Opinión

Gabriel Quadri, intolerancia calculada

Por Ricardo Rivón Lazcano

Insiste y machaca que no es político pero hace política. Competir por alcanzar el poder de la Presidencia de México es política pura. No es un político, dice, e implícitamente acepta toda la carga valorativa que significa ser postulado por el Partido Nueva Alianza, el partido de la maestra Elba Esther Gordillo, una de las políticas más “exitosas” de todos los tiempos mexicanos. También una de las personas más despreciadas del país.

Gabriel Quadri asistió la semana pasada a la Universidad Autónoma de Querétaro con la finalidad, no podría ser otra, de promover el voto a su favor en las elecciones presidenciales del próximo mes de julio.

No sabemos qué pasa por la cabeza del candidato, pero podemos suponer que, por el solo hecho de presentarse como “no político”, como un ciudadano genuinamente preocupado por transformar nuestro país para mejorarlo, por ese solo hecho, insisto, considera que debe ser objeto de aclamación y aplauso. Supongo que la posibilidad de ser sujeto de reclamo abierto o mediante gritos y consignas hacer visible su juego político, su simulación, no forma parte de su esquema mental y valorativo, su juicio y razonamientos no dan para ello.

Dice Jesús Silva-Herzog: “El diálogo democrático no es una conversación con café y galletitas: es un encuentro y muchas veces un encontronazo de valores, ideas, intereses y pasiones. Más que el hallazgo de la conciliación a través del coloquio, es una enemistad a duras penas amaestrada: rivalidad contenida”.

Dijo Quadri: “… en la Universidad Autónoma de Querétaro un grupo de provocadores quiso reventar la reunión con los estudiantes. Quisieron, desde luego, en forma organizada, frenar el diálogo, interponerse al intercambio de ideas, descalificar… Es una táctica fascista. Así hacían los fascistas en Alemania, en Italia y España para reventar el diálogo.

“Yo hago votos porque no vuelva a ocurrir, que no ocurra este movimiento de intolerancia que se está empezando a gestar en el país y que es más peligroso para la democracia”,
El cálculo está en que a los únicos que acusó de la acción fue a los simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador.

El argumento utilizado es una de las falacias más conocidas y tristemente más socorridas en una cultura política como la nuestra: el argumento ad hominem. Quadri lo utilizó en dos modalidades simultáneas: la descalificación de López Obrador a través de sus jóvenes simpatizantes y, la descalificación de todo un sector y una forma de manifestación de ideas, por fascista, dando a entender que el fascismo es malo, tan malo (¿o AMLO?) como lo fueron Mussolini, Hitler o el propio Stalin.

Por donde quiera que se le vea estamos ante una expresión intolerante e irresponsable: unos jóvenes manifestando sus afectos políticos nada tiene que ver con las terroríficas matanzas de los campos de concentración o las purgas humanas que costaron decenas de millones de vidas a mediados del siglo pasado.

El debate en democracia –menciona Silva-Herzog– nunca será un pulcro intercambio de razones porque la política no es un territorio esterilizado donde rivalizan los silogismos en busca de la verdad. Toda política enciende entusiasmos y remueve abominaciones, genera esperanza y provoca temor. Al lado de los argumentos hay gritos; las razones no suprimen los prejuicios; la reflexión individual y las obsesiones colectivas se entrelazan y se confunden.

Quadri, con su intolerancia calculada, no solamente descalifica sino que, en un acto descaradamente político, simbólicamente reprime la libertad de expresión de los jóvenes universitarios. Nada nuevo bajo el sol, un lobo más.

 

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