Opinión

Fragmentos

Por Ricardo Rivón Lazcano

Uno

Hace muchos años leí algo: que elevar los estándares de educación no sirve de nada si los estándares en cuestión no son válidos o son incorrectos.

Dos

Hans Magnus Enzensberger me impresionó con aquel libro sobre el perdedor radical. Por alguna razón la condición radical de tal perdedor me recuerda aquella escena de la película El Padrino, cuando en las calles de La Habana un guerrillero hace explotar una granada que lleva oculta en el cuerpo, aniquilando a su objetivo, un dirigente del régimen de Batista. El comentario de Michael Corleone, observador privilegiado del acto, refiere que ha llegado la hora de la retirada: cuando están dispuestos a morir por una causa, su victoria está cercana.

Tres

Es sabido que la lucha de clases ha conocido días mejores. En un panorama temporal previsible, el capitalismo –digital o no– ha vencido. No por ello han desaparecido los antiguos conflictos, pero están tan minúsculamente fragmentados como si precisamente los asalariados se hubieran apropiado del mandamiento neoliberal de la privatización. Podría hablarse de luchas de clases atomizadas que se desarrollan en todos los escenarios de segundo orden imaginables.

A esto se añade una complicación más. A los conflictos económicos de distribución, se superponen desde hace mucho tiempo nuevos mecanismos culturales de exclusión. Hasta ahora, el capital cultural se repartía de modo análogo al de la distribución en capas sociales. La burguesía dominaba la alta cultura y los mecanismos de formación que aseguraban su hegemonía; la pequeña burguesía invertía en la formación de sus retoños para mejorar sus posibilidades de ascenso; los obreros especializados adquirían una cualificación que aseguraba sus puestos de trabajo, y los iletrados debían conformarse con un mínimo existencial en lo cultural. Esta distribución específica por capas ha desaparecido.

Cualquiera de nosotros conoce a un hombre de negocios analfabeto y a un taxista ilustrado. La educación, o lo que se considera como tal, no tiene nada que ver con la estructura de ingresos o el nivel de vida.

La flexibilidad se considera la más alta virtud cardinal. Complementariamente se exigen agresividad, movilidad y la voluntad de seguir aprendiendo diligentemente durante toda la vida. Quien no pueda aguantar este tren será marginado. (Enzensberger)

Cuatro

Vivir es “una sabia o torpe mezcla de determinismo e invención”: ni pura norma ni simple capricho. Para vivir, para la creación ética, contamos con las mismas herramientas que para la creación estética: la inteligencia y el deseo.

Con frecuencia, la filosofía moderna ha considerado que la categoría moral por excelencia es el deber. Los deberes no surgen en primer lugar, sino después, en la reflexión ética. Lo primero son las capacidades. Hay una distinción entre moral y ética. Aquélla es uno de los hilos que trenzan el tapiz de la cultura, como el lenguaje, la literatura, el arte o las creencias religiosas; la llegada a una sociedad supone recibir una moral llena de contenidos implícitos. La ética se constituye como el piso de arriba de la moral, su horizonte de comprensión, en forma de una actividad siempre creadora.

Ahora bien, ¿todas las morales son iguales?, “mantenerse en un relativismo moral es más fácil de palabra que de hecho”, “hay criterios que permiten evaluar las normas morales, hay un modelo de sujeto justificable como la mejor posibilidad humana y puede descubrirse un contenido de la felicidad que no se diluya en la infinidad de gustos privados”. ¿Y quién juzga a la moral? La ética.

Si uno no quiere naufragar, ha de conocer, por ejemplo, la ética de Hume, y tener nociones de Spinoza y los racionalistas, y de Kant.

Ética para náufragos es un formidable argumento, que sólo alcanza a comprenderse por completo al llegar al final, como en las buenas novelas de intriga. (JAM).

rivonrl@gmail.com

 

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