Opinión

Hacia una teoría general sobre los hijos de puta

Por Ricardo Rivón Lazcano


Reconozco que, además de hijoputa, el tal Damocles es un excelente espadachín.

 

Con una diferencia de días compré dos libros cuyos contenidos se juntaron en mi cabeza. En pasillos de la universidad pregunté quién había leído a los autores y confirmé la conjetura de que nadie tiene la obligación de conocer a tus autores preferidos. Vamos, ni a los que lees por profesión.

 

UNO

Se levanta de la alfombra. Toma por primera vez en todo el día el teléfono y marca a México. El Secretario de Relaciones Exteriores, Santiago Roel, no está –es la media noche allá en Tlatelolco–, le contesta un encargado del despacho:

 

–Habla Gustavo Díaz Ordaz desde España. Necesito dos boletos de avión para México.

 

–¿El Secretario Roel lo ha mandado llamar, embajador?

 

–A mí no me ha llamado nadie. Me voy. Y no vuelvo.

 

–No, señor embajador, usted no puede irse así nomás. Fue recibido por su majestad Juan Carlos. Por lo menos tiene que hacer una visita protocolaria para despedirse.

 

–No me despido de una chingada, ni del rey, ni de nadie. Usted no discuta. Haga lo que le digo y basta.

Colgó. Se arrancó el parche del ojo. La luz le entró como un tornillo hasta la nuca. Se lo tapó con la mano. Y de esa gasa fue de lo único que se despidió.

 

DOS

a) Las temáticas psicológicas y sociales de Henrik Ibsen (1828-1906) son tan sutiles y sugerentes, que invitan a seguirlo. En su poema Brand, este autor explora su presunción de que un idealista obstinado puede consolidarse en un tremendo hijo de puta que da rienda suelta a su extremismo.

 

b) La obra que podría ilustrar la maldad asociada a rasgos fisonómicos es Mazurca para dos muertos, de Camilo José Cela. En la historia, Raimundo-el-de-los-Casandulfes piensa que Fabián Minguela pasea por la vida con “las nueve señales” del hijo de puta: (1) Pelo ralo; (2) frente buida; (3) cara pálida; (4) barba por parroquias; (5) manos blandas, húmedas y frías; (6) mirar huido; (7) voz de flauta; (8) pijo flácido y doméstico, y (9) avaricia.

 

TRES

Maximino se le acercó con una palmada:

 

–Muchas gracias, licenciado Gustavito –le balbuceó–. Ahora a lo que sigue –sacó el fuete–: Lo nombro Presidente de la Junta de Conciliación y Arbitraje de mi nuevo gobierno.

 

El fuete sobre el hombro como la espada del rey sobre el caballero.

 

–No, cómo cree –empezó a decir Gustadito–. Yo no tengo la experiencia suficiente. Ni siquiera he terminado la carrera de Derecho.

 

Los ojos de Maximino relumbraron de cólera. Lo último de esa noche para Gustavo Díaz Ordaz fue aguantar el cuerpo de Maximino montándolo como a un poni, clavándole las espuelas en las costillas, sintiendo su sexo en la espalda, oliendo su sudor etílico. Era lo que realmente excitaba al Jefe: montar a sus subalternos. Cada vez que Díaz Ordaz se tiraba de panza al suelo o quería rodarse, recibía un fuetazo, contundente, en la grupa. Era un caballo de esa otra revolución.

 

CUATRO

En pocas palabras, se llegó a la conclusión de que es erróneo separar conceptualmente a la estructura de la función, pues la función no es más que un cambio de estructura, y al revés: no hay cambio de estructura sin que ocurra una función. La mismísima agua celular, que es el escenario donde actúan iones y moléculas, no es un escenario estático en el cual entran, salen, se sientan o bailan los actores; también las moléculas de agua se pegotean en grupos y se despegan a razón de millones de veces por segundo, y ellas también van adoptando distintas configuraciones, y cada cambio de configuración comporta alguna función. La división cuerpos/almas ni siquiera se sostiene en los niveles molecular y atómico.

 

CINCO

Desde que se había obtenido la sede de los XIX Juegos Olímpicos, Díaz Ordaz creyó que peligraba la soberanía nacional, la Presidencia de la República, la estabilidad… Fue el empresario Juan Sánchez Navarro el que le advirtió:

 

–Si cancela la Olimpiada, Señor Presidente, los créditos internacionales se vendrán abajo y, con ellos, las inversiones. Y la decepción para la gente que los espera con ansias. Imagínese las consecuencias del desánimo. Habrá otra Revolución.

 

–Habrá otra Revolución si los llevo a cabo.

 

–Pero esa es una Revolución que usted puede aplastar, Señor Presidente.

 

No canceló la Olimpiada. Mandó llamar al regente Corona del Rosal y al Secretario de Gobernación, Echeverría, a su oficina de Los Pinos para informarles:

 

–Tendremos una conjura, contra México en estos días. Encuéntrenla.

 

–¿Y si no la encontramos? Preguntó Corona del Rosal.

 

–El Presidente tiene razón –intervino Echeverría–. Sería muy extraño que no hubiera una conspiración contra México.

 

–Es como un avispero en invierno –reflexionó Díaz Ordaz–. Sólo picándolo sabes si adentro hay avispas. Más vale que aparezcan ahora a que salgan en octubre con los ojos del mundo sobre nosotros.

 

SEIS

Para ponerlo en forma un tanto payasesca, diré que si se votara para decidir quién es más “nosotros”, perderíamos, porque tenemos más células en la flora intestinal que la suma de todas nuestras neuronas, más todos los eritrocitos y leucocitos de nuestra sangre, miocitos, fibras musculares, adipocitos; es decir, estamos en minoría aun dentro de nuestro cuerpo.

 

Lo que páginas atrás denominé “hijoputez biológica esencial” consta de dos factores. El primero es que vivimos insertados en una cadena trófica, lo cual nos obliga a nutrirnos de otros organismos; el segundo radica en las funciones adicionales que adquieren ciertos atributos de nuestra estructura, las cuales acaso no eran imprescindibles: Con la boca besamos, pero también podemos morder hasta matar… si los hombres fueran obligados a comer lo que matan, no habría guerras en el mundo.

 

SIETE

Díaz Ordaz mira al jefe de la policía, Arturo Durazo, sentado en la sala de la casa del Risco. Ya se ha hecho de noche ese 5 de septiembre de 1977. El tipo es espantoso, da miedo, con su nariz aplastada como un pedazo de bolillo chamuscado, los cachetes que le cuelgan como a un bulldog, los ojos rojos. Habla y habla de cómo rompió la huelga de los trabajadores de la universidad. “Qué carajos”, piensa Díaz Ordaz y prepara más bebidas.

 

–Pero fíjese usted, general Durazo –le dice desde la mesita donde están las botellas y el hielo–. No sólo es entrar y mentar madres. Se debe contar con una estrategia de conjunto.

 

–La estrategia es llegar bien servidos, casi inconscientes con coca y golpear a todos –le responde Durazo.

Díaz Ordaz no está de acuerdo. En la violencia del Estado hay una estética. Para él es, todavía, un tipo de barroco, contiene un enigma que, al descifrarse, es un mensaje. La intimidación es sólo una forma de restaurar la sumisión.

 

Cereijido, Marcelino. (2011). Hacia una teoría general sobre los hijos de puta. Tusquets. México.

 

Mejía Madrid, Fabrizio. (2011). Díaz Ordaz. Disparos en la oscuridad. Suma de letras Ed. México.


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