Opinión

Gabo: el olvidado inolvidable.

Por: Rafael Vázquez

América, un terreno fértil para los dolores y los sueños. Invadida, saqueada, conquistada, liberada, reconquistada, oprimida, explotada, vilipendiada y un millón de veces amada.

La ocupación de esta tierra ha sido un proyecto desolador de occidente, que no ha podido llevarse a cabo debido a las grandes parcelas sembradas con utopías e historias que se hacen realidad; tunas que emergen dulces del nopal espinoso, lecciones de amor y humanidad en cada resquicio polvoso de la América devastada por la mano del hombre.

En este continente colonizado, intentaron destruir conocimiento ancestral que de norte a sur hacían latir las tradiciones y valores de todos los pueblos originarios, nuestros escritores fueron los encargados de rescatar y construir nuevas interpretaciones; visiones del pasado y del futuro que construimos y nos reconstruyen.

Imprescindible no olvidar a los sembradores, y como lo dijo Borges al hablar de los escritores: Un escritor del pasado puede prefigurar a uno del presente “pero la deuda es mutua: un gran escritor crea a sus precursores. Los crea y de algún modo los justifica” y en ese afán no podemos ignorar el terreno fértil abonado por García Márquez.

Más allá del gran arsenal de anécdotas que están brotando sobre su vida y obra, el legado de “Gabo” -como cariñosamente lo llamamos todos los que lo hicimos nuestro amigo al leer sus obras- brota como espuma al descubrirnos en sus novelas: “¿quién no ha re-encontrado, en la genealogía de Macondo, a su abuelita, a su novia, a su hermano, a su nana?», pregunta Carlos Fuentes en su libro “La gran novela Latinoamericana”.

Y es que la obra de García Márquez presenta a hombres extraordinariamente humanos que se convierten en leyendas por su franca imperfección; ¿a dónde han ido los hombres tercos que se necesitan para llevar a cabo las tareas más ambiciosamente ridículas planteadas por el realismo mágico? ¿Con qué material podríamos construir a las cualidades humanas más puras si no es con el cascajo que dejaron los actos genocidas perpetuados contra los indios? ¿Cómo delinear al americano si no es con el barro cocido con la misma sangre de las dictaduras del siglo XX?

Gabo construye a sus personajes del modo en el que Dios hace a los hombres; con tierra sucia y un soplo divino, en este caso, de soledad y esperanza. Cien años de una estirpe condenada a desaparecer, cincuenta de un terco amor que culmina en una barca al más allá, tres lustros de espera ante una pensión que quizá jamás llegaría pero que valdría la pena comer bosta antes que renunciar a la misma, una novela de distancia que preserva vivo, intestinos en mano, a un caballero que presuntamente deshonró a una dama, o por el contrario, diez días del hombre contra la muerte en la cual el primero se lleva la primer batalla al sobrevivir a las probabilidades sobre una balsa.

La terquedad ante la vida y la muerte es sólo uno de los vértices desde los cuales podemos analizar la obra de un escritor que amó su tierra americana por suministrarle las herramientas necesarias para la construcción de su obra, la universalidad de sus escritos se sublima en estos tiempos en los que el dolor es la moneda corriente que pagamos por nuestro estilo de vida.

Gabriel nos construye enteros, con errores y defectos tan simples que nos condenan a fríos índices de miseria que el continente sigue teniendo a pesar de los constantes aires de cambio por los que se ve arrastrado de vez en vez, pero también rescata a la nobleza humana ante la tormenta, por ello le llaman realismo mágico, la historia de las naciones y sus hombres persiguiendo mejores futuros suena en estas tierras desérticas como una tarea épica.

Sus libros colaboran a la tarea titánica de remendar una América mestiza, en la que el colonizado tiene que aprender a leer su pasado y presente, desmitificando el primero para asimilar lo que le sirve del segundo: los condenados de la tierra, como lo dijo FrantzFanon y fue retomado por Poniatowska al recibir el Premio Cervantes 2013: su literatura hace que nos crezcan alas… hacen que nos crezcan flores en la cabeza… y aunque esas alas son chamuscadas en la tiranía de la explotación del hombre, no podemos dejar de maravillarnos al encontrar las palabras exactas que Gabo utiliza para levantar el espíritu entre la ceniza y la basura.

América Latina le dio dolores, perdón, le sigue dando dolores a los millones de precursores que, hallando sentido en las palabras de Borges, seguimos justificando -y escribiendo- sobre la esperanza; así, cuando dolor arrecia, cuando menos llega la comida a los hogares de los 165 millones de pobres, cuando la ola de migrantes que comienza desde la misma Patagonia se estrella contra el muro infame en la frontera norte de México, más encontramos los motivos para hallarle la magia al mundo, la utopía necesaria que se deja entrever y que acompaña al humano desde épocas tan remotas como el mismo instinto de supervivencia.

Mientras halla mil millones de personas sobre la faz de la tierra que vivan con menos de un dólar al día, el realismo mágico será una de las puertas que avizorarán un mejor mañana para esta humanidad tan avasallada por el miedo y la desesperanza. Gabriel está en la mente de cada lector que apreció el sentido estético de su obra, pero también vive en los instantes más difíciles de los más olvidados.

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