Formarse sin romperse: viviendo la medicina

Ser estudiante de medicina es una experiencia tan desafiante como transformadora y llegar a ser un médico íntegro sin perderse en el proceso es el mayor reto al que, en lo personal, uno puede enfrentarse.
Entre los libros que no acaban, entrar y salir de exámenes y la presión continua de los profesores a forzarte a ser mejor, ser estudiante de medicina es vivir en la cuerda floja. Como estudiante quieres rendir al máximo, estar al día y ser competente pero como cualquier persona quieres tener amigos, convivir con tu familia y pareja, o a veces, únicamente quieres y necesitas descansar. Dormir ocho horas, comer bien, hacer ejercicio, tener una vida social o descansar en domingo pueden convertirse en lujos que no siempre nos podemos permitir.
Sin embargo, en medio del caos, algunos aprendemos una lección valiosa: no se trata solo de sobrevivir la carrera, sino de aprender a vivirla sin destruirte en el proceso. Y ese aprendizaje no ocurre de la noche a la mañana; se construye todos los días con autoconocimiento y, sobre todo, se aplica con disciplina.
He notado que la clave está en el orden y la disciplina que le pongas a tu vida. Eso define no sólo hasta dónde vas a llegar, sino cómo lo vas a lograr. Ejemplo de ello es sentarte a estudiar con calidad más que en cantidad, marcando objetivos claros pero flexibles, recompensándote al cumplir tus metas y permitiéndote descansar sin culpa. Establecer límites, saber cuándo terminar el día y respetar tus tiempos: ahí está el secreto. La continua repetición de estas acciones crea hábitos sanos que hacen sostenible el camino.
En cambio, algo que veo todos los días, muchos estudiantes viven forzados a dar el máximo sin pausas, alimentándose con grandes dosis de café y sin descansos efectivos. El rendimiento termina disminuyendo, y esa rutina, lejos de ayudar, solo genera malos hábitos que a la larga pasarán factura.
No se trata de vivir en extremos pero sí que la mayor parte de las acciones y actividades se enfoquen en lograr el equilibrio.
La motivación no es lo mismo que la disciplina pero la disciplina se puede construir en base a impulsos positivos como la motivación. La motivación está por todas partes: en quienes nos incitan a ser mejores y confían en nuestro proceso de aprendizaje, en los profesores y médicos que nos inspiran y, sobre todo, en el fin al que le tenemos que rendir resultados: en los pacientes. Porque ellos son la razón de nuestra vocación. A veces olvidamos que todo lo que hacemos, lo hacemos por y para ellos.
Encontrar el equilibrio no es fácil, pero tampoco imposible. Significa saber cuándo decir no, cuándo pedir ayuda y cuándo parar sin culpa. Significa entender que no somos máquinas sino personas que también deben cuidarse para cuidar a otros. Y cuando pierdas el rumbo, recuerda por qué estás aquí, por qué estudias todos los días y para qué te servirá todo lo que ahora parece demasiado.
Y al final, cuando logras mantenerte en pie sin perderte a ti mismo en el intento, descubres que no basta con saber medicina. También hay que saber vivirla.
Estudiante de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Querétaro.



