Familiares desaparecidos

Eran jóvenes los que conducían la reunión, aunque éramos más las mujeres viejas. No me extrañó, pese a que son muy cuestionados porque se la pasan pegados a su celular o en fiestas. Será que he tenido suerte. Pero hoy veo más activa a la juventud que cuando yo era de su edad. Eso ya es otro cantar.
Los muchachos lamentaron que no asistieran representantes del gobierno. Se quejaron porque, como dijeron, esa gente gana sueldos muy altos por trabajos que ni hacen ni se merecen, aunque el pueblo les ponga la oportunidad en “bandeja de plata”.
Silvia -de 75 años- habló en nombre de “Las abuelas”. Le tocó dirigir la reunión. Inició con su historia. No quería ni mencionar el nombre del cacique, pero tuvo que hacerlo (teniente Francisco): las otras lo tenían bien identificado y le exigían que hiciera público al milico. Carmen, Sivia y las demás estuvieron bajo su yugo mientras él abusaba de ellas. Las castigaba por quejarse, y las torturaba a diario, igual que a sus esposos. Una vez, por intentar fugarse, el teniente mandó matar a 23 de la comunidad, entre ancianos y gente madura. A mitad de esa noche, cinco mujeres se escaparon, en busca de una brigada cercana. Por suerte, el que estaba al mando de ella las oyó y las protegió.
Al saberse a salvo, le dijeron al jefe que la gente se organizaba como para guerra, aunque sin armas ni estrategias. Lo que buscaban era cuidar a sus familias. Pero los enemigos sí que usaron tácticas de combate: atraparon a esposos y abuelos de la comunidad y quemaron las casas. Niños y mujeres se quedaron en el desamparo total. Luego, también a ellas se las llevaron, para su ignominia. En lugar de mejores opciones, se prolongaron las pesadillas. Trabajaron sin descanso, a fuerza de golpes y desprecio por complacer a la soldadesca que las dejaba viudas; tenían que alimentar con dinero propio a los militares, antes que a sus propios hijos; soportaron desprecio y maltratos de su comunidad (víctimas por partida doble: por los agresores y por los suyos), que las juzgaban como si sirvieran a los soldados por gusto. “Las mujeres nos dolíamos en silencio. Sufríamos desprecio y golpes. No denunciábamos, no podíamos contar nuestra ignominia. Tampoco hubo quien quisiera oírnos: varias murieron por las agresiones de sus abusadores. Otras se fugaron. No sabemos si han logrado lo que buscaban. Nosotras los encontramos a ustedes”.
El rostro de gente de la brigada se surcó con lágrimas de vergüenza, junto con la memoria de algunas. El jefe formó un destacamento; le ordenó ir por los violadores y asesinos. Aun con algunas escaramuzas, los atraparon. Con beneplácito de lugareños, hoy los juzgan según leyes marciales, por haber atentado contra civiles, por haberlos sometido mediante desaparición forzada y violencia doméstica, por esclavizarlos y por haberlos asesinado.
Pese al tiempo transcurrido, la comunidad sigue hablando con rabia de los responsables. Uno recibió condena de 240 años de prisión; otra purga 120 años.
Para respaldar su denuncia, las abuelas tuvieron testigos de que las atacaron en el río (cuando iban a lavar), al interior de su propia casa o aun en el mismito campamento militar. Varios preguntaron cuánto les darían si declaraban contra los soldados; otros se negaron a hablar, “por miedo”; hubo quienes se negaron a apoyar. Para salvarse o proteger a su gente, varias se casaron con sus captores, y hoy viven a su lado, en calidad de esposas y esclavas.
Primero se denunció a los captores por genocidio y abuso. Ya en 2011, por sospechas, se exhumaron instalaciones militares. Al inicio, se hallaron 13 fosas y 56 osamentas. Siguen buscando a los campesinos asesinados, pero no hay rastros ni más pistas.
En 2016 se dictaron sentencias y medidas “para una reparación digna y transformadora” de las víctimas, recuperación de sus tierras y recursos económicos para su salud, vivienda y educación, así como para las exhumaciones hasta encontrar los restos de sus desaparecidos.
Al ganar el juicio, las mujeres que acusaban se quitaron el rebozo que cubría sus rostros e hicieron frente a sus atacantes. Al cerrar el caso, la abogada que las defendía dijo: “estas abuelas, por ser ninguneadas en su condición de mujeres, viudas, indígenas y víctimas, se han alzado para mostrar lo que sufrieron y reclamar sus derechos”.