Ideología de la Prosperidad vs Acción Ambientalista

A la Memoria del “Francisco”, un Papa progresista, humanista y ambientalista.
No comparto la tesis de Bjor Lomborg, de que la «prosperidad» es automáticamente el factor fundamental para controlar el cambio climático.
Quiero entender la «Prosperidad» cómo sinónimo de «riqueza». Si esa lectura es la correcta, entonces es falsa la consecuencia, pues en términos reales USA y China y las naciones de Europa, son a nivel global los países más contaminantes del mundo, pues el modelo de producción está sentado en las energías «sucias» como el petróleo, gas, combustoleo y en la neoindustialización que contamina ríos, mares, mantos freáticos y el aire. El uso de energías limpias es una práctica lejana de imponerse y costosa, por lo menos en el corto plazo.
Las pretensiones de la ONU de alcanzar la disminución de los efectos de la contaminación global para el 2025-2030 no se van a poder cumplir, ni la disminución significativa de la pobreza.
Paralelamente Trump, con su esquema de la “falsedad” del tema del Cambio Climático, se ha retirado de los Acuerdos de París y les da impulso a los depredadores de la biodiversidad y del uso brutal de las energías «sucias».
También es una realidad, por ejemplo, en la explotación minera a cielo abierto y en la separación del oro, plata, cobre, plomo, mercurio con materiales contaminantes que se van a los mantos freáticos que llegan por corrientes subterráneas a los campos y a las ciudades de todos los continentes.
Por otra parte, esos ideólogos de la «Teología de la Prosperidad», nos dejan a la sociedad civil la tarea de reponer la destrucción del planeta que ellos generan. Entre esas tareas están las que impulsan los grupos ecologistas que realizan acciones como oponerse a traslado de basuras tóxicas de los países prósperos a los países subdesarrollados que las aceptan por compromisos financieros, créditos y presiones (por señalar un ejemplo, en otro orden, lo que hace Bukele de recibir «presos de alta peligrosidad» en cárceles de alta seguridad, sin ser salvadoreños).
Nos dejan esa tarea de conservación y protección del medio ambiente a las familias con el complejo quehacer de separar y reciclar el plástico, las botellas de plástico, las cajas de cartón, el papel, la basura orgánica, el vidrio y el aluminio (que luego recogen los camiones «ecológicos» de los grupos privados en sus contenedores, sin separar lo que hicimos en los hogares).
La tarea de limpieza de las playas que se hace con grupos de voluntarios, pero las islas de plástico se acumulan en los mares, modificando y contaminando la vida marina y el futuro del planeta.
En sentido inverso, los grupos desarrolladores urbanos, promueven, en períodos de sequías, los incendios en áreas naturales protegidas, o en reservas ecológicas, para luego convertirlas en fraccionamientos urbanos, tal como ha ocurrido en muchos países y ciudades, incluyendo a Querétaro.
La deforestación de los bosques es también una práctica de los países prósperos para modificar el uso del suelo de orientación ecológica, para fines de tener ganadería extensiva e intensiva.
No niego que en las áreas rurales se hagan las tortillas de maíz criollo con leña recolectada de árboles viejos, pero también veo los ciclos de rotación de las parcelas con el método de roza, tumba y quema para su recuperación, pues no se cuenta con la maquinaria agrícola que haga más efectiva la limpieza de la maleza para el nuevo ciclo agrícola, pero también veo que utilizan el estiércol para la fertilización de las tierras para la agricultura.
En sentido inverso, los países prósperos utilizan la producción de pesticidas y fertilizantes tóxicos que adicionalmente afectan a las aves y en particular disminuyen drásticamente el número de abejas y de la producción de miel.
En conclusión, el punto de partida de que prosperidad equivale a limpieza ambiental es un sofisma y solo sirve para justificar la desigualdad social, generada por los países primermundistas, sin modificar el modelo de producción de explotación salvaje de la naturaleza, de los recursos y del hombre.
Tampoco, como sociedad nos quedamos en el pánico, pues siempre es posible el despertar mayor conciencia de lo que podemos hacer en políticas económicas, sociales, de desarrollo sustentable y de transformación social. No vamos a esperar sentados viendo «el fin del mundo», sino que luchamos por el renacer de la naturaleza y del hombre, para que nuestros hijos tengan un mundo mejor. Ese será nuestro testamento social. Con ese espíritu fue nuestra celebración del pasado 22 de abril, Día Mundial de la Madre Tierra, nuestra Pachamama.



