Opinión

HINCHA: ¿Némesis del fanático pambolero o su evolución?

Por: Jorge Antonio Torres

@AntonioTorresA

Seamos sinceros: estamos aquí para quedarnos. Y lo asumo con toda la libertad con la que asumo cada una de mis opiniones. Sí, soy un hincha, una especie relativamente nueva en el espectro de las manifestaciones de la pasión pambolera en nuestro país. Así como muchos, amo a mi equipo y procuro ver la mayoría (si no es que todos) los partidos que pueda, a la hora y lugar adecuado que me permita tener una cerveza en mano, un compañero hincha y la garganta clara al inicio del partido y completamente afónico al final por tanto cantar. Sin embargo, la diferencia más importante radica en la forma en que se manifiesta la afición. Y es que mientras el aficionado típico del balompié mexicano es/era aquel que organizaba la porra, el que llevaba su bandera, gritaba al árbitro y de vez en vez participaba de la esporádica “ola” del estadio, el hincha muere por su equipo, canta, baila, inventa canciones, suda, llora y a veces mata por su equipo. Sí… literalmente.

Y es que entre las pasiones que más embriagan al mexicano está aquella que tiene que ver con once jugadores que siguen el curso del balón, bajo una misma playera con ciertos colores distintivos, y enfrentan a un equipo con igual número de jugadores pero con diferentes colores. La afición se empapa de una euforia propia de la religiosidad, que penetra en lo más profundo de su ser y genera una identificación con los colores, con los lugares santos (estadios) y con los santos locales (los jugadores históricos) en conmemoración del dios del Futbol.

Así, el hincha, figura algo extraña de esta constelación de aficiones mexicanas, se ha venido insertando por inercia, aún y cuando su procedencia y su génesis sea una muy diferente, pero sabiendo acomodarse en un presente adecuado a lo que implica su existencia.

El hincha sudamericano es el hijo del oprimido, la víctima de las dictaduras militares del sur del continente. En su historia se encuentra la represión política, militar y policial. Su cántico es el devenir de las circunstancias políticas, económicas y sociales que arrojan a los jóvenes de las clases más marginales de sus casas, los ponen en contacto con una realidad opresora y los deja en la calle sin posesiones, incluso sin una identidad, ideología o posibilidad de sobrevivencia. Al hincha sudamericano lo golpea el estado con el tolete de los carabineros, con la culata del rifle militar, con la bota en el cuello. Su única posibilidad, haciendo un rodeo a los límites estrechos de la ley, es expresar un amor suicida por los colores del equipo que le da alegría semana con semana, cantándole como se le canta a la amada. Le canta porque ya no puede con la realidad, porque la expresión musical está vedada y sólo puede cantar esas canciones de protesta si cambia la letra para “alentar” a su equipo. Así, el cántico juega el papel de un arma doble: canta el hincha al equipo de sus amores y canta porque no puede más con su realidad política.

Así se traslada la figura del hincha sudamericano a nuestras latitudes. Donde un joven es reprimido por la dictadura militar, en México viene a arraigarse en los barrios populares, en donde la identidad se ha perdido entre la escasa canasta básica, la falta de educación y una sobreexposición a los medios masivos tomados por los poderes fácticos. En los barrios populares, el equipo se pinta en las paredes, se le canta covers del Tri, de la Maldita Vecindad, de Valentín Elizalde. Ahí, en el barrio, donde el policía es la imagen física de la corrupción, la violencia institucional y la represión de la libertad juvenil.

El hincha mexicano es una extraña mezcla. En su breve historia participan los diligentes de los equipos, empresarios que quieren ver butacas llenas en los estadios, porque el futbol es negocio, y entre más espectáculo, habrá más gente. Así, los empresarios trajeron a las tribunas de México a los que enseñaron qué es ser un hincha, sin darse cuenta que la barra no es un espectáculo, sino una manifestación popular. El hincha se apropió de una sección del estadio, se apropió de los colores, de los ídolos y tatuó en su piel el escudo del equipo. Da y quita la vida por el equipo, porque ahí donde ya no hay nada qué perder, la identidad lo es todo. Y ahí donde hay identidad y rivalidad, se juega la vida por los once del campo.

Esta extraña manifestación, fruto del descontento popular, la manipulación de los empresarios (¿?) y la violencia, es un fenómeno que ahora inquieta a la maquinaria del futbol mexicano. Los empresarios ahora ven cómo este espectáculo muestra una cara cercana a los gladiadores romanos, donde se muestra su esencia de esclavos, de secuestrados de su estado natural y llevados a un contexto muy ajeno en la pretensión de convertirlos en compra y venta de boletos. En este espectáculo hay muchos Espartacos, que vacilan entre ser considerados viles criminales o vanguardia en las manifestaciones del descontento. Satanizado ahora en la sociedad, recordemos que el hincha es un hijo del pueblo, una expresión más del descontento que poco a poco va manifestándose más y más en la sociedad mexicana. Y ahí donde un hincha es violento es porque no tuvo acceso a un modo de vida decoroso.

¿Qué es el hincha? ¿Némesis o lógica evolución?

Además, opino que se debe respetar la libertad de expresión en los medios de comunicación (DEMOCRATIZACIÓN DE LOS MEDIOS), legislar adecuadamente sobre los derechos indígenas (MARICHIWEU AMERICA LATINA), evitar que los grandes capitales se involucren en nuestras elecciones y con NUESTRO PETRÓLEO, NUESTROS METALES Y NUESTRO GAS (#NOALAREFORMAENERGETICA), dejar de disfrazar el fraude electoral desde los medios (#1DMx), y permitir la autogestión y autodefensa de los pueblos. #YOSOY132 #ParticipacionCiudadanaYA #YoVoyConLaCNTE.

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