Opinión

Esa pequeña del moño gigante en la cabeza

Por: Rafael Vázquez Díaz

En una banca de color blanco se encuentra sentada, pensando, sonriendo a cualquiera que se quiera acercar a charlar un rato con ella. La pequeña de pies pequeños, sesera enorme y cabello crespo les regala una enorme sonrisa a los turistas que curiosos se acercan a abrazarla.

La niña con un moño y un vestido verde transmite una sensación de confianza y cariño; sus calcetitas a medio caer, sus zapatitos redondos y las cejas arqueadas -como en una expresión de reconocimiento del espectador- transmiten la sensación de que va a levantarse a correr por ahí, por la calle empedrada, en cualquier momento.

Inquieta, despierta, amante del rock, bondadosa en su inocencia, pero sobre todo, un fiel reflejo del cariño que -aun con las carencias- le transmitieron sus padres en casa. Preguntona, irreverente, soñadora y profundamente crítica (¡hasta de la sopa!) está ahí sentada en la calle de Chile y Defensa, en el típico barrio de San Telmo, Argentina. Sí, esa pequeña de apenas seis años es Mafalda.

Fue dura su niñez, creció mientras el sanguinario Onganía tomaba el control del gobierno mediante un golpe de Estado. Su familia, como cualquiera de la clase media de la época, se prepararía para vivir un par de décadas muy duras, marcadas por los gobiernos militares, por el intervencionismo estadounidense en el mundo (en Vietnam y, particularmente, la Operación Cóndor en Latinoamérica), pero sobre todo, para vivir periodos de cambio en los que se avizoraba a una juventud que venía agitando las aguas en todo el mundo.

Mafalda será la representante de toda una juventud progresista con ideas explosivas para el momento, su pequeña pandilla también fue un reflejo de las diferentes clases e ideologías que se encontraban en el aire: Susanita y sus aires conservadores que evidenciaban los estereotipos que las feministas se esforzaban por romper; Manolito, hijo de inmigrantes españoles y su afección por el dinero (así como su desprecio por el rock); Miguelito y su inocencia frente a la vida (y su admiración, heredada de su abuelo, por Mussolini); Felipe y su eterno síndrome de procrastinación; y, finalmente, la pequeña de tamaño, pero gigante como idea: Libertad.

Joaquín Salvador Lavado Tejón (Quino, como lo conocen los compas) nos regaló una de las caricaturas más entrañables que hemos conocido, no sólo por el contenido sencillo y frontal, sino por las ideas profundas que su tira cómica nos regala. La sincera necesidad con la que Mafalda conmina a la ONU a que se llegue a acuerdos de paz no ha tenido nunca una representante más noble: “Cuando sea grande trabajaré en la ONU y cuando un delegado le diga a otro: ‘¡Su país es un asco!’ yo voy a traducir: ‘¡Su país es un encanto!’ y ¡claro! nadie podrá pelearse y se acabarán los líos y las guerras y el mundo estará a salvo. Eso si -señalando a la maqueta con forma de mundo- vos prometeme que vas a durar hasta que yo sea grande, ¿eh?”. Su cruzada contra la violencia, contra la intolerancia religiosa, la educación bancaria, la censura. Su mundo cotidiano está lleno de males que ella no desiste en mencionar.

Su autor nos contó su vida durante casi 10 años (1964-1973), y un par de años más tarde vuelve a ser dibujada para cumplir uno de sus sueños: ser embajadora de la UNICEF para ilustrar la Declaración de los Derechos de los Niños.

Fue entonces cuando Mafalda adquirió una presencia global; traducida a decenas de idiomas, llevó su pequeño moño a casi todos los rincones del planeta. Fue tan grande su influencia que incluso volvió para retar al exprimer ministro italiano Silvio Berlusconi por haber realizado algunas declaraciones machistas en el 2009.

Recientemente, Quino obtuvo el premio de Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, y aunque su trabajo como humorista ha trascendido más allá de Mafalda, su personaje es, sin duda, un legado latinoamericano para el mundo, una postal de las principales carencias y problemáticas del siglo XX, pero también un emblema de la esperanza y de la imaginación como forma activa de resistencia.

La tira cómica pone un dedo sanador en la llaga: ¿cómo no seríamos capaces de cambiar un poquito de este mundo si la pequeña de seis años está tan dispuesta a ponernos el ejemplo? En ese sentido, Quino dejó escuela; es imposible no leer a Enriqueta del historietista Ricardo Siri “Liniers” y hacer el paralelismo (¡La suerte de empezar a ser lector con unos libros! -reflexiona el autor mientras dibuja a Enriqueta sentada bajo la sombra de un árbol leyendo a Mafalda).

La pequeña -típico ícono de una familia porteña- vivirá por siempre en la perene infancia de la humanidad, y seguirá ahí -muchos años después de que todos nosotros nos hayamos ido- invirtiendo el globo terráqueo para que el norte sea el sur, construyendo la paz mundial mientras alimenta a su tortuguita “burocracia” y señalando, con la inocencia de la juventud, todos los nocivos convencionalismos adultos que nos hacen renunciar a los sueños más bellos a los que podemos aspirar.

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