato presidencial.

La sociedad consiste en conexiones sociales. De hecho podríamos conjeturar que la sociedad no existe, que lo único existente son esas conexiones y esas conexiones se configuran en redes, en las viejas redes sociales. Pero conservemos la tradición y aceptemos que las diferentes conexiones “de algún modo” producen la sociedad.

Entre esas conexiones se hallan la cooperación y el antagonismo, ellas tienen el protagonismo de lo que sucederá en el futuro inmediato y más allá.

Tenemos atisbos del brote de las venganzas, es decir, los antagonismos que aprovechando la coyuntura del reacomodo muestran sus cartas, ¿alguien puede afirmar que habrá un equilibrio negociado o desembocará en crisis de gobernabilidad? ¿Cooperación o radicalización de los antagonismos?

Los analistas cautelosos se inclinarán por proyectar las inercias, los aventureros por la grandilocuencia y el desastre. Yo creo que por lo pronto hay que esperar. Pero mientras tanto, podemos recordar al gran profesor Karl Popper cuando en 1984 dio a conocer un escrito titulado Contra las grandes palabras (Against big words):

“He mantenido muchas ideas e ideales de mi juventud socialista en mi vejez. En particular: Todo intelectual tiene una responsabilidad muy especial. Tiene el privilegio y la oportunidad de estudiar. A cambio, él le debe a la sociedad el compromiso de representar los productos de su estudio en el modo más simple, claro y modesto que pueda. Lo peor que pueden hacer los intelectuales –el pecado capital– es intentar erigirse en grandes profetas por encima de los demás seres humanos e intentar impresionarlos con filosofías enredadas. Quien no puede hablar con sencillez y claridad debería quedarse callado hasta que pueda hacerlo.”

Popper recuerda un congreso de filosofía en Viena, en 1968. Al término de una discusión televisada, el moderador, Wolfgang Kraus, pidió se mencionara en “una” frase, lo que en opinión de los participantes era lo más necesario: “Yo fui el único en dar una respuesta breve; más modestia intelectual.”

Popper se asumía antimarxista y liberal. Pero admitía que tanto Marx como Lenin escribieron de una manera simple y directa y se pregunta: ¿Qué habrían dicho ellos de la pomposidad de muchos neomarxistas? Seguramente habrían usado términos más ásperos que el de “pomposidad”.

rivonrl@gmail.com

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