Opinión

Fallo fallido

Alcazar 10-20

Por: Omar Arcega E.  

twitter.com/Luz_Azul

Y el tsunami internacional llegó a México, en buena medida impulsado por los cambios de legislaciones en algunos estados de la Unión Americana y, como sucedió en aquellas regiones, confrontó a la sociedad, movió a discusiones, alzo voces y generó filias y fobias.

Tras semanas de espera, la primera sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación finalmente concedió un amparo para que cuatro personas (las cuales aclararon que no consumen la cannabis) pueden sembrar, procesar y consumir la marihuana con fines lúdicos. La postura de legalizar las drogas no es una decisión que se deba tomar a la ligera, prácticamente se ve como un tema de libertad personal o como una forma de eliminar la violencia por el trasiego de narcóticos. Estos son sólo dos de las muchas aristas que tiene el asunto, también es un tema de finanzas, pero sobre todo de salud pública. Ciertamente quienes la consuman lo hacen bajo su propio riesgo, pero los efectos en su salud por una utilización prolongada, tarde o temprano, tendrían que ser atendidos por el sistema de salud público, lo que implicaría erogaciones que consumidores o no pagamos con nuestros impuestos.

El ejemplo más claro lo tenemos con el tabaquismo, ahora el estado gasta millonadas en atender enfisemas y cáncer de pulmón, parte de eso sale de los impuestos de los que nunca hemos fumado y si hubieran existido restricciones para su consumo, ahora las instituciones de salud podrían utilizar estos recursos en otro tipo de problemas.

Un consumo prolongado (seis meses) de la marihuana disminuye la inmunidad celular, aumentando el riesgo de contraer enfermedades; mientras que el resto de las drogas son fácilmente eliminadas por el cuerpo, la mariguana se adhiere a las zonas adiposas y desde ahí daña permanentemente al sistema inmunológico, esto genera que las personas tarden más en recuperarse de las enfermedades. El THC del cannabis afecta las células nerviosas del cerebro, lo que a su vez afecta a la memoria. Por otra parte, la cantidad de espermatozoides deformados aumenta y disminuye su movilidad, lo que potencia la infertilidad masculina. Todo esto sin olvidar que es un factor de riesgo para desarrollar enfisema pulmonar y tiene las mismas sustancias cancerígenas que el tabaco. Todo ello implica costos sociales que se traducen en dinero contante y sonante.  Valdría la pena preguntar: ¿Como sociedad podríamos pagar los costos en medicamentos e improductividad dentro de 20 ó 30 años?

Por otro lado, está comprobado que entre el 9 y 15 por ciento de los consumidores de cannabis terminan con una adicción no controlada. También se deben contemplar recursos para su posible rehabilitación y una vez más, esto sale del dinero de todos. Pero no solo eso, países como Holanda, quien tiene lustros con políticas de despenalización de drogas tiene proporcionalmente el mayor porcentaje de jóvenes con adicciones de Europa. Tiene el más alto índice de consumo de cocaína entre los 14 y los 16 años del viejo continente. Cifras que nos hablan del fracaso de las políticas permisivas.

Finalmente y no menos importante, el mercado negro  y sus consecuencias violentas no se terminan, pues necesariamente tendría que haber una regulación sobre cantidades, edad de consumo, quienes la pueden vender y a qué precios. Y para escapar a estas restricciones volvería a generarse un mercado negro, situación que, por ejemplo, vive Holanda.

Legalizar o no cualquier droga no es un tema de sólo libertad individual o de cambiar de estrategias en la lucha contra los grupos del crimen organizado. También se deben analizar los costos en salud, el incremento de personas adictas y baja de productividad que se generan como país. Con estos ojos debemos analizar el fallido fallo de la Corte. Pues al paso de los años, este precio lo pagamos como sociedad.

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