ColumnistasOpiniónSe dice en el barrio

FIESTAS PATRIAS

Cuando arranqué del calendario la última hoja de agosto, el entusiasmo me hizo gritar: “ya entramos al mes patrio”. Mi mamá volteó sorprendida y me preguntó por qué razón me emocionaba. No respondí a su pregunta, pero le confesé que me da envidia mi hermana Sarita, porque va a participar en un bailable escolar, mientras que yo nunca pude hacer algo así: recuerdo que, en aquella época, no teníamos ni en qué caernos muertas…

Mi mamá se puso cabizbaja, como recordando con dolor esa etapa en que su esposo, o sea mi papá, se vino a la ciudad, buscando trabajo, mientras que nosotras nos quedamos en el rancho. Durante un tiempo, no supimos nada de él, si seguía vivo o ya se había muerto. Mi mamá tuvo que hacer muchas cosas para que las dos saliéramos adelante. Meses después, mi papá regresó y nos confesó que le había ido tan mal en la ciudad que, con frecuencia, tuvo que dormir en la calle. Aunque también estaba contento pues, al fin, había encontrado trabajo de velador, con un sueldo que le daba para vivir, y que ya nos podía traer al barrio. Vivimos un tiempo juntos; fue cuando nació mi hermana Sarita. Pero la vida nos tenía inquina: al poco tiempo, mi papá murió. Ahora lo extraño mucho. Después, donde la hacía de velador, le dieron a mi mamá un trabajo de obrera, y con eso nos mantiene.

En estos días de septiembre, sobre todo, me deslumbran los adornos de casas y plazas; a todo le imprimen color y alegría; vienen visitantes de otras ciudades y las calles, llenas de gente que va y viene, se ven vivas. En otras fechas del año, en cambio, la ciudad parece severa (dicen que por su pasado colonial). En septiembre, en cambio, hay fiesta en todos lados. Desde temprano, llegan a la casa de usted, escándalo, jolgorio, música de guitarrón e instrumentos de viento, así como gritos de: “¡Viva México!”. En la calle se ve a una mamá (o a algún papá,) con su niña, vestida de china poblana, que luce orgullosa trenzas y moños en la cabeza. Se ve que van a la escuela, al festejo propio de estos días.

Precisamente, el viernes pasado arreglé a mi hermana Sarita con su traje de adelita; iba a bailar el jarabe tapatío que ensayó con un compañerito de la escuela; el niño llegó vestido de charro, con su sombrero ancho y corbata tricolor. Ni se imagina usted la ilusión que les hacía bailar en el patio de la escuela vestidos así. Su entusiasmo me contagió, aunque no dejé de hacer cuentas y ver cuánto se gastan los papás en trajes y adornos para estos actos. Al ver los gestos de mi mamá, mientras arreglaba a Sarita para el bailable, adiviné sus pensamientos (“en esto se me va todo lo que gano en un mes de sueldo, pero el gusto de mi hija bien vale la pena”).

Sarita estaba contenta en la escuela, sobre todo, cuando la maestra la llevó al salón donde estaban los niños de los bailables. El maestro Juanes dirigió el “Himno Nacional”. Mi mamá y yo estábamos en un lugar alrededor del patio. En eso, me llegó el olor dulzón del perfume de ricos. Cerquita estaba una pareja. “Seguramente, son papás de un chico que, como mi hermanita, está en la escuela y en un rato más también va a bailar”, pensé. Al oído, le dije a mi mamá: “aunque sea pública, en esta escuela también hay hijos de ricos, como los de al lado”. Mi mamá hizo un gesto de fastidio y enseguida me dijo: “Pues él es dueño de la fábrica donde trabajo. Pero es de esos, con lana, que son amigos de los pobres. ¡Ya cállate, y respeta a la bandera!”.

Al acabar la fiesta escolar, regresamos a nuestra casa. También otros papás regresaban con sus hijos revolcados y sudorosos. Al final, los niños mostraron a sus papás su escuela; después, los abandonaron para irse al patio y al jardín de atrás, a jugar.

Al día siguiente, al comentar esta experiencia con mi novio, él me dijo que, en estas fechas, hay muchos antros de la ciudad con actividades por los días patrios. En algunos, se da cita sólo a potentados, que hacen sus reuniones no por festejar la Independencia de México, sino para garantizar negocios y embolsarse mucho dinero. Piensan que los buenos mexicanos lo son sólo si aprovechan estos días para obtener ganancias más altas. ¿Será?

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