Opinión

Esa pequeña enajenación que todos llevamos dentro

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

Una muy buena estrategia del sistema capitalista para mantenerse siempre vigente consiste en la enajenación. Hay una gran cantidad de sinónimos para esta palabra: suspensión, arrobamiento, fascinación, embriaguez, encantamiento, ensimismamiento, pasmo, turbación, demencia, letargo, aturdimiento, etc.

Enajenación viene de “ajeno”: lo extraño, lo diferente, lo lejano, separado o distante. Uno se enajena cuando se distancia de sí mismo y de los demás; cuando no logra volver sobre sí (reflexionar); cuando no toma conciencia de lo que hace o no se reconoce como responsable. También, cuando uno se separa de sus semejantes y los trata como si fuesen “no humanos”, cosas, objetos, herramientas útiles, o inservibles y desechables, o cuando no logra reconocer relaciones causa-efecto y ve correr los acontecimientos sin preguntarse ¿por qué sucede lo que sucede?

Hablamos también de enajenación cuando un extraño posee a alguien, secuestra su voluntad y lo dirige. El enajenado, entonces, se vuelve autómata.

La sociedad de mercado busca constantemente enajenarnos con sus poderosas frases publicitarias: “Yo soy totalmente comercio”; “Soy tu nueva religión”…

¿Qué significa, en este contexto, la extraña declaración de Peña Nieto: “Yo soy Ayotzinapa”?

Peña Nieto y casi toda la clase política-empresarial sufren de enajenación, al no reconocerse a sí mismos como causa de la tragedia nacional. Para ellos, los más graves problemas del país son ocasionados por “los malos, otros”, “los violentos, otros”. El abierto repudio de los padres de familia de los desaparecidos (con su respuesta: “no, tú no eres de los nuestros”), debiera sacudir al presidente… pero no.

Peña no establece ninguna relación entre el pago estratosférico de su avión presidencial de súper lujo (757 millones de dólares); el pago estratosférico de la remodelación de su casa en Los Pinos (de la que se niega a dar información); el pago estratosférico (calculado en 590 millones de pesos) que habrá de hacer (con nuestro dinero) para indemnizar a la empresa china-mexicana que quedó “plantada”, al cancelar la licitación del tren rápido queretano. Tampoco hay ninguna relación entre la “casa blanca” que recibió de Televisa su esposa y la enorme desigualdad que hay en el país. Cuando lanza su “Cruzada contra la corrupción”, no logra reconocerse a sí mismo como corrupto, no importa que haya sido exhibido ampliamente como tal.

Algunos señalan que lo que pasa con esa gente que decide por nosotros no es precisamente enajenación (es cinismo). No es que los pudientes no se den cuenta de las consecuencias de sus actos. Con frecuencia obran a sabiendas de que lo que hacen empeorará las condiciones del resto de la población. Con frecuencia tienen ya planeado cómo librarse o incluso sacar provecho, en caso de que la gente afectada les reclame. Otros consideran que sí están enajenados, porque no se enteran de que, al dañar a otros, se degradan como humanos.

En todo caso, conviene revisar la enajenación típica de las clases populares, que conviene a los poderosos y se da cuando la gente no logra establecer relaciones entre la miseria e inseguridad que ella misma sufre y el Estado que las provoca.

Algunos signos de esa enfermedad (y que cualquiera puede padecer) son, por ejemplo: no incomodarse, o incluso ver con buenos ojos que los gobiernos entreguen dinero público(o darlo uno mismo) al Teletón o a otras “beneficiarias” privadas; o no inquietarse por la forma como se desgrana el presupuesto público en toda clase de chucherías asistenciales (despensas, tinacos…), volviendo “inviables” las obras sociales de mayor envergadura, como garantizar a todos una atención óptima en los centros de salud pública, o construir jardines y casas de la cultura, en las colonias más deprimidas de la ciudad, para prevenir los males del alma.

Conviene también observar, tramo a tramo, la relación existente entre el desorden y la violencia que vive el país y las acciones u omisiones “insignificantes”, que cada uno aporta al caos nacional. Metáfora de esto es ese promocional que muestra cómo a ningún transeúnte le inquieta la basurita que tira al piso, hasta que deviene en una inmensa bola de varias toneladas, que termina por aplastar a todos.

Hoy se facilita mucho establecer algunas relaciones causa-efecto, simplemente observando el comportamiento de la delincuencia organizada que nos gobierna. Hoy es fácil identificar a “esos malos” que agreden al pueblo. Lo que no resulta tan fácil es reconocer ¿cómo lograron “esos” llegar hasta dónde están?; ¿por qué si los del pueblo somos muchos millones más que ellos, no los detuvimos a tiempo?

La enajenación es más fácil cuando hay ignorancia, pero también cuando la sociedad de consumo vuelve “innecesario” hacer cualquier esfuerzo cognitivo; cuando pensar termina por considerarse, por cada quien, “incosteable”. ¿Para qué pensar, si se pueden adquirir todas respuestas en el mercado?

Por otro lado, es mucho más fácil gritar: “¡ya estamos hartos de los políticos!” (y formar otro partido-negocio), que asumir que no habrá ningún cambio mientras no nos decidamos, como pueblo, a construir desde la base, ahí en donde cada quien está, otra forma de practicar la política, y mientras no logremos articular nuestros esfuerzos con todos los de los demás.

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