Opinión

Futbol, historia y explicación de la maldición de la derrota

AMOR, HUMOR Y MUERTE

Por: Edmundo González Llaca

Con voz sonora que trasluce un gran orgullo, el taxista me dice: “Tuvo suerte, es el último día que trabajo”. Su juventud lo delata y no parece merecedor de una jubilación. Agrega con ese mismo tono de presunción: “Dejo de trabajar todo el Mundial de futbol”. No puedo evitar mi envidia y le pregunto: “¿Hizo algunos ahorros para dedicar todo un mes exclusivamente a ver futbol?”. Responde: “Ninguno, pero ya veremos mi esposa y yo cómo le hacemos. Los chavos se aguantan y también la gozan”. Para responder el reproche implícito de mi pregunta y justificar lo que a todas luces es una irresponsabilidad, agrega: “Después de todo, valen la pena algunas pobrezas, pues el Mundial es cada cuatro años”.

Creo que la división de la humanidad puede resumirse en dos: por un lado, entre los pueblos que aman ser industriosos, utilitarios; anhelan la riqueza, los progresos materiales; la certidumbre en la vida. Por otro lado, los pueblos que aman el juego, el reconocimiento, pero en competencias con posibilidades iguales de ganar; desdeñan las necesidades de la sobrevivencia; pueblos que apuestan por la libertad, la espontaneidad; disfrutan de una alegría a la orilla del “valemadrismo”. No hay ninguna duda en dónde ubicarnos.

A los germanos el juego les servía como un medio adivinatorio; se jugaba antes de las batallas para consultar la veleidosa voluntad de los dioses. Prefiero la idea hindú de que toda la creación es un juego de Dios (abro este paréntesis para rogar: ¡Ay, Diosito! no me saques en los próximos diez años la tarjeta roja). Para la cultura hindú, el universo es el patio de recreo del Dios supremo. El gran fin de la espiritualidad es convertir toda la vida en juego.

En el principio, el futbol se jugaba con la cabeza. Sí, con la cabeza de un ser humano previamente separada de su cuerpo. Se cuenta que en épocas muy remotas, en guerras todavía de piedra y lanza, a alguien se le ocurrió cortarle la cabeza a uno de los caídos y arrojarla hacia los enemigos. Esta puntada macabra, lejos de sembrar el pánico, despertó el sentido lúdico de los combatientes, y la cabeza en cuestión empezó a ir y venir entre ambos bandos. Los jinetes, para no desentonar, la impulsaban con una vara; los de infantería, con el pie. Así surgieron -no falta quien lo asegure- el polo y el futbol.

Esta versión de que el fútbol tiene su origen en un juego de guerra se da por buena. Si la guerra es la continuación de la impotencia de la política, el futbol es, en cambio, el sustituto de la guerra. Desde luego que hay algunas similitudes entre cierto tipo de guerras y el futbol, y en especial el de una Copa Mundial como ésta que ahora se disputa: los bandos se preparan con tiempo y acuden con ánimo de ganar; entran en el juego la identidad colectiva, las banderas, la vestimenta, los accesorios, los himnos nacionales, los ánimos combativos, el prestigio de naciones y sistemas políticos, la gloria y la soberbia de ganar y la tristeza de perder.

Estas versiones del futbol le dan la razón a Borges en un sentido, cuando escribe: «El futbol es un invento postcolonial que sustituye a las peleas de cuchillo”. Efectivamente, el futbol es violento y los cuchillos tienen otros disfraces, pero su invento se remonta más allá de la época postcolonial.

En nuestras culturas prehispánicas, el juego era importantísimo; no hay pirámides que no tengan al lado una cancha rectangular; en el centro, un círculo de piedra, y el objetivo era meter la pelotita, durísima. No se permitía usar las manos y era evidentemente más difícil que el futbol. A los lados, unas gradas; por el tamaño y la reducida población de entonces, podemos deducir que era, tal como ahora, un juego auténticamente de multitudes.

El juego prehispánico era algo más que un juego, representaba todo un drama cósmico y contradictorio en el que se jugaba para ganar, y el premio: la muerte. Los que participaban gozaban con el privilegio de ser ofrendados a los dioses. Si el juego, el trabajo y la religión son pilares de la cultura y en esa condición reflejan el carácter de los pueblos, nuestros ancestros premiaban al revés a como lo hacemos ahora. Hoy por hoy, el ganador recibe todo tipo de reconocimientos y recompensas para disfrutar de la vida como le plazca.

La Selección actual es una excepción, pero nuestros futbolistas nos han habituado a perder; la razón es que los jugadores no habían logrado borrar de su disco duro que si ganaban, los matarían. Lo más probable es que los jugadores, en lugar de ver primas jugosísimas cuando estaban frente a la portería desguarnecida de nuestros rivales, observaban piedras sacrificiales y puñales de pedernal ensangrentados; en lugar de escuchar los gritos eufóricos de los fans y los locutores, les parecía escuchar sus últimos gemidos.

“Jugar con todo para ganar y gozar de la muerte“, sería la consigna de nuestros ancestros, y tendría como lógico correlato moderno: “Jugar como nunca y perder como siempre”. Ante estas remembranzas heredadas de nuestro genoma indígena, mejor tiraban el penalti fuera de la portería o lo daban a las manos del portero.

No lancemos las campanas al vuelo, pero por los dos partidos jugados, la selección actual de futbolistas parece ya haber exorcizado nuestros fantasmas originales causantes de nuestras derrotas. Guillermo Ochoa, evitando goles cantados, y todo el equipo haciendo ver a los brasileños como magos con trucos de un viejo circo, recuperan la actitud de una generación de futbolistas que no temen al triunfo y confían que la suerte, forma sutil en la que se manifiestan los dioses, también está inventada para estar de nuestro lado.

Aún en la remota posibilidad de que Croacia nos elimine de fea manera, el futbol ya no puede, ya no debe ser para los mexicanos una tragedia cósmica donde la fatal conclusión del juego es invariablemente la muerte, sino que se trata de una fiesta en la que se lucha por la gloria y se celebra esplendorosamente la vida. Sólo bajo esta convicción nos convertiremos en un pueblo de ganadores.

Espero sus comentarios en www.dialogoqueretano.com.mx donde también encontrarán mejores artículos que éste.

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