Opinión

Falsificaciones

Sólo para nostálgicos…

Por: Salvador Rangel

De acuerdo al diccionario, “falsificar” es adulterar, fabricar algo falto de ley. Pero, tal parece que el ser humano tiende a la falsificación, prácticamente de todo, desde frases de amor que no se sienten hasta obras de arte, pasando por documentos.

Casi de todos es conocida la “Universidad de Santo Domingo”, sí, la plaza que está en las calles de Belisario Domínguez, esquina con Brasil, en la ciudad de México, se llama así por la iglesia de Santo Domingo.

Lugar donde hace años estaban los “evangelistas”, personas que antes de la invención de la computadora, en una vieja máquina de escribir “Remington”, llenaban formularios de la Secretaría de Hacienda, hacían cartas de amor y escritos en general, el lugar tenía pequeñas imprentas manuales para la elaboración de invitaciones de boda, bautizos, tarjetas de presentación, etcétera.

A la par, estaba un floreciente negocio, falsificación de actas de nacimiento, cartillas del servicio militar, certificados de educación desde primaria hasta cédulas profesionales y facturas para “comprobar” ante Hacienda gastos inexistentes.

El primer paso para obtener un documento era ganarse la confianza del impresor o de uno de sus ayudantes, que discretamente están en la plaza, una vez logrado el contacto, se ingresaba al taller o lugar cercano, se solicitaba el trabajo y en algunos casos era inmediato, principalmente facturas, pero la elaboración de documentos de preparación académica y actas de nacimiento tardaba un poco más, los tratos eran a la palabra es decir, ambos confiaban uno del otro, se dejaba la mitad del importe y pagar al recibir la documentación. En algunas ocasiones tardaban dos o tres horas, tiempo suficiente para ir a tomar una copa al Salón Madrid, en la esquina de la plaza, conocida por los viejos, pero viejos habitantes de la ciudad de México, como la policlínica, debido a que hace mucho tiempo en la esquina de Brasil y Venezuela, estaba la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, de tal suerte que los futuros médicos decían que iban a la policlínica, para disfrazar que estarían en la cantina.

Y dentro de los grandes falsificadores, no puede dejarse de mencionar a Enrico Sampietro, un verdadero artista en la falsificación de billetes, toda una leyenda de 1930 a 1940, por 1934 detectaron billetes de 20 dólares falsos; Sampietro fue detenido en 1937 y sentenciado a ocho años de cárcel en Lecumberri, ahí conoció a un grupo de cristeros, que pertenecían a una organización llamada “La causa de la fe”, quienes le ofrecieron fugarse de la cárcel siempre y cuando apoyara con sus falsificaciones a la causa, acepta y el 20 de julio de 1941 escapa.

Inició la falsificación de billetes nacionales de 50 pesos. El criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón, comprobó que únicamente esa depurada técnica correspondía a Sampietro, a quien distinguía con el mote de “El príncipe Enrico Sampietro”; le siguió la pista durante ocho años, fue detenido en Iztapalapa, en el DF, lugar donde habitaba y según dicen, se preparaba para representar el papel de Cristo en la tradicional conmemoración de Semana Santa.

Y cuenta una leyenda urbana, que ya instalado en Lecumberri sin la zozobra de ser detenido, ahí de tiempo completo se dedicó a su arte: falsificar billetes, con la ayuda de celadores y autoridades. La otra leyenda urbana es que lo sacaban de la cárcel para trabajar como asesor del Banco de México y establecer medidas de seguridad contra falsificaciones. En 1961 cumplió sus condenas, por evasión y falsificación, fue liberado en 1961 y deportado a Francia.

El arte de la falsificación de Sampietro no era producto de la casualidad, su padre fue escultor y su tío grabador. Su vida está llena de hazañas, tal vez producto de la fantasía. Su padre lo descubrió falsificando papel moneda, por lo que lo envío al ejército durante la Primera Guerra Mundial y obtuvo la Cruz de Lorena; en una apuesta de póker en Colombia se ganó el pasaporte de un italiano “Enrico Sampietro”, nombre con el que ingresó a México en 1933, ya que su verdadero nombre era Alfredo Héctor Donadieu.

Y la historia se repite, ahora la falsificación de billetes de 500 se ha incrementado en un 239 por ciento en los últimos seis años y en los mil pesos sólo del 160 por ciento. La sanción por falsificar papel moneda es de 12 años en prisión.

Y los nostálgicos, dicen cómo hace falta “El príncipe Enrico Sampietro” para que asesore a los impresores de billetes del Banco de México. Para que la cuña apriete debe ser del mismo palo.

rangel_salvador@hotmail.com

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