Opinión

Hombres con ambición de poder en el Querétaro de los años cincuenta*

Por Patricia Palacios Sierra / Alfonso Serna Jiménez / René Olvera Salinas

Dentro de los estudios de género ha surgido un campo de investigación de interés reciente: el de la masculinidad. En general, su objeto de estudio son los hombres y lo que éstos hacen, sobre todo en relación con el tema de la dominación masculina. No obstante, se ha señalado que hacen falta nuevos abordajes para visibilizar el quehacer de los hombres así como las distintas formas en que ejercen el poder. De allí que se requieran análisis de las construcciones sociales de la masculinidad en los ámbitos públicos y macrosociales, para analizar el uso del poder y su relación con la cotidianidad.

De lo anterior deriva nuestro interés por aproximarnos al estudio de un grupo específico de hombres: los políticos, entendidos como aquellos varones adultos que construyen su hombría a través de la dedicación a las cuestiones públicas comunales. Aunque la participación en la política convierte a los hombres en seres públicos, el carácter contradictorio de la misma hace que pocos varones se dediquen, tiempo completo, a la misma.

Al respecto, Weber en Sociología del poder (2007), señala que sólo los individuos con voluntad de poder están dotados para la política y esto, debido a que, el deseo de poder es una de las fuerzas motrices de la misma. En este sentido para Minello, en Poder y dominación (1986), la política significa la aspiración a participar en el poder o de influir en la distribución del mismo, entre los estados o al interior de los mismos, particularmente entre los diversos grupos de hombres que los componen.

Los políticos, en cuanto hombres, representan una forma específica de ser varón. Como tales, se construyen de manera relacional con el género femenino, entendiendo que ambos son productos de procesos socioculturales a través de los cuales se interpreta y da sentido, de manera individual y colectiva, a la diferencia sexual. Surgen, por lo tanto, discursos y prácticas que definen la conducta y subjetividad de las personas en función de su sexo.

Sin embargo, estos discursos dan cuenta de oposiciones binarias que son mutuamente excluyentes y que tienden a establecerse de manera jerárquica. Esto es, la lógica de género es una lógica de poder, de dominación, que establece accesos o controles diferenciales sobre los recursos materiales y simbólicos. En este ordenamiento jerárquico, los hombres, como colectivo y de manera independiente a las voluntades individuales, ocupan una posición privilegiada.

Dentro de esta organización genérica la construcción de lo masculino está fuertemente asociada con el mundo público, entendido como el espacio que si bien, no es exclusivamente habitado por los hombres, sí es controlado por ellos. No obstante, existen diversas maneras de conformarse. Kimmel señala, por ejemplo, en Masculinidades y equidad de género en América Latina (1998), que la masculinidad varía en distintas culturas, a lo largo de la historia y entre los hombres de una misma cultura, por lo que no podemos hablar de la masculinidad como si fuera una constante, sino más bien una articulación fluida y en continuo cambio de significados y comportamientos. Por lo tanto, debemos hablar de masculinidades, reconociendo así las diferentes definiciones que construimos acerca de lo que significa ser hombre. De hecho, dentro de una misma cultura, las masculinidades cambian en relación con una serie de variables y se modifican en el transcurso de la vida particular de cualquier hombre.

Fuller, en Identidades masculinas (1997), redondea la idea anterior señalando que la hombría, entendida como la etapa de madurez de los hombres, se construye en torno a dos ejes: el trabajo y la política. Esta última constituye el espacio propio de los hombres con ambición de poder, cuyo contexto específico es el de los partidos políticos.

Al respecto, Weber (2007) señala que los partidos son asociaciones que se basan en la libre adscripción de sus miembros y tienen como objetivo dotar a sus dirigentes de poder dentro de una organización, por lo que, de esta manera, pueden conferir a sus miembros activos posibilidades materiales o ideales; esto es, ventajas personales, fines objetivos o ambas cosas.

En la práctica pueden orientarse al logro exclusivo del poder para sus dirigentes y a la ocupación de puestos en el aparato administrativo por sus propios cuadros, pero también pueden estar dirigidos a obtener beneficios para una determinada clase o grupo social, o perseguir principios generales o fines objetivos concretos.

En todo caso, lo relevante es que en los partidos políticos se ejerce un poder que no se impone a otra persona (Macht), sino se trata de una forma específica de poder que se ejerce dentro de una organización estructurada, en torno a una relación de mando-obediencia (Herrschaft o dominación). En este sentido, el sometimiento o aceptación del mandato deriva de la legitimidad del mismo, esto es, del reconocimiento de normas obligatorias cuyo incumplimiento ha de ser sancionado. Así, la disciplina puede convertirse en una obediencia habitual sin resistencia ni crítica.

A partir de estos planteamientos generales, nos introdujimos en el estudio de los políticos haciendo un recorte temporal. El periodo escogido fue el de las postrimerías de los años cuarenta y el transcurso de los cincuenta, debido a que es un tiempo previo a la irrupción del movimiento feminista de la década de los sesenta, en el que el poder de los hombres fue incuestionable.

Asimismo, aunque existía una democracia incipiente, en el país y en el estado se promovía la modernización industrial. De acuerdo con Miranda, en Del Querétaro rural al industrial 1940-1973 (2005), el estado se distinguía en ese momento por el predominio de las actividades agrícolas, la pobreza, el analfabetismo, la carencia de construcciones de todo tipo, los servicios públicos deficientes, las malas condiciones de salud y por tener una hacienda pública local de las más frágiles y raquíticas de la República.

En este contexto y en una primera aproximación al tema, recurrimos a fuentes secundarias como los periódicos de la época, entre los cuales sobresalen por su mayor permanencia Amanecer, Tribuna, El Día y El Regional. De todos ellos, sólo en el caso de los tres primeros encontramos ejemplares disponibles para su revisión. Así, trabajamos con 636 ejemplares del Amanecer, 555 de Tribuna y 120 de El Día. De todos ellos, solamente en Tribuna encontramos información local relacionada con la contienda presidencial de 1952 así como con las campañas por la gubernatura de 1948-1949 y 1954-1955. A través de la aplicación de la metodología de Wodak, referida en su artículo “El enfoque histórico del discurso” (Métodos de análisis crítico del discurso, 2003), identificamos discursos y variaciones discursivas relacionadas con el concepto weberiano de Herrschaft.

Desde esta perspectiva y adelantando algunos resultados obtenidos, encontramos una compleja red de relaciones que los hombres construyeron en el ámbito de la política. Por una parte, en los años cincuenta prevaleció en el país lo que Córdova denomina, en La formación del poder político en México (2008), el “presidencialismo constitucional”. Esto es, a través de la adscripción constitucional de poderes extraordinarios y permanentes al Presidente, éste se convirtió en el árbitro supremo de la nación, dando lugar a lo que Weber llama el carisma del cargo. Su figura, en el México posrevolucionario, se impuso al carisma personal de los caudillos, quienes también fueron conocidos como los “hombres fuertes”. Así, el Presidente, se constituyó en el “hombre más fuerte” del país.

Colocado en el pináculo de una jerarquía política, el cargo del Presidente representó el punto de partida de una red de subordinaciones. Tribuna hace alusión a este fenómeno mediante el siguiente discurso:

 

“…nosotros hacemos girar la política en torno a un hombre, a un candidato, a un futuro. Al futuro que conducirá a buen o mal puerto los destinos nacionales. Nos interesa mucho el hombre. Nos interesan las amistades del hombre. Los ‘lados flacos’ del hombre. La vida, la biografía del hombre. Y buscamos por medio de ‘auscultaciones’ quién será ese hombre a fin de adherirnos a él y de reconocerlo honrado, alto, magnífico, distinguido, y hasta hermoso… En cambio, los contrincantes de este hombre nos parecen malos todos, feos, horribles y abominablemente infelices.” (Tribuna, 12 de enero de 1952, No. 413, p. 1)

 

Esta figura presidencial jugó un papel determinante en la postulación de candidatos a cargos públicos de elección popular, convirtiéndose en el “padrino” más importante de los posibles aspirantes, también conocidos como “los ansiosos” (Tribuna, 29 de mayo de 1954, No. 538, p. 1).

 

Así, alrededor de su figura, otros “padrinos” menores “trabajaron” a favor de sus protegidos (Tribuna, 25 de septiembre de 1954, No. 555, p. 1). Entre los “padrinos” ocurrieron negociaciones y acuerdos (Tribuna, 18 de diciembre de 1948, No. 228, p. 1), que una vez logrados, ayudaron a consolidar las relaciones de mando-obediencia, esto es, la disciplina del partido. No obstante, el proceso no dejó de contener conflictos siendo posible el acto político de “quemar” o desprestigiar a un contendiente o de utilizarlo como “escudo” a fin de proteger al candidato oficialmente escogido (Tribuna, 26 de junio de 1954, No. 542, p. 1 y 7 de agosto de 1954, No. 548, p. 1). En todo caso, cuando los pactos eran establecidos, se afianzaban las alianzas y las subordinaciones respectivas.

 

Cabe destacar que estos procesos fueron descritos por el diario como una lucha, en la que los participantes requieren de protección y ayuda, pues en sus enfrentamientos pueden sufrir desprestigios y ser sacados de la contienda. De allí la necesidad de construir alianzas siguiendo las reglas de la relación mando-obediencia. Más aún, el periódico hace un llamamiento a que en estas confrontaciones, los hombres actúen con virilidad y gallardía, entendidas como valentía y honor (Tribuna, 1° de diciembre de 1951, No. 407, p. 1).

 

(*)Resumen de la ponencia presentada dentro del Segundo Encuentro Internacional de Investigación de Género, realizado en la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). La ponencia se presentó el jueves 18 de agosto, en la mesa de trabajo “Masculinidades, historia, poder y violencia”.

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