Opinión

“Hasta aquí, todo va bien…”

Por: María del Carmen Vicencio

La película “El odio” (La heine, 1995) de Mathieu Kassovist devela (en los noventa) la cruel realidad económico-político-social de los suburbios parisinos (igualita a la que prevalece en todo el mundo y que se agrava con el tiempo).

Los protagonistas, tres jóvenes inmigrantes, sufren de grave marginación y represión policiaca, lo que les genera un odio sin límites. No sólo se ven lanzados a la nada, sin lugar, sin presente ni futuro; uno de los suyos (de tan solo 16 años) cae en coma, al ser brutalmente castigado por los “guardianes del orden”.

El cineasta promueve reflexiones en torno a una metáfora impactante: Un hombre cae al vacío desde un alto edificio, y va diciendo de vez, en vez: “hasta aquí, todo va bien; hasta aquí, todo va bien…”. Al final, uno de los protagonistas completa la idea: “lo importante no es la caída, sino el aterrizaje”, el momento de estrellarse en el pavimento.

Esta metáfora refleja lo que estamos viviendo mundialmente, en los últimos tiempos: una caída hacia el abismo, empujados por el alud capitalista, que crece aumentando su velocidad y fuerza, a medida que avanza, y que resulta cada vez más difícil detener.

El “Manifiesto campesino a la nación”, recientemente publicado, muestra la ruina a la que se condujo al campo. Los recursos naturales se van agotando irremediablemente. La industria expulsa a los obreros, sustituyéndolos por robots; después de exprimirlos y dejarlos inservibles. Las actividades productivas se van abandonando (primero por los grandes empresarios, luego por los gobiernos, arrastrando al resto de ciudadanos), para dar lugar a la especulación. Sale más rentable invertir en la bolsa de valores y en abogados que ayuden a evadir impuestos.

Las ciudades crecen exorbitantemente y, en el hacinamiento y la ingobernabilidad, algunos opinan que “el sistema se salió de control”, mientras que otros, los “exitosos”, dan la bienvenida al desastre que les genera dividendos.

La aspiración a ser “internacionalmente competitivos” (así en abstracto) justifica y legaliza los desmanes contra el pueblo y genera plutonomia (pluto=rico): una economía en donde el 1% de la población (los más ricos), controla al 99% restante y subordina al gobierno a sus intereses. La clase política, que debiera poner límites a tanta voracidad, genera escándalos recurrentes por su continuo saqueo al erario.

El contexto de impunidad contagia a la población de la convicción de que no hay alternativas viables. Así se “naturaliza” la práctica del atajo (corrupción), pues más vale salvar, egoístamente, el propio pellejo; cerrar los ojos y seguir la corriente: “Hasta aquí, todo va bien”. No importa si con esto se pone en riesgo la viabilidad de nuestra soberanía, nuestra dignidad e incluso nuestra supervivencia humana.

En lo que respecta a la educación, los plutónomas viven obsesionados por hacer del sistema su Negocio Redondo. Con su Coparmex y sus fundaciones “preocupadas por el bien nacional”: “Mexicanos Primero”, “Juntos por la Educación”, “Comprometidos con la Educación” y demás, presumen su autoría de las reformas estructurales, en su panfleto- “Por un cambio de paradigma de la educación en México” (4 de marzo).

En este contexto la gente que encuentra serios problemas para sobrevivir dignamente, es convencida mediáticamente de que sólo ella es responsable de su precaria condición por “inepta”. La reforma educativa (con sus exámenes estandarizados y todo lo que conllevan) contribuye, justificando “científicamente” la selección-exclusión.

El colmo de todo esto es que cuantiosos funcionarios del sistema escolar, en todos los niveles: secretarías, coordinaciones estatales, jefaturas de sector, supervisiones, direcciones de escuela, e incluso gran cantidad de maestros (alienados) repiten acríticos, el dogma oficial: “las reformas (neoliberales) mejoran la calidad”; “hasta aquí todo va bien”. Asertos que carecen de vigilancia epistémica y del más mínimo rigor científico.

La seriedad académica se sustituye, entonces por una retorcida jerigonza “técnica”, que se repite, por doquier, sin que los promotores de la reforma muestren el menor apuro por presentar evidencias empíricas de la mejora que pregonan; unidos en un perverso acto de fe.

Mientras tanto una buena parte de estudiantes (y profesores), experimentan dramáticamente el pantano del sinsentido escolar. “Saben” que por más que se esfuercen es falso el juego de las “serpientes y escaleras” (no hay futuro para ellos por su condición social). ¿Cómo convencerlos de lo contrario para que el sistema no los expulse?; ¿cómo activar su deseo de saber, cuando la tarea de enseñar y aprender (antes apasionante) se extinguió, y fue sustituida por un gran asedio ansiógeno de tediosas y vacías domesticaciones, dirigidas sólo a aprobar exámenes?; ¿cómo animar a los futuros maestros a seguir, cuándo el costosísimo aparato reforma-examinador sólo ha generado mayor ignorancia, autoritarismo, simulación, corrupción, mutuas culpaciones y “odio sin límites”?

Cada quien sabe, en el micro espacio que le toca, si en esta caída libre se limita a decir “hasta aquí todo va bien”, o abre paracaídas, frena la inercia y fuerza el cambio de rumbo, antes de que todos nos estrellemos en el pavimento.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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