Opinión

García Márquez y mi generación

A Ishel Mendoza, ávida lectora y excelente amiga

Por: Jesús Flores Lara

Mi generación, los que entramos a estudiar a la preparatoria a principios de los años ochenta, gradualmente se fue involucrando en las lecturas de moda de ese entonces:El laberinto de la Soledad, de Octavio Paz;El Llano en llamas, de Juan Rulfo;La región más transparente, de Carlos Fuentes; los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda; y Crónica de una muerte anunciada,de Gabriel García Márquez. Todavía en esos años la obra era más importante que el autor, a veces leíamos el libro sin saber mucho de su autor ni sus circunstancias. Era un tiempo en el que los “mass media” no eran tan determinantes en los gustos del público y en la difusión de la vida personal de los autores. La lectura era por placer y porque era una forma de entretenimiento.

Mi libro de Español de tercer año de secundaria, que aún conservo por sus magníficas lecturas, no incluía desafortunadamente a Gabriel García Márquez, a pesar de que el colombiano ya había escrito sus más grandes obras, Relato de un náufrago, El coronel no tiene quien le escriba y su novela cumbre Cien años de soledad. Aquel libro de texto de secundaria, en cambio, traía a los clásicos españoles Gustavo Adolfo Bécquer, Juan Boscan, Garcilaso de la Vega, Gutierre de Cetina, Lope de Vega y, por supuesto, a Miguel de Cervantes Saavedra. Incluía algunos fragmentos de textos de escritores mexicanos como Manuel Gutiérrez Nájera, Ignacio Manuel Altamirano, Ramón López Velarde y Jaime Torres Bodet. Leer a los “clásicos” españoles y mexicanos tal vez fue la mejor antesala para descubrir el realismo mágico y el boom de la literatura latinoamericana: Pedro Páramo, Aura, El perseguidor, Piedra de sol, Las batallas en el desierto y Cien años de soledad.

A partir de entonces, Gabriel García Márquez entró en las lecturas de mi vida cotidiana, y más allá de sus obras, el oriundo de Aracataca se volvió un referente por sus declaraciones y sus enseñanzas. Cada obra, además del placer de la lectura, va dejando un aprendizaje, de El amor en los tiempos del cólera quedará para siempre una enseñanza de carácter existencial “es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites”. Con García Márquez crecimos culturalmente y mi biblioteca se llenó de libros, sus últimas obras, que si bien no alcanzan la excelsitud de las primeras, fueron esperadas con ansias a las afueras de las librerías. Vivir para contarla nos deja entrever que la vida no es la que vivimos sino que ésta es un invento de cada hombre. En su penúltimo libro,Memoria de mis putas tristes, nos enseña que cada quien recuerda sus amores y desamores, sus manías y sus pasiones.

Hace casi dos años, cuando Julio Scherer publicó el libro Vivir, con una gran pena y tristeza leímos que el hombre que hizo de la memoria, cuentos y novelas magistrales, gradualmente iba perdiendo su memoria con el tiempo. El Nobel olvidaba situaciones obvias como la muerte de Susana, la esposa de Scherer; por ello don Julio sabía que esa mañana de mayo de 2012 sería la última vez que lo vería, para despedirse de una manera muy personal le pidió un regalo “un objeto de su vida de todos los días”.García Márquez le regaló un ejemplar de Cien años de soledad dedicado por la Real Academia Española de la Lengua al propio Gabo.

En el prólogo a los Doce cuentos peregrinos, García Márquez sueña su propia muerte como una fiesta donde se encuentra con todos sus amigos, solemnes y de luto, pero dichosos por estar juntos; al terminar la ceremonia todos se empiezan a retirar, pero él no puede irse porque para él se acabó la fiesta. Termina diciendo: “morir es no estar nunca más con los amigos”. Tal vez no habrá una segunda oportunidad sobre la tierra, pero el infinito universo que gira con una precisión matemática le dará a García Márquez la oportunidad de contar a sus amigos, que han partido antes que él, las historias de estos últimos días, las mariposas amarillas cayendo del Palacio de Bellas Artes, el cielo lluvioso el día de su partida, el torrencial de letras que se escribieron como homenaje a un hombre de su altura y el agradecimiento de mi generación por su obra y sus enseñanzas.

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