Opinión

Garzón, el juez cojonudo

Por Juan Carlos Martínez Franco

El mundo está de luto. Garzón es hoy un criminal.

Prevaricación –o «perversión de la justicia»– es una de las peores cosas que se le puede imputar a un juez. Es justo lo que le han imputado a Baltasar Garzón, el alto magistrado español. Quizás esté pensando muy teatralmente, pero esto parece ser una tragedia perfectamente trazada: un hombre que, a pesar de actuar con responsabilidad y con un sentido inmenso de la justicia, es condenado por la hybris de la cúpula del poder.

La cacería de Garzón puede reducirse a dos ejes: por la investigación –supuestamente ilegal– del asesinato de 114 mil personas en la Guerra Civil y bajo el subsecuente régimen autoritario de Franco, que se extendió por 36 años; y por la investigación –incluyendo métodos «poco convencionales»– de una red de corrupción profundamente arraigada en el Partido Popular (PP), al que pertenece el actual Primer Ministro, Mariano Rajoy.

 

En el primero se le acusa de no acatar las leyes de amnistía declaradas en 1977, y el principal acusador es el grupo de extrema derecha Manos Limpias, herederos de la política falangista (su actual dirigente, Manuel Bernad, fue secretario general del Frente Nacional, una organización neo-franquista). Un país permanece dividido –en muchos sentidos mutilado– después de una guerra civil y de la subsecuente ausencia de libertad propia de la dictadura. España aún lo está. Hablar de la Guerra Civil es todavía doloroso, un tabú. Y sin embargo, el miedo de la sociedad, que hasta hace poco todavía cargaba con el estigma de la represión violenta, ha ido cayéndose en pedazos: los que piden justicia y verdad hoy son los nietos de las víctimas.

El segundo caso –conocido como el Caso Gürtel por el apellido del principal inculpado, Francisco Correa («Gürtel» se traduce como “cinturón”)– fue destapado por el periódico El País y subsecuentemente investigado por Garzón, puesto que presuntamente están involucradas 23 grandes empresas y el partido de derecha más importante en España, el PP, por sumas inabarcables; el problema radicó en que, para lograr condenar a los responsables de este crimen sin precedentes –soborno, lavado de dinero, evasión de impuestos y licitaciones ilegales en varias comunidades gobernadas por el PP–, Garzón mandó intervenir líneas telefónicas, lo cual es de hecho legal en circunstancias extremas y sólo cuando es ordenado por un magistrado del nivel de Garzón. A pesar de esto, la sentencia de este caso fue de 11 años de inhabilitación del ejercicio judicial por, justamente, prevaricación y vulneración de la intimidad. (Si no fuera suficiente se suma un tercer juicio –ya desestimado–: por haber recibido dinero ilegalmente de Banco Santander, el banco más grande de España.)

El que investiga los crímenes es, irónicamente, ahora el criminal.

La corrupción no se encuentra sólo en México, ni en los países subdesarrollados.

Casi 10 mil personas reunidas en protesta en Madrid. El eco más resonante en la voz de estos indignados: «justicia y vergüenza». 10 mil es un número considerable, pero no es suficiente.

La ONU apoya a Garzón.

¿Y qué nos importa a nosotros?

Internacionalmente, Baltasar Garzón ordenó la captura de Pinochet por el asesinato y tortura de ciudadanos españoles en su gobierno, de la misma manera que a varios represores de la dictadura argentina del 76 al 83. (Por cierto, la lucha por la «memoria histórica» y en favor de la nulidad de las leyes argentinas de Punto Final y de Obediencia Debida, que declaraban la imposibilidad de castigar los crímenes cometidos dentro de la época del «terrorismo de Estado», fue un antecedente directo de la lucha actual por la memoria de las víctimas del franquismo, que incluye, a partir de la promulgación de la Ley de Memoria Histórica en el 2007, la exhumación de fosas comunes y la investigación de diversos crímenes) Ha sido fiero crítico de la política exterior estadounidense, en particular de la detención y tortura de sospechosos en Guantánamo y la guerra de Irak. Ya en el 2001 había investigado una red de lavado de dinero en cuentas bancarias de BBVA en el extranjero. Incluso ha logrado perseguir a criminales nazis.

Pero más que nada, nos importa porque es un juez con cojones. El mundo necesita más de ésos. Ante la situación global de injusticia económica abismal y de abusos políticos y financieros brutales, un juez como Baltasar Garzón representa una figura paradigmática de la democracia, el epítome del juez que necesita una sociedad cerca del colapso.

Su hija, María Garzón Molina, en una carta escrita para El País dice: «Nos han tocado, pero no hundido; y lejos de hacernos perder la fe en esta sociedad, nos han dado más fuerza para seguir luchando por un mundo en el que la Justicia sea auténtica, sin sectarismos, sin estar guiada por envidias. Una Justicia que respeta a las víctimas, que aplica la ley sin miedo a las represalias. Una Justicia de verdad, en la que me han enseñado a creer desde que nací y que deseo que mi hija, que hoy corretea ajena a todo, conozca y aprenda a querer, a pesar de que ahora haya sido mermada. Un paso atrás que ustedes achacan a Baltasar pero que no es más que el reflejo de su propia condición». La moral de la historia podría ser «no te metas con los poderosos», pero Garzón, aun humillado, sigue luchando. Todo por una sociedad mejor, más justa. Quién sabe qué es la justicia, pero sin duda el abuso de poder es lo opuesto.

No sé si alguna vez lo ha puesto en la balanza, querido lector, pero lo que estamos viviendo ahora mismo en el país es una situación igual de delicada que la violencia en la España de Franco o en Argentina con el terrorismo de Estado; se reduce a que gente en el país –es decir compatriotas– se está matando la una a la otra y no hay ningún tipo de juicio o castigo por estos crímenes. ¿Qué pasará en unos años cuando la guerra contra el narcotráfico haya acabado? ¿Se promulgará una ley de olvido y perdón como la de los países sudamericanos o se buscará y procesará a los culpables de los crímenes de guerra, quizás incluso de lesa humanidad? ¿Qué pasará con todos los muertos? ¿Qué pasará cuando su vecino, un ex narcotraficante o un ex militar, haya matado y torturado a gente que usted conocía? ¿Qué pasará con la madre de cinco hijos muertos? ¿Con la familia campesina que perdió al padre y con él el patrimonio? ¿Es que, como dice Judith Butler, esas vidas no son dignas de duelo?

Sólo espero que en ese momento tengamos a un juez como Garzón: uno que no tiene miedo a las represalias políticas porque actúa por responsabilidad, por ética, porque hay algo más grande que él y que los poderosos.

Yo, por mi parte, no acato ni respeto la condena al juez Garzón.

 

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