Opinión

Hasta que el narco nos alcance…

Amplia gama de grises

Cartón: Ana Alvelais

Por: José Luis Álvarez Hidalgo

Hace algún tiempo concluí una de mis colaboraciones periodísticas a este semanario con la expresión a la que aludo en el título de la presente. No se trataba de un cruel vaticinio, ni de un pesimismo delirante y mucho menos de algo que se apeteciera como bocadillo de estudio sociológico, criminalístico, cultural o como una papa caliente para la cobertura periodística en la entidad, sino como una consideración de inevitabilidad dadas las características demenciales e infames de la guerra contra el narcotráfico decretada por el todavía espurio Felipe Calderón. Tarde o temprano tendría que llegar y la fantasiosa burbuja de paz, tranquilidad y seguridad pública en la que nos han tratado de mantener, terminó por reventar.

Y así fue: el pasado martes 18 de septiembre ocurrió una balacera en la colonia Candiles, cuando un desmesurado comando y militar de más de 400 elementos cercaron una casa donde se ocultaban cinco narcomenudistas a quienes enfrentaron, persiguieron y finalmente capturaron. Sólo un gravísimo suceso empañó la heroica acción policiaca: uno de sus elementos, que respondía al nombre de Pablo Ortega Aguilar, resultó acribillado en el enfrentamiento. Hecho por demás extraño si se piensa en el tamaño del operativo y en la cantidad de efectivos que intervinieron en éste. Paradojas inquietantes de la vida.

A la espectacularidad le sucede la espectacularidad. Así aconteció con la cobertura periodística del suceso que realizaron todos los medios de comunicación, con especial énfasis y atención de los medios impresos. Casi todos, a excepción del periódico AM de Querétaro, le dieron cobertura en primera plana y tres de éstos: Noticias, Diario de Querétaro y Plaza de Armas le concedieron el sitio de honor al darle el espacio de la nota principal a ocho columnas.

Cabe destacar que la cobertura que hace el periódico Noticias, resulta ser la más estridente pues publica una fotografía de casi media plana (lo mismo hace Plaza de Armas) a la que le sigue una secuencia fotográfica en la que se enaltece el operativo paso a paso tanto con las imágenes como con pies de foto muy reveladores: “Salvaguardando a la población”, “Policía Municipal de Querétaro, dispuesta a todo”, “Todas las corporaciones unidas y en frente común”, etcétera. El colmo del amarillismo fue la cabeza y el subtítulo de la nota principal: “Ultiman a DID en balacera. Ocho detenidos, tras horas de angustia y terror”.

La cobertura de este suceso vuelve a crear la polémica del cómo abordar este tipo de información sin caer en el amarillismo de nota roja, en la apología del caso o en crear en el imaginario colectivo local un estado de zozobra y miedo que no contribuye a nada. Recuerdo la alocución del periodista radiofónico Joaquín San Román, dos días después del acontecimiento que cimbró a la capital del estado, quien editorializó por casi 10 minutos alertando a la audiencia de la gravedad del caso y moralizó al solicitar a los padres de familia que no dejaran asistir a sus hijos a los antros de la ciudad los próximos dos fines de semana, “por la seguridad de sus hijos y de todos los queretanos, díganles que se queden en casita este fin de semana”.

Esto podría ser el germen de una psicosis colectiva en la entidad, si acaso los comunicadores locales insisten en escandalizar la información en vez de analizarla y reflexionarla con frialdad y sensatez para cumplir con la enorme responsabilidad social que tienen asignada. Por lo pronto, el mito de la gran ciudad amurallada e idílica de la paz social, la convivencia y la seguridad se ha venido abajo estrepitosamente. Se cayó el mito ¿qué debe hacer el periodista: erigirlo nuevamente o terminar por destruirlo? He allí el dilema.

 

Cartón: Ana Alvelais

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