Opinión

Guerra santa y lucidez

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Hay temas que apenas merecen un comentario inmediato: son flor de un día y pierden vigencia de manera instantánea. Hay otros que nos exigen distancia, pues es tanto el humo que producen y tanto el polvo que levantan que es preciso esperar un poco para mirar con atención. Es preciso alejarse de la siempre tentadora simplificación facilona de pronunciarse a favor o en contra, y es que su complejidad nos hace ver que había allí algo que no habíamos mirado o que necesitábamos mirar bajo nuevos contextos. Entre estos temas están los que involucran la religión.

La religión no se reduce al ámbito de lo religioso, es un dato de la cultura y no compete sólo a teólogos y profetas. La religión es creación humana, expresa una cosmovisión temporal, es una representación del orden social. Así como el discurso de los políticos no es explicativo de los fenómenos políticos, el discurso religioso no es explicativo de los fenómenos religiosos. Si el papa Benedicto renuncia, no podemos explicarlo como un acto inspirado por el Espíritu Santo, estamos obligados a rastrear la complejidad de sus causas. Y si el papa Francisco dice que las personas no pueden reproducirse como conejos, tampoco podemos decir que Dios estaba equivocado cuando sus emisarios decían que había que recibir a los hijos que Dios les dé.

Viene esto a cuento porque estamos a tres semanas del asesinato de los editores de una publicación satírica francesa que ridiculizó al islam, y estamos también a tres semanas de la ejecución de los autores de ese crimen masivo. En estas tres semanas no han parado las manifestaciones en todo el mundo: unos alzando la bandera de la libertad de expresión y otros alzando la bandera del respeto a la religión ajena. En torno a esos dos bandos se ha afiliado la opinión pública. Llegué a leer comentarios de gente común que se referían a los musulmanes como malandros ubicados por debajo de los simios. En realidad, más que reflejar lo que la gente común piensa de una cultura ajena y distante como la árabe, refleja el tono de exterminio que promueven los medios de comunicación occidentales hacia lo diferente.

Ya la doctora Martha Gloria Morales Garza ha advertido que el hecho puso en escena dos extremismos que evidencian la necesidad de armonizar la libertad de expresión y el respeto a las creencias ajenas. Y es que el suceso agitó varias aguas. Quien mejor sintetizó el primer extremismo fue la ministra de Justicia de Francia, Christiane Taubira, que lanzó a los cuatro vientos una afirmación muy severa: Francia, el país de Voltaire, dijo, “es el país de la irreverencia y tenemos el derecho de burlarnos de todas las religiones”. En el otro extremo, teniendo como telón de fondo la quema de templos cristianos en Asia, El Tintin de Barcelona lanzó: “Yo no soy Charly y me daría vergüenza serlo”.

Y, por supuesto, se desató el espectáculo global de la hipocresía: gobernantes que fueron a París a defender la libertad que en sus propios países reprimen. También hubo quienes explicaron el hecho remitiéndonos a procesos internos en la región europea que permiten explicar las caricaturas como una ofensa grotesca a las creencias legítimas de migrantes inferiorizados.

No me siento del lado de los hijos del profeta, iracundos persecutores de infieles; tampoco me siento del lado de la madre del Papa, quien con todo y el viento fresco de su apertura también se ha declarado partidario de una suerte de guerra santa de baja intensidad. Es feliz quien se planta ante el humor como una de las bellas artes. Pero tampoco me simpatiza el insulto al alcance de un click. Ayuda más a la salud un poco de la templanza y el discernimiento que aconseja Heriberto Yépez. Entre la guerra santa y la libertad de expresión, prefiero la lucidez. Vivimos en las urgencias de la desmesura y bien nos haría serenarnos un poco. Dice el escritor: “La gente cree que es libre porque se “expresa” (antes de pensar). Pero la libertad de expresión sólo debe ser ejercida después (no antes) de cultivar la profundidad”. Y es que, piensa, la “libertad de expresión” es inferior a la lucidez.

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