Opinión

Francisco, el jesuita

Por: Rafael Vázquez

La Iglesia católica pasa por un momento difícil. Y no sólo es proceso derivado de la renuncia de un Papa –situación que tenía 600 años sin suceder–, hoy en día el descrédito que vive dicha institución deriva de sus posturas obstinadamente conservadoras.

Las denuncias por pederastia, por predicar contra la homosexualidad pero ejercerla en las misma santa sede, el lavado de dinero en el Instituto para las Obras de Religión (IOR, también llamado “Banco Vaticano”) acusación que ya en los años ochenta probó no ser tan alejada de la realidad y la silenciosa complicidad con regímenes dictatoriales alrededor del mundo hacen mella en su imagen.

Pero no sólo es eso, diversos sondeos y censos indican que la población mundial de creyentes católicos no está aumentando y que en contraste, aquellos que se dicen religiosos no están cumpliendo con asistir a la liturgia.

¿En qué le afecta al Vaticano? En sus ingresos. La Iglesia tiene tres fuentes de financiamiento; las donaciones en dinero y especie –como el trabajo de sacerdotes y monjas–, la renta de las considerables propiedades y las inversiones que posee y finalmente la donación de capital proveniente de algunos Estados.

La renuncia del Papa pasado mucho tendría que ver con su incapacidad para gobernar las cosas al interior del mismo. Las filtraciones de documentos en los cuales se exhibe la corrupción (Vatileaks) apuntan a Gotti Tedeschi, el mismo mayordomo personal de Benedicto XVI, como el que proporcionó los documentos. Según sus propias declaraciones, temía por su vida debido a sus constantes roces con el Secretario de Estado Vaticano: Tarsicio Bertone y con el director del IOR, Paolo Cipriani.

Por primera vez la justicia italiana está investigando directamente el manejo sospechoso de millones de fondos que posiblemente provienen de mafias. ¿El Vaticano ha servido para lavar dinero? ¿La corrupción al interior habrá forzado a Benedicto XVI a renunciar? ¿Está en crisis una de las instituciones religiosas más grandes del mundo?

De ese tamaño es el desafío con el que se encuentra el primer Papa latinoamericano: el ex cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio.

El reto del Papa Francisco –como así se hizo nombrar– es enorme. No sólo por las redes de corrupción tejidas al interior del Estado que ahora irá a gobernar, sino por las graves acusaciones que hay en su contra por el papel desempeñado durante la dictadura militar en Argentina, así como declaraciones muy homofóbicas ante la legislación que en su país aprueba el matrimonio entre homosexuales.

Uno de los periodistas más importantes de la Argentina, Horacio Verbitsky, en su libro “El silencio” retomó algunas declaraciones en las que se involucraba a Bergoglio como colaborador directo de la dictadura militar, proporcionando nombres e incluso entregando a algunos sacerdotes jesuitas.

Las revelaciones apuntan sus dedos hacia él por tener una situación privilegiada en la iglesia durante la dictadura de Videla, además ha sido llamado varias veces por la justicia argentina y aún teniendo una áspera relación con los Kirchner, ha sido absuelto de todo tipo de cargos y complicidades.

Por otro lado, las declaraciones de Rodolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz y reconocido activista por los Derechos Humanos, defienden al pontífice: “Los que lo conocemos sabemos que es un hombre de diálogo. Esperamos que nos ayude a encontrar la paz entre nosotros” y celebró con “alegría y orgullo” la noticia.

Alrededor de Bergoglio rondan también testimonios de la humildad en su actuar y su acercamiento con las clases más humildes y desprotegidas. Basta entrar al sitio de la Agencia Informativa Católica Argentina (AICA) y buscar algunas de sus homilías y documentos para descubrir que si bien su postura en temas delicados –como el de la homosexualidad– es muy conservador e incluso ronda lo homofóbico, su compromiso en el tema de trata de personas, de la pobreza y la corrupción lo ubican como un cardenal abierto y comprometido.

Pareciera ser que la selección de dicho cardenal viene a apuntalar un poco los cimientos de una institución que va en declive. La Iglesia tendrá que renovarse y pareciera ser que el mandato del primer Papa latinoamericano apunta más a aquel de Juan XXIII o de Pablo VI con los cuales, gracias a su compromiso social y apertura, afloró la teología de la liberación en nuestras tierras.

Bienvenido, Francisco, si tu compromiso es con aquellos con los que compartiste un mate, sentado en el piso en las villas miserables de la Argentina y no con los que te rodean junto a tu silla de oro.

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